Clamorosa intervención de tarde

Gritos pintados en muros, en puertas, en pisos de cemento, en edificios universitarios, en baños, en bancas, en aulas. Todos los espacios podían ser ocupados con letras, con frases, con sentencias y con muchos otros símbolos que estilaban color de género...

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Foto: Fernanda Velázquez

La radiograbadora de Nuestra Sueñora de la Noche? :
Registra todo!, d’arriba a bajo…
Julián Ríos

Eran gritos pintados en muros, en vidrios, en puertas, en banquetas, en baldosas, en pisos de cemento, en la calle, en los corredores de las escuelas, en las paredes de los baños, en las bancas, en los muros de las aulas universitarias. Eran gritos. Gritaban al mismo tiempo que caían los vidrios rotos, caían los pedazos de piedra, estallaba el silencio en humaredas. 

El centro de la ciudad era un grito con ritmos de tambores acompañando el paso de miles de cuerpos, de miles de gritos, de miles de reclamos, de miles de consignas. 

No más feminicidios –gritaban.

Ni una más / Ni una menos –gritaban.

Muera el patriarcado / El violador eres tú / -gritaban y cantaban.

Gritaban: No estoy sola, mis hermanas me acompañan.

Vivas nos queremos –gritaban.

Queremos vivir sin miedo –exclamaban.

Nunca nos fuimos –gritaban.

El violador eres túEl violador eres túEl violador eres tú –gritaban, cantaban, gritaban, gritaban.

Gritaban. Exclamaban. Vocalizaban. Golpeaban garrafones de plástico. Hacían ritmos de tambores. Levantaban los brazos para mostrar cartulinas. Levantaban los brazos para corear el texto que había en mantas, en cartoncillos, en telas. Levantaban los brazos y coreaban, con los puños en alto. Coreaban consignas.

Foto: Fernanda Velázquez

Eran tambores de guerra sonando alto. Estrepitosamente. Eran tambores de guerra apuntando el tiro a la sociedad y al mal gobierno. Eran tambores de ira acumulada, de impotencia acumulada, de terror acumulado, de dolor insoportable, de dolor, de ira, de terror, de impotencia para escapar ante tanto asedio, ante tantas amenazas. 

Gritos, llantos, gritos, llantos. Ninguna risa. Ninguna carcajada. Miradas como espadas. Tambores como ráfagas. Palabras en aerosol. Sentencias con letras grandes. 

Gritos ante incontables puertas cerradas. 

Gritos ante ventanales cerrados.

¿A quién le gritaban todas esas voces? ¿A quién le dirigían todas esas sentencias; a quién, que no aparecía y no estaba allí para escucharlas? ¿Quiénes eran los destinatarios de esos textos pintados con aerosol en las paredes, en los vidrios, en las puertas? ¿A quién le estaban exigiendo justicia, seguridad, a quién le levantaban el puño gritando que no hubiera un feminicidio más; que no hubiera un violador libre más?

Calladita NO me veo más bonita

Calladita NO me veo más bonita

Calladita NO me veo más bonita

Era una aclaración que se repetía en muros, en cartulinas, en puertas, en vidrios, en calles, en monumentos cercados, en baños universitarios, en aulas.

Te vemos… Te conocemos… Te tenemos en la lista… Macho ilustrado… Profe acosador… 

Allí estaba consignado el innombrable, el macho ilustrado, con letras negras, con letras rojas, con letras azules, con aerosol, con crayones, y el innombrable aparecía sin rostro en el muro de los corredores universitarios, en la puerta de las aulas universitarias, sobre mingitorios, a un costado de viejos, sucios y gastados pintarrones. 

El rostro del profesor acosador estaba en la mente de ellas, en el grito de ellas, en el puño de ellas. 

En el rostro del macho ilustrado cabían muchos otros rostros. Todos depredadores. Todos ellos unas bestias. Todos ellos eran el terror de frecuentes pesadillas. Todos ellos estaban en la lista para ser juzgados y sentenciados. Todos cabían en infinidad de consignas. Todos, como en una guerra…

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Foto: Cuartoscuro

Luego todo regresó al silencio. 

Todas las voces callaron al llegar la noche. Los vidrios en el piso reflejaban el cansancio. En la oscuridad los muros ya no gritaban. En la oscuridad fueron cayendo los murmullos en tristeza, en desolación, en ruinas, mientras los tambores callaban arrinconados en su olvido. Temblaban las puertas desquiciadas, clausuradas para entrar por ellas, clausuradas para salir por ellas.

Todas las voces se diluyeron en el silencio de los faros. Todas ellas se fueron hasta el otro lado de las bardas grafiteadas. Desaparecieron bajo la luz de una habitación. Cada una, exhausta de gritar, exhausta de saltar y de levantar los brazos y de cargar consignas, iba a permanecer estremecida en su voz, permanecería en la profunda soledad ante las puertas de lo incierto. Tardaría más de una hora en irse calmando sobre la cama, en ir sofocando tanta ira acumulada, en ir cayendo lentamente en las profundidades del sueño. Como en otro sueño. 

Sola en el silencio. Sola en su palabra tatuada para gritar algún otro día, alguna otra tarde. Sola entre imborrables imágenes, y sensaciones punzando en la soledad de la piel.