El Covid y las circunstancias
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Llegó la pandemia y todo cambió: cerrar la actividad, dedicarse a un trabajo imposible on-line, quedarse a cargo de los ancianos padres, recibir a un amigo que perdió casa y trabajo. No quedó más que adaptarse a una palabra imposible y que de alguna manera no existe: "nueva normalidad".

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El Taller de matemáticas, un pequeño centro de asesorías para estudiantes de distintos niveles académicos, recién marchaba viento en popa; después de casi diez años de trabajo y empeño arduos por parte de mis colaboradores y mía. Estábamos felices pues por fin comenzaba a dar frutos. Pero en octubre del 2019 un rumor lejano se escuchó: «China era abatido por un virus mortal», la información y desinformación pululó a la par del virus.

Para marzo del 2020, en el estado de Jalisco, se da alerta de botón rojo y se manda cerrar a los comercios; yo tuve que despedir a quienes me ayudaban a cuidar a mi madre que sufre de demencia senil y a mi padre de 80 años. Me mudé desde entonces con ellos,  confinada en casa.

La responsabilidad de mantener lejos del alcance del virus a mis padres recayó en mí; mis hermanos y hermanas aportan ayuda económica, sin pasar tiempo con los ancianos. Así que mis circunstancias cambiaron. La tecnología tuvo que hacerse presente para seguir trabajando y poder dar el servicio de asesorías on-line; pero la circunstancias de las personas para quienes están dirigidos nuestros servicios no son adaptables a una educación virtual.

Es prácticamente imposible que la hiperactividad, el autismo, el lento aprendizaje, la disgrafía, la discalculia y otras afectaciones de este tipo puedan tratarse a través de una pantalla. Entonces decidimos que daríamos citas e implementamos todas las medidas de seguridad. Hemos tenido que adaptarnos a una palabra imposible y que de alguna manera no existe: «nueva normalidad».

Aunque mi rebelión natural me dictara que todo esto no era normal, tuve que ir adaptando absolutamente todo mi ser físico y espiritual a esta situación.

Día y noche compartiendo cada minuto con dos ancianos, hubo momentos en que me sentí al borde de la locura. Un día mi madre reconoció la voz de uno de sus hijos que la visitaba, pero se asustó mucho al verlo cubierto de la mitad de la cara: «Hijo, ¿qué te pasa? ¿Qué tienes?», decía con tanta preocupación que mi hermano tuvo que descubrirse y sonreír, diciéndole que no pasaba nada. 

Seis meses estuve en esta situación; sentía que las fuerzas me abandonaban, cuando sucedió que Héctor, un amigo que por circunstancias civiles quedó sin casa y además, siendo trabajador de plataforma, chocó; y al no tener para pagar la compostura de su auto y seguir trabajando quedó varado en mi casa. Dentro de la adaptación a la «nueva normalidad», él ha quedado como él que se encarga de salir a comprar algunos suministros y del aseo, así como de ayudar al cuidado de mi madre.

Desde entonces han pasado muchas cosas, han muerto familiares (no de COVID), conocidos y vecinos, fallecidos unos contagiados por el virus y otros por otras circunstancias; pero de cualquier manera no hemos podido asistir a los servicios funerarios y queda una sensación extraña; como de una necesidad de hacer más; de consolar a quienes, al igual que yo, están encerradas y encerrados.

Tres vecinas enfermaron de COVID; las campanas del templo replican a muerte por lo menos dos veces por semana; la colonia habitada principalmente por adultos mayores se va quedando huérfana de tradiciones.

El otro día salí con mis padres; Héctor siempre los pasea para sacarlos un poco de la rutina; fuimos a Tlaquepaque y me impresionó la cantidad de gente por los andadores, unas sin cubrebocas y otras abarrotadas en los bares y cafés. Pensé entonces que esta nueva enfermedad grita a oídos sordos; que las nuevas formas que debemos conducirnos caen mal; y recordé la educación de los viejos: «Si estas enfermo cuídate, no vayas a empeorar o contagiar a alguien». Esa frase el virus la grita con muerte; pero no hay respeto a veces ni por la vida misma.

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