Dos miradas a nuestro mundo perdido

Las remembranzas del autor de estos textos nos llevan atrás en el tiempo a dos lugares emblemáticos —cada uno en su género— de la ciudad de Guadalajara

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Hitler en la Calzada

Llegué a Guadalajara el 2 de octubre de 1986. Bajé del autobús que me traía desde Colima con una enorme caja de libros y unas cuantas prendas de ropa. Eran mis únicas pertenencias y la tarde era soleada. Como pude desde el interior de la Central Camionera arrastré la caja y mi maleta hasta cruzar la calle y acomodarme justo donde se vendían, en aquel tiempo, los birotes de la Central en una vitrina.

Debía esperar a mi hermana a que fuera por mí, pero yo antes ya había visto por largos años el paisaje de la Central: durante mucho tiempo todos los sábados venía desde Zapotlán a entregar artículos de piel. Era yo un ayudante de talabartería y me había tocado en suerte ser el elegido para ir a Guadalajara los sábado muy temprano, bajar del camión y, acto seguido, echarme al hombro una caja de huevo repleta de billeteras. En esa caja había, lo recuerdo ahora con temor, una gran cantidad de artículos que valían mucho dinero.

Para ahorrarme lo que me daban para el taxi que me llevaría hasta la calle de República y ya allí caminar unos pasos por el andador Pedro Moreno hasta alcanzar la tienda de deportes Soto, lo que yo hacía era encaminarme por la Calzada y recorrer el trayecto con la caja a cuestas. La primera vez caminé lleno de nervios, pero luego me acostumbré.

Esa primera vez caminé a toda prisa con emoción y miedo. Todos los rostros me parecían amenazantes; cada uno de los sujetos con los que me cruzaba me recordaban las recomendaciones que me habían hecho: “Ten cuidado en la Calzada hay muchos ladrones…”. Como pude superé el temor, pero el cansancio por el peso de la caja y la caminata, me hicieron hacer algunos descansos. En esa ocasión fueron cuatro; en el último me paré ya agotado y bajé la caja al piso, levanté la mirada y adentro de una refaccionaria hallé un sinfín de imágenes de Hitler. Sufrí un ataque de pánico. Recordé los programas de Luis Spota en la televisión en los que hablaba de las terribles atrocidades de Hitler y el asesinato de los millones de judíos en los campos de concentración.

Un hombre grasiento y bigotudo se acodaba en el mostrador. Como me le quedé mirando fijo, se dio cuenta y me sonrió. Vi en su rostro la carota de Hitler. No respondí la sonrisa: levanté la pesada caja y hui. Llegué desfalleciente al andador Pedro Moreno y tardé una eternidad en entrar a la tienda que era mi destino…

Café Madoka

Foto: Cortesía Alejandra Leyva

Hacía años que no iba al Café Madoka, pero no hace mucho, antes de la pandemia —un día de asueto— me reuní allí con un par de viejos amigos para deliberar el resultado de un concurso de cuento. La evocación de momentos y estancias vividas en ese espacio del mundo me llevaron a recordar que en ese lugar —un largo tiempo de mi vida— pasé tardes y días soñando lo que deseaba hacer y ser.

Durante mucho tiempo fue el lugar de reunión de los protagonistas del mundo cultural e intelectual de la ciudad. Allí conocí a gran parte de mis actuales amigos y, también, escritores que había leído ya.

En alguna de las mesas vi —y una o dos veces conversé con él— al narrador Ramón Rubín, al historiador del cine mexicano Emilio García Riera, a los poetas Ricardo Yáñez, Ricardo Castillo y Rafael Torres Sánchez y al enormísimo pintor Antonio Ramírez. Actores, escritores, dramaturgos, ensayistas, periodistas, pintores… estudiantes universitarios, toda la fauna cabía en ese espacio que —así lo veía entonces— era enorme e infinito. Vi a todo mundo allí: mi constancia de más de veinte años logró que escuchara y viera a personajes de quienes aprendería a ver mejor el mundo. Pero luego todo cambió: cada uno o fue muriendo o se fue hacia otros espacios que les eran más vitales que ese viejo rincón de la ciudad. De pronto se quedó solo, y se fueron acabando —al menos para mí— las puras ilusiones de ser y hacer. Porque la vida nos enfrenta a ella misma y ya no nos permite soñar: nos obliga a cumplir nuestros deseos y nos pone en la disyuntiva de seguir adelante o perderse entre la multitud.

De todo ese mundo que allí vi durante todo ese tiempo, ahora que estuve de nueva cuenta, queda muy poco o casi nada. Tal vez el ruido de las fichas de dominó y los espejos que nos recuerdan a los que fuimos y ya no somos. La vez primera que tomé café en el Madoka —lo recuerdo bien— fue con mi amigo José de Jesús Salinas, quien acostumbraba a decir “Vamos a echarnos un madokazo”. Alguna vez volví a ir con él, fue hace ya años. Recordamos viejas anécdotas, como lo hicimos ese prodigioso día de mayo Silvia Quezada, Salvador Encarnación y yo.

De algún modo esa mañana fuimos a mirar nuestro mundo perdido. Y quizás a reconciliarnos con nuestros sueños…