Bruce LaBruce: Un Popeye desvanecido

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“En realidad soy un tipo tímido. Por eso lo de ‘renuente’”. Bruce iba por su segunda michelada, las manos llenas de gruesos anillos de oro completamente limpias a pesar de los tatuajes desde el hombro, la ligera constelación de pecas del pelirrojo natural y el plato de mariscos zarandeados que del otro lado de la mesa me hacía estibar servilleta tras servilleta.
Lo de renuente se refiere a sus memorias precoces, The reluctant pornographer. Lo de pornógrafo se refiere a sus películas. Y sí: de la función de media noche la semana pasada de L.A. Zombie en el Cineforo salían en desbandadas media fila por aquí, media fila por allá, según se iban sucediendo felaciones, baños de sangre y penetraciones por los agujeros más insospechados entre varones muy vivos, luego cadáveres y al fin, muertos vivientes embadurnados de maquillaje verde y morado que pronto se derretía entre los fluidos y se traspasaba en el arrumaco de múltiples participantes de lo más dotados y musculosos.
“Eso siempre pasa. La única diferencia es cuánta gente se va”, dijo con toda calma entre fotos con los admiradores que se acercaban a saludarlo y sonreír para su nueva imagen de perfil en Facebook al día siguiente. Ha pasado incluso en Sundance, uno de los festivales de cine con más reputación de abierto, experimental y transgresor.
En realidad, Bruce está siendo honesto con eso de la timidez. Sí: lo hemos visto en pantalla hacer no menos que lo que le pide a sus actores (“Es una cuestión de elemental ética”, aclara), vuelve apurado a la mesa a ponerse los lentes oscuros. Con la digestión y la cerveza, casi se le olvida, pero nunca se deja retratar sin ellos.
—Igual que Karl Lagerfeld —le guiño.
­­—Ah, leíste la entrevista.
—Claro, es muy buena.
—No sé: la gente la ama o la odia.
Y cuando la gente decide odiarlo, lo hace con empeño. Con bombas de fabricación casera, por ejemplo. Como las que arrojaron en Madrid hace apenas un par de semanas al interior de La Fresh Gallery, donde actualmente expone Obscenity, una serie de fotografías en las que personajes populares de la Península como Alaska, Pedro Marín, Pablo Rivero y Rossy de Palma son retratados en hábito de monja con las tetas de fuera y hostias negras cubriéndoles los pezones, de rodillas, bebiendo de una lata roja y blanca, o bien en una Pietá que no le ha gustado a los grupos católicos ni a la Fundación Francisco Franco, que por esos mismo días ha demandado al artista Eugenio Merino por Always Franco, una escultura presentada en la feria Arco que pone un muñeco de dimensiones naturales ataviado con las insignias del generalísimo atrapado y muerto de frío dentro de un refrigerador como los que se usa en las tiendas para exhibir refrescos… Una de las pocas excepciones que encontró en su anodino paseo por ahí: “La mayoría de las obras tenían una decidida y subrayada carencia de contenido político o religioso (o sexual), inclinándose más hacia tendencias abstractas o decorativas”, escribió hace un par de días en su columna “Wondering…”, donde también propuso un divertido ejercicio que consiste en adivinar si la pieza fotografiada es arte, decoración, publicidad o un objeto utilitario. La confusión es impresionante.
Volviendo a lo de Lagerfeld, el kaiser al frente del imperio Chanel, LaBruce siguió opinando sobre esa conversación publicada hace dos años, que muchos lectores no diferencian cuando está siendo sarcástico o hablando en serio.
—Pero así se hace el buen periodismo, ¿no? No tienes que decirle a la gente qué pensar.
—Tal vez. Yo no sé de esas cosas. Yo escribo porque es algo que estoy acostumbrado a hacer. De hecho, yo quería ser crítico… mhh, teórico de cine, ¿sabes?
—No tenía idea. Pero no me sorprende. De hecho quería preguntarte sobre tu educación. Si fuiste a la universidad o algo así. Porque en The raspberry reich y en Otto; or up with the dead hay diálogos que delatan muchas lecturas, y en una entrevista que leí, el redactor describía tu departamento como atestado de libros, desde el piso hasta el techo. Excepto por la cocina, que es territorio de tu marido, ¿no?
—Ah, esos periodistas…
—Somos lo peor —se ríe.
­—Sí, fui a la universidad. Y estudié también un máster. No es que a mí me interesen mucho esas cosas, pero mis maestros estaban muy influenciados por el post-estructuralismo: Derrida, Foucault, Lacan… De hecho, mi tesis fue un estudio cuadro por cuadro de Vértigo, de Alfred Hitchcok, para demostrar elementos de género en la factura estética del filme: el movimiento de la cámara, la música, los colores, los símbolos…
—Eres un auténtico ñoño.
—Sí, un poco.
—¿Eso fue después o durante la época de tus fanzines?
—Durante.
—Es un parte muy oscura de tu vida, al parecer.
—Sí, incluso en esa época. Estaba viviendo en una esquizofrenia: por un lado hacía trabajo intelectual muy riguroso, por otro lado iba esparciendo panfletos.
—¿Nunca has pensado en volver a eso? Todavía puedes tener una respetable cátedra en alguna universidad.
—Eh, no lo sé. íšltimamente he considerado estudiar un doctorado. Tengo muchos amigos de mi edad que están volviendo a la academia. Es más aburrido, pero lo haría sobre todo por la estabilidad.
Por un instante, esto podría considerarse un signo de ablandamiento, pero lo corrige muy pronto: “La gente tiene esta idea de que con la edad uno sienta cabeza y tiene que dejar de ser un rebelde. Pero por Dios, ve a Pier Paolo Pasolini a Jean Genet. Ellos se volvieron todavía más radicales en la última etapa de su vida”.
No le pregunto su edad, claro. Y cuando inquiero si todavía hay alguien que le diga por su verdadero nombre, se ríe y le halaga mi ingenuidad: “Solamente mis padres. Y un par de muy, muy, muy viejos amigos”.
Incluso su marido, un cubano disidente y sacerdote santero, le dice “Brucito subversivo”.
—Es una burla, en realidad. Es como decir que mi revolución es un poco ingenua, porque él viene de un país que sí ha pasado por una guerra, que sí ha visto la revolución establecerse, institucionalizarse y convertirse en un monstruo. Esto no significa que él no entienda mi obra, al contrario: es claro que cada quién lucha sus propias batallas, y la mía fue ser un niño gay en un ambiente rural del primer mundo, donde estuve absolutamente reprimido, era objeto de bullying y recibí innumerables palizas.
—Por eso el pseudónimo, entonces.
—Así es. A principios de los ochenta, uno no quería que las autoridades se enteraran de tu identidad. Así, aunque sabían quién eras y lo que hacías, no tenían manera de rastrearte.
—Era una táctica de guerrilla.
—Puedes decirle así. Ahora con internet, la gente no puede creer que hace dos décadas las demás personas no tenían manera de investigar tu verdadero nombre.
—Al parecer, tú eres el ejemplo de que sí se puede.
—Quizás. Ni siquiera tú tienes el nombre correcto.
Salimos al sol. Caminamos de vuelta a su hotel. Mañana sale su avión de vuelta al Berlín que se deshiela por esta época, pero hoy no lleva mangas. Presume los brazos tapizados de tatuajes, que incluyen un ancla, y un Popeye desvanecido: Nada demasiado esteticista para alguien a quien frecuentemente lo tildan de dandy.
—Cuando me los hice no había más de dos tiendas en todo Toronto, y los únicos que se tatuaban eran bikers, marineros o presidiarios. No había mucho de dónde escoger, se excusa.
—¿Y perforaciones no? ¿Sólo tatuajes?
—Tenía 23 aretes en mi cuerpo por encima de la cintura: en los pezones, en la nariz, en los labios…
—En las cejas…
—No. En las cejas nunca me puse.
—Ah, disculpa, ¿qué más?
—Es una historia muy triste: un día estaba en un supermercado, haciendo fila para pagar. Ya sabes, viendo los chicles y los dulces que ponen ahí junto a las revistas y esas cosas. Entonces llegó un niño pequeño y agarró algunos. Detrás de él venía una señora con el cabello gris, su abuela, yo creo, y se puso atrás de mí en la fila. Entonces me di cuenta de que la señora traía un piercing en la nariz. Era pequeño y de muy buen gusto, pero en cuanto llegué a mi casa me quité todos los aretes y nunca me los volví a poner. Ya no tenía ningún sentido.
Olvidé preguntarle cuántos más tenía por debajo de la cintura.