Bienvenido a tierra Zapatista

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Ingresé al Caracol II, una de las cinco zonas de territorio zapatista rebeldes y autónomas, “donde manda el pueblo y el gobierno obedece”. Ubicado en Oventik, Chiapas, es una comunidad en la montaña con unas 20 casas de madera decoradas con murales del Che Guevara, Zapata, la Virgen de Guadalupe, de mujeres indígenas que promueven la dignidad y de mazorcas donde cada maíz representa el rostro de un combatiente.
Al pie de la carretera, dos comandantes que cubren sus caras con pasamontañas esperan tras una verja de palos de madera y alambre. Me piden una identificación y dicen que aguarde. En la espera me siento en la tierra para descansar mi estómago volcado por la curvas de la carretera que recorrí de San Cristóbal de las Casas a Oventik.
Fue lenta la espera de 30 minutos para que abrieran la cerca y me acompañaran a la Oficina de Comisión de Vigilancia, una cabaña asentada en suelo arenoso donde hay sillas de madera y plástico, una mesa que me separa de los zapatistas y muchos dibujos de niños sobre el amor a la naturaleza y a la lucha. Al igual que los retratos de Marcos y de Emiliano Zapata, el líder de la Revolución cuya lucha inspiró el movimiento, con un machete en la mano.
Frente a los hombres explico el propósito de mi visita al lugar: conocer cómo se vive en un Caracol. Sólo estoy de paso en Chiapas.
Para los zapatistas, un Caracol es un símbolo natural de resistencia, una imagen de que lentamente, pero con perseverancia, se puede lograr mucho. Es un instrumento para llamar a quienes estén dormidos.
De la Oficina de Comisión y Vigilancia me llevan a la Junta del Buen Gobierno, donde la comunidad decide si ingreso o no al Caracol. En esa cabaña me reciben tres comandantes, quienes aseguran sentirse alegres de que se les valore y reconozca. Me piden no tomar fotos a las personas, sólo a los murales que adornan sus casas.
En la visita de tres horas estoy con ellos al pie de la montaña aguantando el frío decembrino de la sierra, observo sus ojos negros cansados, sus pies descalzos y sus manos de campesinos.
Pienso en su fuerte voluntad de mantenerse 15 años en una lucha por lograr que respeten sus derechos básicos, a la salud, educación, justicia, a la tierra, valores que para muchos —especialmente para los citadinos— están olvidados.
El dolor del campesino es por vivir al margen, por la intimidación, por el hurto de tierras, me dicen. “El dolor del ciudadano lo desconocemos, pero debe de haber muchos sufrimientos”.
Es 24 de diciembre y en el Caracol II habrá carne de cerdo para la cena. Los hombres destazan al animal y los niños ayudan. Mientras que las señoras y las niñas se dedican a elaborar su artesanía que exponen en una tienda.
Les pregunto si les intimidan los militares que rodean toda la zona zapatista. “Violan a nuestras mujeres, se roban los animales, y cada vez son más”, me dicen los comandantes.
Previamente a mi llegada al Caracol II, a unos cuantos kilómetros de Oventik observé cómo los militares construían otro fuerte encima de la montaña. Vi a los uniformados con armas largas, intimidatorias. Me pregunté: ¿Cómo se puede vivir bajo tanta presión?
“Existen entre 60 y 80 mil militares en este territorio que mantienen cuadriculados y constantemente acosados a los zapatistas, violando mujeres, meten alcohol, drogas y dinero. Mantienen a grupos paramilitares para asesinar gente. Ha sido extraordinario cómo se han organizado los zapatistas para inhibir y desarticular esas formas tan complejas del Ejército mexicano”, me dice el antropólogo social, Rafael Sandoval, tiempo después a mi regreso a Guadalajara.
La razón por la que se han mantenido por tantos años y que continuarán en un futuro, es por su ancestral relación con la naturaleza que fomenta una buena organización social para mantenerse firmes ante las agresiones.
“En los caracoles se prohíbe el alcohol y las drogas. Es el territorio del país en donde no se consume alcohol, y donde hay más seguridad, con algunas excepciones”, indicó Sandoval.
Esa Nochebuena en el Caracol II, salió a las seis de la tarde la última combi para San Cristóbal. Me despedí de los encapuchados. A un costado de la carretera me levantó el colectivo y escuché en la radio hablar en lengua indígena. Me hubiera gustado entender el significado de cada palabra. A través de la ventana observé las casas humildes de madera, niños delgadísimos y sin zapatos. Siento su rechazo y desconfianza a quienes no sean como ellos. Vi desde la orilla del camino a uno de los estados donde existe mayor pobreza y miseria de México.

Una digna rabia
Para dar comienzo al año 2009, los zapatistas se reunieron en el Primer Festival Mundial de la Digna Rabia tanto en el Caracol II como en el zócalo de San Cristóbal.
El Subcomandante Marcos reflexionó sobre estos 15 años en resistencia: “En guerra seguiremos hasta que este rincón del mundo llamado México haga suyo su propio destino, sin trampas, sin suplantaciones, sin simulaciones. El poder tiene en la violencia un recurso de dominación, pero también lo tiene en el arte y la cultura, en el conocimiento, en la información, en el sistema de justicia, en la educación, en la política institucional y, por supuesto, en la economía”.
Ante cientos de personas, Marcos habló de continuar la lucha contra el mal gobierno, pero: ¿Qué tanto ha ayudado el movimiento zapatista a cientos de indígenas? El profesor investigador del CUCSH, Rafael Sandoval, dijo que en estos 15 años el zapatismo representa un movimiento inédito porque aglutina a más de un millón de personas pertenecientes a 40 municipios (mitad del territorio de Chiapas) que han ejercido su autonomía y el autogobierno.
La instalación de las juntas de buen gobierno consiste en rotar a cada uno de sus habitantes del municipio para que gobierne y luche por los derechos colectivos de su comunidad. El zapatismo como gobierno autónomo no recibe ni un solo centavo del Estado mexicano y ha apoyado incondicionalmente a los más pobres en áreas como justicia, democracia, seguridad, salud, educación, transporte y el trabajo de la tierra.
“Nada más en salud, por poner un solo ejemplo, un indicador que es observable y por las estadísticas oficiales es que 30 mil niños morían al año por hambre y enfermedades curables. A estos 15 años en los municipios autónomos, en territorio de los zapatistas, no se muere un solo niño por hambre y desnutrición. Además recuperaron en 1994 las tierras que les fueron arrebatadas desde hace 500 años como efecto de esta rebelión indígena, y en estas tierras se ha modernizado la manera de producir alimentos para lograr la autonomía alimentaria” indicó Sandoval.
Además han logrado hacer política de otra manera, a través de “La Otra Campaña”, iniciativa con la cual el Ejército Zapatista de Liberación Nacional intenta convocar y conjuntamente organizar a todos aquellos que participen de la idea de construir una izquierda que sea anticapitalista.
Si bien los zapatistas reciben recursos económicos internacionales, no son del tamaño para resolver las necesidades del millón de personas que viven en esas comunidades. Ellos generan desde la educación hasta su alimentación.
“Las ayudas son precisas para construir hospitales o plantas eléctricas. No viven de la caridad internacional”.
Aunque el zapatismo ha logrado muchos aciertos, persiste la pobreza y miseria en Chiapas a causa del sistema neoliberal-capitalista que mantiene con hambre no sólo a los chiapanecos, sino a más de 2 mil 500 millones de personas en el mundo, dijo el investigador del CUCSH .

Movimiento romántico
Cuando surge el Movimiento Zapatista en 1994, logra gran popularidad tanto en México como en el mundo por los discursos poéticos que dictaba el Subcomandante Marcos, en el sentido de reivindicar los derechos pisoteados de los indígenas, indicó Gloria Caudillo, profesora e investigadora titular de tiempo completo en el Departamento de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos (DEILA) de la Universidad de Guadalajara. “El movimiento se apaciguó a escala nacional y actualmente hay más apoyo externo que interno”
Los europeos que perdieron sus utopías desde hace tiempo se esperanzaron con el zapatismo y siguen apoyándolo, mientras que los mexicanos de izquierda que alentaban de manera incondicional a la lucha se decepcionaron por las actitudes de Marcos y los límites del sistema político mexicano para consolidar la utopía.
“El problema es que retomaron los mismos vicios políticos de la izquierda. Así lo demostró Marcos cuando salió a los estados del país a “La Otra Campaña”, cuando la gente le pedía y él se la pasaba escribiendo como un López Obrador en las campañas. Habla de otra campaña, habla de otra política, pero se maneja con el verticalismo y con esos deseos de hegemonía. Tanto en López Obrador como en Marcos observamos un paternalismo de los que siempre espera la línea del de arriba. Además, Marcos tenía una actitud mesiánica y decidía quién sí y quién no estaba en la campaña”.
Aún así, lo más importante que ha dejado el zapatismo son las nuevas formas de gobierno y que se ha consolido como una voz crítica de la realidad mexicana. Que nos ha hecho recobrar conciencia de que nos falta respetar a todos los grupos sociales de México. “En el imaginario latinoamericano ha sido como una enseñanza, ha sido una influencia en otros movimientos, Evo Morales tiene la frase: ‘Hay que mandar obedeciendo’, y esto es lo que dicen los zapatistas”.