Cuando la mosca soñó

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Decía Augusto Monterroso que sólo hay tres grandes temas: el amor, la muerte y las moscas. Estos molestos animalejos, que han sido presencia inseparable del hombre, y a los que el mismo Monterroso llamó “quizá el último transmisor de nuestra torpe cultura occidental”, están implicados con lo enfermo, degradado, y a la vez con la perversión del espíritu y la carne. Aunque el insecto haya dado mucho qué decir, no sólo en cuestiones de salud, sino en las científicas y artísticas, vale la pena traer a cuento la película de David Cronenberg, The fly (La mosca), que luego de 25 años sigue vigente como un filme de culto del género de ciencia ficción.
Cronenberg dio a luz a The fly en 1986, en unos años en los que surgieron películas de ciencia ficción (clásicas ahora), como Terminator, Back to the future, RoboCop o Total recall, conocida ésta última en México como El vengador del futuro, y para la cual originalmente se planteó a Cronenberg como el posible director, antes de declinar a favor de Paul Verhoeven.
A diferencia de estos filmes, la cinta del director canadiense no se centra demasiado en los avances tecnológicos. Es verdad que la transformación del personaje de The fly es producto de un experimento científico, pero el argumento apenas si da unos esbozos sin muchos detalles, de en qué consiste y cómo funcionan las máquinas teletransportadoras que causan el accidente genético en el cuerpo del protagonista. Lo que importa para Cronenberg es cómo a raíz de la fusión entre una mosca y un hombre, éste se contamina y degenera, hasta convertirse en algo que le roba su humanidad.
El origen de The fly se remonta al relato homónimo del escritor británico-francés George Langelaan. Este texto de Langelaan, quien hacía las veces de espía para los aliados durante la Segunda guerra mundial, apareció por primera vez publicado en la revista Playboy, en 1957. Fue tan bien recibido el relato, que al año siguiente filmaron la primera versión de la película, con la dirección de Kurt Neumann y con la participación del actor Vincent Price como hermano del científico “mosqueado”.
A partir de ahí vendrían secuelas, hasta que el remake de Cronenberg retomó la historia original, pero sin faltar las quejas de los conocedores aferrados, que acusaron al filme (que combina los géneros de ciencia ficción y terror) de no respetar la propuesta de Langelaan, supuestamente menos efectista, pero más psicológica, y la de Neumann, que alegaban estuvo más apegada a ello.
La cinta de Cronenberg está sin duda bien acabada, y pudo rodearse de un buen equipo para cuidar los detalles de su filmación. Quien conoce su trabajo sabe que no es la más densa de sus películas, a pesar de que sus actores: Jeff Goldblum y Geena Davis, se sintieran un poco desconcertados con lo grotesco o “bizarro” de algunas escenas, cosa por demás constante en el trabajo de Cronenberg, y remarcado a veces hasta de manera agobiante en cintas como Videodrome, Scanners, Shivers o Crash.
Lo burdas que pudieran ser las escenas del personaje de The fly, que deviene en un híbrido de hombre-mosca, no es excesivo, dieron como producto una película fácil y redonda, que incluso a veces tiene tintes de comedia o melodrama. Quizá en ello influyó que estuviera involucrada la Twentieth Century Fox, y que por ello lograra tanta difusión y éxito.
Aun a pesar de ser la película más taquillera y hollywoodense de Cronenberg, es una excelente pieza cinematográfica de ciencia ficción y ¿terror? ochentero, que sin tantos recursos tecnológicos como los actuales, logra verosimilitud en los efectos especiales, pero que sobre todo estructura y sostiene la trama en el desarrollo de la personalidad del hombre-mosca, que finalmente es el más completo de los personajes.
Si algo plantea el filme y obviamente su antecedente literario, es que en medio de las maravillas de la ciencia, hay cosas que terminan fatalmente por salirse de control y causar daños.
A Langelaan le toca vivir la posguerra, en la que el uso de la tecnología con fines bélicos deja el sabor de la desilusión y la destrucción; a David Cronenberg el miedo a una inevitable epidemia, luego de que en los ochenta se descubriera el sida. Al igual que en otros de sus trabajos, aquí Cronenberg explora sobre la vulnerabilidad y deterioro de los cuerpos humanos frente a agentes que los invaden, los infectan, para pervertir y transformar su naturaleza.
“La teletransportación ha sido exitosa”, indica con un parpadeo la computadora, pero a la vez ha hecho su propia interpretación de la carne, al aparear genéticamente al doctor Brundle y una mosca que se ha colado al poco higiénico experimento. “Y ni siquiera nos presentó”, dice Brundle luego que toma conciencia del accidente que ya ha corrompido su cuerpo. Ahora es una deforme criatura despreciable, enferma, que sabe que no hay lugar para la compasión en su nueva condición; lo ha perdido todo de sí mismo: “Soñé que era humano, pero el insecto ha despertado”.

Prueben que no es posible que suceda
En los años cincuenta del siglo XX, hubo una importante producción de películas de ciencia ficción. El elemento atómico fue un poderoso motor creativo, ya que logró multiplicar las amenazas para la vida humana, que tanto gustaban al género y que le añadieron su dosis de horror a las producciones. Monstruos de todo tipo, arañas y hormigas gigantes (¡Hasta una mujer de cincuenta pies!), mantis religiosas, reptiles o pulpos y por supuesto los marcianos de grandes cerebros fueron los villanos favoritos de las cintas de la época. La población, retratada en los filmes, no sabía como hacerle frente a la amenaza nuclear, por lo que apareció un nuevo elemento: las Fuerzas del Orden, que eran las responsable de devolver la normalidad a la sencilla vida terrícola. Los robots policíacos fueron las criaturas heroicas en la década posterior a la bomba de hidrógeno.
En esta línea la película que mejor refleja el miedo es Them (1954), que expone cómo las pruebas atómicas son las responsables de una mutación de hormigas gigantes. La cinta tiene un epígrafe bíblico: “Entonces se vendrá la destrucción y la oscuridad se levantará sobre la creación. Y las bestias mandarán en la Tierra”. El temor al Fin del Mundo era palpable en la mayoría de las producciones de la posguerra. Esta paranoia iba en contra del espíritu positivista de la ciencia ficción “primitiva” que tanto defendieran autores como Jules Verne y H. G. Wells.
La primera versión de The fly (1958), dirigida y producida por Kurt Neumann, es el mejor ejemplo para explicar otro miedo asociado con el desarrollo de la ciencia. Es parte de las cintas de ciencia ficción que fueron realizadas después de que Crick y Watson avanzaran en sus investigaciones sobre la doble hélice o la posibilidad de mutación del ADN. El afiche original de la película en Inglaterra (elaborado por “Jock” Hinchcliff) muestra la ansiedad por estos descubrimientos, incluso como parte de la publicidad desafía a los espectadores a “que prueben que no es posible que pueda suceder”, bajo la garantía de ganarse hasta “100 libras”. La historia es casi la misma que reproduciría Cronenberg 28 años después. Interpretado por Andre Delambre, el científico experimenta sobre la teletransportación de la materia cuando un accidente fusiona su ADN con el de una mosca, creando dos creaturas: un hombre con cabeza y patas de insecto, y una mosca con la cabeza y el brazo de un hombre.
De alguna manera estas mitologías modernas eran un regreso a temores más orgánicos y primigenios. Hay un término alemán que puede explicar esta paranoia popular. La actitud de la época era una entwerden, palabra que significa literalmente: “sustraerse al futuro”.
Las cintas de ciencia ficción de la posguerra eran consideradas de “serie B” y ya que no gozaban de grandes presupuestos, continuarían siendo un subgénero del cine catalogado como “serio”. Hollywood no prestaría sus recursos ni sus grandes estrellas hasta los años setenta, cuando una generación de directores tomaría las riendas de la industria, con Stanley Kubrick y su odisea espacial como punta de lanza.