El centro de todo cuanto importa: la Minerva
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Criticada en su construcción, cuando todavía se encontraba en las afueras de la ciudad, la Minerva está englobada ahora en un centro nuerálgico de la metrópoli, y engullida por su bullicio y su tráfico. Símbolo de la ciudad, se acude a ella para celebrar los triunfos deportivos y para manifestarse, algo que ya es una tradición muy a la tapatía

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Ahí, en el corazón de la mítica Ciudad de las Rosas, se yerguen los más notorios símbolos monumentales de la ciudad de las múltiples fundaciones… ahí, donde la insigne plaza más controvertida de los años ochenta, con una serpiente prehispánica (sin plumas, ni cabeza, mejor conocida por sus perspicuos habitantes como “el cuerno”) que se eleva por encima del que fuera el río fronterizo más célebre de la Guadalajara conservadora (la de acá) y la profana (la de allá), desemboca en aquel hospicio de estilo español engalanado con la obra socialista de su propio manco, que no de Lepanto, sino de Zapotlán el Grande… ahí donde la Plaza de la Liberación alberga al mítico Hidalgo de semblante furioso rompiendo cadenas, en cuya cabeza de acero inquebrantable cada día una paloma pazguata distinta, con la que no contaba el escultor, le sirve de hoja de olivo para las fotos conmemorativas y las selfies de los turistas… ahí en medio de las cruces de plazas con una Catedral de estilo ecléctico (por no decir, incomprensible) y torres asimétricas, frente a un teatro decimonónico de arquitectura francesa, como buen capricho porfiriano, y tan cerca de una neoclásica rotonda construida en aquellos fabulosos años cincuenta, cuando la ilustración era un privilegio exclusivo de varones… ahí, gente insigne de Guanatos, no habita la mujer del gran escudo romano hoy rodeada de agaves: La Minerva.

Para encontrarla en aquel año en que fue erigida, 1956, había que viajar lejos y llegar en camión foráneo por una carretera desierta que, por efecto de la desolación y no de la ingeniería moderna, se mostraba carente de baches y resquebrajamientos, cual ojos humanos jamás tendrían la delicia de volver a contemplar en suelo tapatío.

Destacaba entonces con sus ocho metros de altitud en la punta del infinitivo, arquetípicamente sola la diosa de la sabiduría, allá donde se divisaba la línea que dividía la realidad del sueño. Es decir, a unos metros de nuestra tropicalizada Puerta de Alcalá, los grandilocuentes arcos de la ciudad, que no sólo ahí están, ahí están viendo pasar el tiempo, sino que ahí estuvieron mucho antes de que humano, animal o deidad se dignara a atravesar por aquellos terregales de antología, dignos de archivos fotográficos de autor.

Construida por los sueños guajiros del gobernador más humanista que ha regido este estado, Agustín Yáñez, la Minerva sería aquella pomposa entidad dedicada a La Gloria de Guadalajara, una oda a la Justicia, Sabiduría y Fortaleza que, como rezan sus costados en letras doradas, custodian a esta (cito) “leal ciudad”. Aquello era un grito en el desierto, pero un grito al fin.

Las gloriosas aspiraciones culturales que le dieron vida, se vieron comprometidas meses después, cuando los habitantes de la (cito de nuevo) “leal ciudad”, se dieron a la tarea de poner en duda la belleza y proporción de la obra realizada por el escultor Joaquín Arias. Que parecía muy masculina para ser una diosa, que tenía una cabeza muy grande para su cuerpo, que su cara era desagradablemente semejante a la de su escultor, que era una espaldona (y ya sabemos, ni mujeres ilustres en aquellos años, ni espaldonas tampoco).

Haciendo gala de sordera voluntaria, el artista simplemente desatendió las exigencias de retoque. En el umbral de los años sesenta, la diosa romano-tapatía permanecía en soledad, apenas acompañada en el fondo, a un costado de la carretera a Puerto Vallarta, por un gran cartel de Coca Cola cual bandera de conquista en suelo lunar (muestra fehaciente de que acá justicia, sabiduría y fortaleza no parecen haber rivalizado nunca con la cultura pop y el capitalismo).

En la década de los setenta no habría marcha atrás. Desde entonces, el aburrimiento del aislamiento estaría condenado a sustituirse por la neurosis colectiva: la sobrepoblación y la extensión territorial de las viviendas y negocios alcanzaría, se apropiaría y desbordaría el espacio reservado para los dieciocho nombres de reconocidos jaliscienses estampados en la base de la escultura que, en el trajín del tráfico cotidiano, me atrevo a asegurar con optimismo, solamente ha leído el 0.0001 por ciento de la población.

Haga usted la prueba, compatriota: nombre a uno de ellos sin consultar en Wikipedia. Ahí pues, en el centro de cuatro carriles automovilísticos llenos de puro entretenimiento involuntario y ¡siete rutas de camiones urbanos! (así es, lector, los foráneos son cosa del pasado), en el corazón de la Perla de Accidentes, ella, la espaldona de nuestros amores (hemos aprendido a quererla con el tiempo, haciendo gala de la amabilidad tapatía, con los festejos en sus faldas y bajo su rictus de solemnidad) nos mira con benevolencia, cuando el que no acelera lo suficiente se pierde el privilegio de atravesar a gran velocidad una glorieta por los carriles externos en línea recta (retando incluso los principios básicos de la física). Acto de hospitalidad tapatía que no tiene otra intención que la de emular a la bella Roma europea y sus costumbres automovilísticas, con la loable intención de mantener libre de añoranza extranjeras a nuestra diosa romana de piedra.

Ahora, ahí se erige en el oriente el nuevo centro de todo cuanto importa: las manifestaciones por la diversidad sexual, las exigencias por la libertad y seguridad de la prensa, las marchas multitudinarias por la reivindicación del feminismo y hasta la celebración de los cada vez más escasos triunfos de las Chivas. Ahí, rodeada de agua, agaves y contaminación, la sabia Minerva observa todavía a la que le fuera concedida como la ciudad de su custodia.

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