El futuro nos alcanzó

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El siglo XX fue el más vertiginoso y controvertido de todos los siglos de la historia humana. Podría decirse que no acaba de concluir, que se resiste a su muerte: dejó a lo largo de los años incontables círculos abiertos. E innumerables líneas discontinuas de la Historia se hallan al filo del precipicio, y las muy cobardes no se atreven a lanzarse al vacío y desaparecer…
El siglo XX palpita, derrama hilos de sangre, odios y pensamientos. Ofrece sus últimos estertores, y la “bendita ciencia” —creación suya, podríamos decir—, le ofrece respiración artificial, lo mantiene vivo, pero ¿tiene todavía vida que otorgar?
La nostalgia de las sociedades del orbe dan vueltas sobre sí mismas: retoman cada década —sin ánimos de abandonar el pasado y sin deseos de tornar el rostro hacia el futuro—, se revuelcan en un charco de sangre. No saben que el futuro ya está aquí. No han percibido que todo presente es ya germen de lo próximo.
Teníamos la intuición de que el siglo pasado había comenzado con las primeras luchas armadas del mundo “contemporáneo”, las suscitadas en México y Rusia; sin embargo, las mismas parecerían más bien ser un deseo cumplido de los creadores del movimiento artístico del Futurismo, encabezado por Filipo Tommaso Marinetti, y surgido en 1909 en Milán, Italia.
El Futurismo antecedió a todas las corrientes artístico literarias del siglo pasado, quizás fue el padre del Expresionismo (1910), el Dadaísmo (1916), el Creacionismo (1916), el Surrealismo (1924), el Ultraísmo (1929) y hasta del Estridentismo (1921) mexicano.
Sus postulados fueron contundentes: iban en contra de lo establecido en su tiempo y resultaron fundamentales para “romper” con la tradición. Los puntos que les dieron cimientos resultaron atractivos, en España atraparon la atención de Pedro Salinas y en Portugal a los desvelados ojos de Fernando Pessoa; ambos pergeñaron odas al deseo de modernidad, pues entre otros puntos de su aparente utopía, el Futurismo exigía la exaltación de lo sensual, lo nacional y lo guerrero; y se lanzaron como unos dementes hacia una loca adoración de la máquina “como prolongación del hombre inteligente”, ante la opinión que urgía a una equiparación con ésta, pues realmente pensaban que la máquina era un “retrato de la realidad en movimiento”. El mayor objetivo, decía su manifiesto, se lograba —en lo literario— “suprimiendo al ‘yo’ poético”. Promulgaron, entonces, también la destrucción de la sintaxis con el ritmo y los signos convencionales de la puntuación, porque querían una “disposición especial de lo escrito, con el fin de darle expresión plástica…”
Los integrantes de la corriente apremiaban el valor, la audacia y la revolución, pues pregonaban “el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso gimnástico, el salto peligroso y la bofetada”. Y en una frase: querían acción, velocidad, energía, fuerza, automóviles, ciudades pobladas y bulliciosas, dinamismo. Pero también animaban la guerra como una depuración. Eso los acercó a los principios del fascismo (Marinetti estuvo muy cerca de Mussolini), pues pretendían que las guerras fueran el método para la “purificación” de los pueblos, y otorgaron la simiente para lo que vendría después, en el arte y en la vida de las sociedades del siglo XX.
Quizás por vez primera en la historia del arte moderno un manifiesto literario también influyó en lo político, pero también en casi todas las artes (pintura, arquitectura, urbanismo, diseño gráfico, publicidad, moda, cine, música, poesía), logrando que el mundo “revolucionara”…
León Trotsky afirmó: “El Futurismo nació como meandro del arte burgués, y no podía haber nacido de ninguna otra manera. Su carácter de oposición violenta no contradice en absoluto este hecho”.
Y Marinetti cantó: ¡Acepto el desafío, oh mis estrellas!… /¡Más rápido!… ¡Todavía más rápido!… /¡Y sin descanso ni reposo!… /¡Suelta los frenos! ¿No puedes? /Apriétalos, pues, /Que el latir del motor centuplique sus revoluciones.
La utopía Futurista se manifestó como una verdad durante todo el siglo XX, las más crueles guerras, los grandes déspotas, los terratenientes, las fábricas contaminantes, los líderes charros, los dictadores, las grandes ciudades, las arterias y sus autos rugientes, Ford, los altos edificios… todo en un siglo provocando un desangramiento que no acaba de verterse de las venas de las manos… la Guerra Fría y el viaje a la luna, todo lo que soñamos y soñaron los Futuristas es ya una realidad…
Las nuevas sociedades aman el pasado pero desean el futuro, al igual que Filipo Tommaso Marinetti aman el peligro y desprecian la tradición, logran convertirse en vacíos mas quieren el auto rugiente pues su dios es el consumo y la nadería; el dinero y la vanidad los hacen poetas de la maldad, y porque desean sobrevivir a sí mismos: aman la nostalgia de la nostalgia… Esperemos que no vuelvan demasiado atrás y crean que Marinetti tenía razón. Sin embargo, los anhelos del Futurismo y su líder se volvieron una realidad cien años después. ¿Escuchan allá afuera a los autos y no sienten que en este instante se instala otra vez el fascismo?