Coperacha para el cantante
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Entre las varias divisiones sociales que ha creado la pandemia, está sin duda la de quién pudo seguir trabajando y quién no. De éstos, uno de los sectores más afectados son los artistas; pues apenas ahora, después de un año, empiezan a reabrir espacios culturales donde puedan presentarse

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El veintiocho de marzo del dos mil veinte estaba programado el concierto de nuestra agrupación, T’amu, Canción con todos. Un proyecto dedicado a la conservación de la música mexicana tradicional, folclor latinoamericano y mezcla de trova, rock y música del resto del mundo en general.

Teníamos toda la producción ya concretada y dispuesta la fecha para ofrecer un concierto por el deseo genuino de exponer las expresiones, matices y esencia de nuestro pueblo y pueblos hermanos. Pero la notica llegó: debíamos resguardarnos por cinco días para frenar la inminente llegada de lo que, al parecer, era un peligroso virus, del que aún desconocíamos el alcance y las condiciones que se generarían a partir de su llegada.

Decidimos no cancelar por la optimista posibilidad de llevarlo a cabo, pero el aviso de salud federal también llego: serán dos semanas más… nuestro concierto, nunca ocurrió. Estábamos entrando a un interludio desconocido para todos, y para nosotros los músicos.

Quedaba la esperanza de volver en algún momento de algún mes próximo. Me dispuse entonces a revisar los demás proyectos pendientes, grabaciones de estudio o algún posible bar trovero o de rock clásico, pero nada: todo estaba siendo confinado y resguardado ante el virus. Decidí hacer algunas llamadas o visitar a compañeros colegas que posiblemente tendrían una perspectiva diferente a la mía. Le llamé por teléfono a Tony D.

—Ya ves esta pandemia nos cerró todo, el casino cerrará hasta nuevo aviso, esperan no dure tanto, así que a esperar. Tengo algunos eventos particulares confirmados, aunque ya me están cancelando algunos por el cierre de terrazas y casinos para las fiestas. ¿Tú cómo andas?

—Pues mal, Tony. Pensaba en la posibilidad que tuvieras algo que me pasaras, pero veo que no. Ni hablar, hermano.

*** 

Pasaban las semanas del confinamiento dispuesto por las autoridades y las condiciones no cambiaban para el gremio, salvo algunos eventos más con características de clandestinidad que festivas. Sin embargo, estos son pagados al precio de «Te estoy haciendo el paro para que ganes algo», que al costo justo por el desempeño de un profesional de la música. Lo sé porque mi vecino y compañero colega, Édgar M., me comentó una tarde de mayo que nos encontramos en la escalera de los departamentos donde vivimos:

—Los sitios donde echo trova están abriendo en horarios reducidos como restaurantes, hay poca gente saliendo. En el sitio enfrente del Expiatorio donde regularmente trabajo, pasan una canasta a los pocos clientes para que aporten su coperacha para el cantante y, pues, ya sabrás, no me voy en blanco, pero sale para la gas de un día o dos para ir a dar mis clases particulares y para el internet para las clases en línea.

Me quedo pensando en cómo será la siguiente fase del Covid, si al transcurso de semanas, meses, ahora un año, no da cuartel ni cede. Hay una división social descomunal, la gente que cree, se resguarda, los que no creen consideran cosa de idiotas este asunto de la pandemia. Lo cierto es que sigo sin trabajo. 

Decido hacer uso de las redes sociales y el streaming, armo un repertorio instrumental a base de guitarra eléctrica y acústica, es lo más cercano a estar dando un concierto y estar interactuando con las personas. De algún modo sobrevivimos el encierro ambos, es lo mismo, pero no es igual. Asisten de manera intermitente alrededor de veinticinco personas, nada mal para un casi improvisado concierto en línea sin el equipo adecuado, con sólo el espíritu de compartir y hacer el momento pandémico más llevadero. 

Me duermo pensando que si vender alguna de mis guitarras me ayudaría a solventar mis gastos personales por cierto tiempo…

***

Esta mañana abrí las redes sociales en el celular y vi a mi amigo Gustavo B, vocalista de una sonora enviando un mensaje pidiendo oración y apoyo de todo tipo, viste bata de hospital y tiene oxigeno de manera temporal. Asustado le marco por la posibilidad de que, si trae un celular, pueda hablar.

—¿Qué paso mi Ramón? ¿Cómo estás? Yo aquí, mira, me dio Covid y me siento muy mal, la verdad no dejé de chambear en ningún momento porque necesito comer, pagar renta y no sé si te enteraste que cerraron el Veracruz, al menos ahí había seguros algunos días, así que apenas inicié un proyecto con la Sonora La Paloma y ahora estoy bien encharcado con dinero, otros compromisos y, encima, esto…

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