De la mano de Auster

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LEON 28/12/2009 ENTREVISTA CON EL ESCRITOR NORTEAMERICANO PAUL AUSTER FOTO DIGITAL DE AGUSTIN CATALAN

La natural y más vieja manera de escribir es la que se hace sobre el papel, provistos de pluma o lápiz. Actualmente, sin embargo, es poco corriente escribir de esa manera. La mayoría va, ya no digamos a la máquina de escribir, sino a la computadora misma. En contadas ocasiones es posible toparse con alguien que escribe a mano, pero se trata de excepciones que encuentran placer en esa presión del lápiz o la pluma sobre el papel. Esto hace el escritor Paul Auster (Nueva Jersey, 1947), quien vacía su cabeza en la hoja y después él mismo se pone a teclear en una vieja máquina de escribir Olympia –portátil, fabricada en Alemania Occidental hace más de medio siglo– que compró tras volver de París en 1974. Así lo ha hecho con 17 novelas, tres poemarios, ocho guiones cinematográficos y tres libros de memorias, el último de los cuales es Diario de invierno (2012). Auster le llama a eso “leer con los dedos.”
Porque la escritura, me decía un amigo, es una volcadura total de quien escribe sobre las palabras, ésta ha de hacerse con todo el cuerpo. Implica la suma total de las extremidades y el deseo de desangrarse en lo que se escribe. Paul Auster sabe mucho de eso. Él se siente intimidado por los teclados, y dice: “Siento que las palabras están saliendo del cuerpo y luego quedan allí en la página. Escribir siempre ha tenido esa cualidad táctil para mí. Es una experiencia física.”
El mismo título de Diario de invierno alude a la escritura que se hace en un cuaderno, donde Auster se propone “indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy.” Y así anota los avatares del día a día –sin una cronología estricta–, con la intención de preservarlos del desfase de la memoria con el presente. De Auster, que se inició en el ejercicio literario escribiendo poesía, pero que no escribe un poema como tal desde 1979, podría decirse que escribió Diario de invierno para sacar del fuego lo que con el paso de los años le ha ido quedando: “Pienso en el bloc de notas como una casa para las palabras, como un lugar secreto para la reflexión y el autoexamen. No estoy interesado en los resultados de la escritura, pero sí en el proceso.”
El recuento que hace Auster en Diario de invierno, a manera de viñetas –cortas o de varias páginas–, a través de una escritura desenfadada e intimista, va saltando a distintos periodos de su vida: hay alusiones a su niñez en Nueva Jersey, un asomo precario a su adolescencia; a su estadía en Columbia, en París; al divorcio de sus padres, a esa primera experiencia con la muerte –un amigo suyo, cuando Auster tenía 14 años, murió fulminado por un rayo justo a su lado–, a su afición por el beisbol y los Mets, a esos 21 lugares donde ha residido y que han significado una etapa de su vida –el descubrimiento de los placeres, la independencia, la escritura y el conocimiento de Siri, su actual esposa–; recapitula esas dos o tres ocasiones en que ha estado a punto de morir y dedica una buena parte del libro a la muerte de su madre. Un limpio ejercicio que condensa eso que llaman vivir.
Si en Ciudad de cristal (1985), la primera novela de la Trilogía de Nueva York, Auster se vale de un narrador en primera persona, el escritor Daniel Quinn que, a su vez, escribe poemas y publica novelas con el seudónimo de William Wilson, cuyo alter ego es Max Work; Quinn es confundido con el detective Paul Auster y acepta un trabajo del que se ve rebasado y busca al verdadero detective Auster para que lo auxilie, pero éste resulta no detective, sino el escritor Paul Auster, que a su vez se dice admirador del poeta Daniel Quinn; una voz y un rostro que conducen a otras voces y otros rostros. En Diario de invierno, aunque se trata de un diario, recurre a la segunda persona –una voz ajena– para hacer sus anotaciones y entablar un diálogo con el lector –Auster hablando de Auster–, lo que le proporciona una prudente distancia para relatar los hechos como quien ve, desde las gradas del Citi Field, un juego de los Mets una tarde de domingo y, al mismo tiempo, juega de short stop, la posición que Auster siempre prefirió cuando jugaba beisbol.