Después del Bar Lagos

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Hace ya varios años, en una de las reiteradas crisis económicas por las que atravesaba Argentina, Quino publicó una caricatura en donde se veía en el fondo de un barranco a un grupo de personas que habitaban en la completa indigencia. Todos ellos estaban alarmados, con caras y gritos de rabia e impotencia, viendo a la avalancha de gente que se desprendía desde arriba del barranco, hombres y mujeres de clase media, media alta y alta que luchaban con lo que podían (con uñas, cuerdas, aventando a otras personas) para evitar descender hasta el fondo del barranco, precipicio, abismo, Infierno… pero su caída era inevitable.
Esta imagen se me vino a la memoria cuando para escribir estas líneas pensé en los términos cultura y contracultura.
Pensemos que durante mucho tiempo la contracultura, por lo general “ninguneada”, marginada, alejada de las grandes producciones bibliográficas, discográficas y cinematográficas vivía una vida plena, vigorosa a pesar de la profunda marginalidad a la que socialmente fue obligada. A partir de ahí, los movimientos contraculturales construyeron espacios y realizaron propuestas que trascendieron todas las fronteras, al tiempo que generaban estilos de los cuales después hubo necesidad de desprenderse para poder continuar conservando su carácter de contracultura.
A pesar de su marginalidad, como las clases desposeídas de la caricatura de Quino, la contracultura se instaló en una vida en la que se pensó ajena a los problemas que padecían los habitantes de arriba del barranco, quienes se pensaban como los únicos poseedores de los secretos de la cultura y que en su momento procuraron establecer una sólida distancia con los “contraculturosos”.
Sin embargo, los tiempos cambian y gracias a las llamadas “políticas culturales”, que en realidad son políticas de exterminio generadas en las instituciones oficiales, la cultura comenzó a desplomarse, a perder su “valor social”, a convertirse en una actividad socialmente prescindible y en consecuencia desechable, y por si esto fuera poco, se integró al vocabulario y al programa de los políticos.
Así, la cultura rodó hasta el final del barranco, en donde fue recibida con total desconfianza por las poblaciones marginadas y automarginadas de la contracultura, quienes ahora se debaten por definir los límites de su espacio original.
De alguna manera, cultura y contracultura se han convertido en sinónimos. La historia se podría llamar: “El día en que la cultura se convirtió en contracultura”.
Pensé en esta historia cuando Carlos Martínez Rentería me comentó su idea de crear un centro de estudios de la contracultura y la confirmé cuando algunos periodistas —después de la invitación que la revista Generación y el entonces Campus Universitario Lagos hicimos para realizar el Primer Congreso de Contracultura— me preguntaban por qué una universidad debería dar cabida a ese tipo de expresiones.
La pregunta es extraña y creo que lo mismo le pasó a Carlos cuando le preguntaban que por qué el Congreso iba a recibir apoyos de Conaculta y de la Universidad de Guadalajara. Carlos por lo general respondía que también era obligación de las universidades públicas y del Conaculta invertir recursos en actividades contraculturales, porque ambas manejan dinero público y éste no es nada más para actividades que les resulten agradables a quienes dirigen estas instituciones.
Creo que Carlos tiene razón. Sin embargo, en lo personal agregaría que la promoción de la cultura se convirtió en una actividad contracultural y que ahora lo que las instituciones hacemos en materia de cultura también es contracultural, o viceversa.
Creo que ése fue uno de los aciertos del Congreso de Contracultura, realizado en la Casa Serrano del Centro Universitario de los Lagos: debatir sobre un tema polémico que muchos quisieran ver enterrado, precisamente en una época en donde se carece de certezas y en donde, en cierta manera, la cultura y la contracultura son consideradas como marginadas sociales.
La contracultura, si no es libre y contestataria, no es. La contracultura es ruptura de órdenes y oposición a la forma de disciplina del cubículo.
Esperamos que este año, bajo el amparo del Bar Lagos que aún no olvida la presentación de la Congelada de Uva, reflexionemos sobre qué es hoy la contracultura, brindemos por los 20 años de la revista Generación y redescubramos Pasto verde, de Parménides García Saldaña, a 40 años de su publicación.