El hombre está inspirado por los dioses 

En la mitología, el poeta resulta un intermediario entre la deidad y los hombres, pues las musas hablan por su boca

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Apolo y las nueve musas de la mitología griega.

La recurrencia a la metáfora del viento es común al referirnos al fenómeno de la posesión: se habla de que el hombre está inspirado por los dioses. Isidoro Rodríguez considera que esta idea probablemente se debe a que «el lenguaje sólo es posible mediante la expiración del aire previamente inspirado en la respiración, formando de esta manera los vocablos, por lo que cada palabra es como un soplo o exhalación» (1955, p. 495); así, los dioses infunden valor o locura, inspiran. 

Pero además, el hombre también invoca a los dioses para ser poseído. Son numerosos los textos en los que encontramos una invocación a las musas: el hecho de que la Ilíada, la Odisea y otros tantos escritos comiencen con esta llamada no es meramente un recurso estilístico sino que responde justamente a esta idea que venimos comentando:

el poeta resulta un intermediario entre los dioses y los hombres, las musas hablan a través de su boca.

Pero ¿quiénes son las musas? González Rodríguez indica que el término musa «significa ‘palabra cantada’, ‘palabra ritmada’: ‘palabra cantada que calma las preocupaciones ineluctables’, como aparece en el himno homérico dedicado a Hermes».

De acuerdo con la mitología, las musas son nueve, concebidas durante nueve noches de amor entre Zeus y Mnemosine, deidad de la memoria; en otras tradiciones aparecen como hijas de Gea y de Urano, esto es, de la tierra y del cielo. Dichas genealogías son simbólicas y en general se vinculan con la importancia que posee la música en el contexto griego; la poesía, inseparable de la música, constituye uno de los pilares de la paideia, de la educación, por eso la importancia que da Platón a los poetas.

De acuerdo a Grimal, es Apolo quien dirige los cantos de las musas. Desde la época clásica se considera que son nueve: 1. Calíope, musa de la poesía épica; 2. Clío, de la Historia; 3. Polimnia, de la pantomima; 4. Euterpe, de la flauta; 5. Terpsícore, de la poesía ligera y la danza; 6. Erato, de la lírica coral; 7. Melpómene, de la tragedia; 8. Talía, de la comedia; y 9. Urania, de la astronomía (1994, p. 368).

Llama la atención que no sólo la poesía o lo que modernamente se denominó arte cuenten con una musa, sino que también otras disciplinas como la historia o la astronomía. En la Teogonía de Hesíodo, las musas tienen un carácter nuevo frente al papel que poseían en el contexto homérico, pues amplía el campo de acción de estas deidades. No sólo visitan a los bardos, sino que igualmente pueden infundir palabras en los gobernantes:

«Al que honran las hijas del poderoso Zeus, y le miran al nacer, de los reyes vástagos de Zeus, a éste le derraman sobre su lengua una dulce gota de miel y de su boca fluyen melifluas palabras. Todos fijan en él su mirada cuando interpreta las leyes divinas con rectas sentencias y él con firmes palabras en un momento resuelve sabiamente un pleito por grande que sea. Pues aquí radica el que los reyes sean sabios, en que hacen cumplir en el ágora los actos de reparación a favor de la gente agraviada fácilmente, con persuasivas y complacientes palabras» (80-91).

El discurso político entonces constituye una suerte de restablecimiento del orden y de la justicia, de pacificación de las grandes disputas, si su artífice desde su nacimiento ha sido bendecido con el don de las musas. Destaca la idea de que ese don sea recibido desde el nacimiento.