El clown en un dos tres

1406

La risa los une, pero la forma en que la consiguen los hace distintos. Los payasos, personajes de circo herederos de una antigua tradición, utilizan el malabarismo, el contorsionismo y otras prácticas corporales para divertir, sin embargo, la manera en la que se paran frente al mundo, los diferencia entre sí.
Sobre los orígenes del clown hay diversas versiones, muchas de ellas reconocen como el primer clown teatral a Joseph Grimaldi (1779-1837), un payaso inglés que recupera la tradición del mimo para crear algo distinto. En la historia reciente se consideran varios personajes, de entre ellos destaca un nombre: Jacques Lecoq (1921-1999), actor y maestro francés, que en las décadas de los sesenta y setenta experimentara con el movimiento, la comedia del arte y la máscara. Junto a él, otros personajes de circo y de teatro como Etienne Decroux (1878-1991), aportan elementos con los que se construye un payaso que escapa de los clichés para fundamentar su expresividad en formas que, al ser más profundas, adquieren sinceridad. La vida del clown no pertenece a otro personaje que a sí mismo, entonces nunca interpreta, vive.
Los payasos utilizan recursos de máscara más o menos elaborados, que van de la nariz roja, al maquillaje o accesorios. El clown puede o no hacer uso de ellos, ningún elemento externo a su persona resulta imprescindible, como en el caso de los payasos.
El clown sale del circo y entra al teatro, a las convenciones y particularidades que posee el género dramático a través de un viaje de siglos, de técnicas y apropiaciones particulares del nariz roja. Si bien es posible encontrar buenos clowns en el gremio de los actores, no basta con ser un buen actor para desempeñarse como tal. Antes que actor, el clown es un payaso. Mientras los actores construyen, dibujan, encarnan y crean personajes a partir de elementos propios a la convención teatral, como lo son el texto dramático, el director, entre otros. El clown se erige dentro de sí mismo, sólo puede encarnar a su propia persona.
Otra diferencia que se establece con los actores, es que éstos tienen la conciencia de que existe la llamada cuarta pared, es decir, no conciben la presencia del público, sólo reaccionan a los estímulos que reciben del mismo escenario y quienes lo ocupan. En cambio, el clown responde a la multiplicidad de incentivos externos. Está consciente de la presencia del público, lo considera en todo momento, extiende más allá de sí su juego para despertar en quienes lo observan todas sus emociones, y no exclusivamente aquellas que provocan risa, como ocurre con otros payasos.
El payaso tradicional desarrolla su personaje e historias al incorporar múltiples y universales representaciones del ridículo, eso que aún reconocemos a través del pastelazo o de una caída; y aunque el clown se enfrenta al mundo a través de la figura del antihéroe, no es la torpeza física o el golpe la base para desarrollar su carácter y su quehacer. Sus motores suelen ser más hondos y elaborados, puesto que es precisamente la verdad del fracaso, el disparador de las emociones que vive y provoca. El ridículo, cuando aparece, es el resultado de la búsqueda personal de cada clown, trascendiendo entonces a los estereotipos.
Los clowns desarrollan emociones que parten de intenciones específicas, alejándose de la clásica y mecánica ilustración de una acción. Sus recursos están en la naturalidad de la mirada, el gesto, el cuerpo, en el honesto reconocimiento de sus características y limitaciones. Lo importante reside en lo bien o mal logrado de sus intentos por sobreponerse a sus evidentes fracasos.

Lunático trasgresor
El ritmo con el que se mueve y desempeña un clown es muy distinto al del actor y más aún al nuestro. Emite respuestas a los estímulos de forma lenta, puesto que debe evidenciar primero el descubrimiento de algo, después dar cuenta de la comprensión de cada hecho y entonces actúa con sorpresa, finalmente muestra la emoción o la gran idea para reaccionar al incentivo. Ahí está el clown, en el un, dos y tres que es la pausa necesaria en cada uno de estos momentos. Podemos explicarlo de otra manera: hay un elemento que llama la atención del clown, viene una pausa (un, dos, tres), una vacilación (un, dos, tres), resistencia a la reacción (un, dos, tres), descubre el peso real de lo que enfrenta (un, dos, tres) y luego da una respuesta. De las cosas más importantes que se consiguen con este tempo, es hacer cómplice al espectador de cada evento y al hacerlo, logra despertar sus emociones. Él se da cuenta de la risa, la indiferencia o la tristeza de quienes le observan, de ahí lo entrañable de su figura.
El clown se convierte para el teatro clásico y tradicional en un baño fresco de emoción sincera. Para la caótica cotidianeidad de nuestras vidas el clown puede regalarnos la locura suficiente para enfrentar la injusticia, nos brinda la dulzura generosa del más vulnerable, curioso y lunático trasgresor.

Artículo anteriorRafael Nájar
Artículo siguienteDiscurso científico o moral