Aborto entre el prejuicio y la legalidad

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La decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) de declarar constitucional la ley que legaliza el aborto en el Distrito Federal (DF), sienta un precedente importante para las demás entidades de la república mexicana que pretendan hacer reformas legislativas en este tema.
Especialistas coinciden en que el fallo del máximo Tribunal en México garantiza además la libertad para que las mujeres en el país decidan si desean ser madres o no. Esto viene a apoyar lo establecido en el Artículo cuarto constitucional, reformado en 1974, que determina que toda persona tiene el derecho de decidir —de manera libre, responsable e informada— sobre el número y esparcimiento de sus hijos.
Con el decreto de la Suprema Corte, el resto de los estados del país estarían en condiciones para aplicarla a su propia circunstancia. Simplemente se tomaría como un precedente importantísimo porque todos sabemos que es el órgano máximo legal (en el país), y al no haber oposición con respecto a este tema están considerando respetar un derecho y una garantía que le compete únicamente a la mujer, enfatiza la jurista universitaria Rosalinda Mariscal.
En consecuencia, considera, los congresos estatales tendrían que actuar con sentido de responsabilidad e impulsar iniciativas encaminadas a garantizar la libertad de las mujeres a decidir sobre su maternidad. “El congreso de cada estado debe de caminar con esa conciencia, puesto que son libres y soberanos en cuanto sus leyes y su estructura geográfica se refiere. Si no lo permiten, los abortos seguirán de forma clandestina. Es una realidad a la que estamos expuestos; y si nos vamos a la cerrazón de la falsa moral, las estamos condenando a que sigan llevando a cabo abortos fuera de toda higiene y todo compromiso de ética médica”.
La investigadora de la División de Estudios Jurídicos de la Universidad de Guadalajara, subraya que para lograr que el tema sea llevado hasta el pleno de los congresos estatales es fundamental la participación de la ciudadanía. Un primer paso, dice, estaría en la movilización de organizaciones no gubernamentales y especialistas en la materia, para que redacten un proyecto de legislación o en su caso proporcionen los recursos y herramientas documentales a los diputados interesados, y éstos a su vez, propongan una iniciativa de ley. Una vez presentada tendría que ser discutida en la comisión de puntos constitucionales, y luego se pasaría a revisión y discusión al recinto legislativo.
Admite que en este proceso influyen también todo tipo de presiones políticas y, sobre todo, religiosas. Pone un ejemplo: el hecho de que hayan repicado las campanas de la Catedral Metropolitana de la ciudad de México, en señal de luto por el fallo de la SCJN, hace un profundo eco en la gente y ello tiene repercusión en los congresos de los 31 estados del país.
Tal es el caso de Jalisco, donde “nos vamos a ver muy mermados […] contamos con un Congreso muy moralista, no todos sus integrantes pero si la gran mayoría”, afirma la académica de la maestría y el doctorado en derecho de la UdeG.
Candelaria Ochoa, especialista en temas de equidad de género coincide en que en las entidades gobernadas por partidos panistas, como Jalisco, la discusión de este tema será difícil, pues no hay un debate en el que prevalezca el respeto a las ideas diferentes y la tolerancia.
Recordó que el año pasado el Partido Alternativa Social Demócrata presentó una iniciativa para despenalizar el aborto, que no fue discutida, “lo recibieron en oficialía de partes y lo mandaron a la carpeta del olvido, lo cual me parece grave porque no se presentó al Pleno como un punto a debatir”. Ni siquiera la propuesta del diputado perredista Carlos Orozco que proponía un plebiscito sobre el tema fue aprobada.
“Si hubiera un poquito de más apertura se podría retomar el tema en Jalisco, pero lo veo difícil, casi siempre el debate se ha dado por fuera de la Cámara. Una de las ultimas encuestas señala que el 60 o 70 por ciento [de la población] estaba de acuerdo en que las mujeres decidieran, pero si vas a cualquier lugar hay mucha propaganda [contra el aborto] como si las mujeres fuéramos asesinas”.
Hay un sojuzgamiento aun antes de que se discuta el tema, advierte. “Hay gran prejuicio. Siempre se piensa que las mujeres van a ir en masa a abortar. En los países europeos o Cuba (que tienen leyes que despenalizan el aborto), se ha demostrado que eso no es cierto. Por el contrario, la idea es darles información y las herramientas para que tenga la posibilidad de decidir si quieren tener a ese hijo o no”.
La Comisión de Derechos Humanos del DF calificó el fallo de la SCJN como una “acción clara e inequívoca del fortalecimiento del Estado laico y del fortalecimiento del estado democrático de derecho”. No obstante, en un diagnóstico de derechos humanos realizado en conjunto con diversas instancias locales e internacionales, la comisión enfatiza que hay un “gran desconocimiento wde la legislación por parte de las y los médicos […] prejuiciosos, falta de sensibilización y de capacitación”, además de que el programa de interrupción legal del embarazo en el DF carece de la asignación de un presupuesto etiquetado para la realización de sus actividades, “lo que dificulta la disponibilidad de recursos tanto materiales como humanos”.

Temor y temblor

Adriana Navarro

¡Ya no. Ya no por favor. Se lo suplico. No más, por favor!”, clamaba mientras las lágrimas escurrían por su cara. “¡No grites!”, dijo la enfermera, “Vas a asustar a las otras”. Con el brazo trató de tragarse el grito o llorar por dentro para ahogar los gemidos.
Las pinzas que sujetaba el médico giraron en medio de sus piernas, todo su cuerpo se estremeció. La enfermera la tomó de las manos, y gritó: “¡Ya no te muevas, te va a doler más!” Vomitó sobre la bata blanca que llevaba puesta. Diferentes torniquetes entraron por su vagina: grandes, chicos, todos de metal. El doctor las agitó por más de 15 minutos, tan fuerte y sin pausa, que viendo de lejos la escena, parecía que ella no podría salir viva de ese lugar. Gasas, sangre. Luego gasas y más sangre.
En un instante las pinzas recuperaron su brillo metálico, el piso quedó limpio. Dentro del cesto, los guantes, y las batas blancas, teñidas de rojo. Se fueron. Ella y yo en un cuarto de tortura. El desgarramiento interior era un dolor que se deslizaba desde su vientre hasta el último poro. Tenía náuseas. No quería moverse.
Pasaron más de 15 minutos sobre la cama, respiración entrecortada. Quiso pararse y tomar su ropa, pero las piernas no le respondieron. Ganó el dolor corrosivo. Se vistió como pudo, temblando aún. Caminó despacio y esperó afuera del consultorio. Vio al doctor recibir a otra mujer; se imaginó que pasaría por lo mismo que ella.
Los ojos grotescos del médico la miraban como a una prostituta que crea lástima, odio, coraje, no podría asegurarlo. Una diva de la indecencia. Como si oliera mal.
Le advirtieron que ya tenía puesto un dispositivo para no volver a embarazarse y le dieron pastillas para la molestia.
Tomamos un taxi. Ella no hablaba, recordaba cómo había llegado ahí: se dio cuenta que estaba embarazada cuando tenía una semana que no menstruaba, se le hacía raro. Ella era precisa, “calendárica”. Había tenido mucha hambre y un dolor de cólico; su cuerpo definitivamente parecía otro.
En la farmacia compró dos pruebas de embarazo. Tomó tanta agua como pudo y en un restaurante se dio cuenta de lo que venía. Habría que encontrar una solución. Salió a comprar otra prueba: no cambió nada.
Era pura angustia. Sentía repulsión de su existencia. Enojo por el error. Intranquilidad imparable. Lloriqueo continuo.
Una noche la recibí en mi departamento en la ciudad de México, donde el legrado inducido es legal. Hablamos poco; el diálogo era más bien llanto. Desconocíamos los procedimientos. Buscamos en internet: clínicas, datos, teléfonos, direcciones.
La red nos llevó a una publicidad engañosa: llegamos a una clínica montada en una casa, y en su interior: fotos de fetos con sangre, dos pseudo enfermeras que cobraban 8 mil pesos por extraer “el producto”. Salimos corriendo. La recuerdo desesperada. Vomitó en mitad de la calle. Compramos una tarjeta telefónica, marcamos a uno de los teléfonos. Preguntamos por el programa de Interrupción Legal del Embarazo (ILE) y un tipo amable nos dio una dirección de una clínica social.
A la entrada había con una mujer de Trabajo Social que a forma de regaño nos habló de moralidad, daños físicos y psicológicos, perforaciones e infecciones mortales.
En la clínica nos dieron una cita.
El doctor la examinó de arriba y abajo, con repulsión. Comenzó con un largo interrogatorio: “¿Por qué te embarazaste?, ¿sabes de las consecuencias?”. Ella preguntó sobre el tiempo que necesitaría quedarse en la ciudad de México. “Las que nosotros consideremos, si no te gusta vete”, dijo enojado. Ella asustada firmó todo lo que le pidieron.
Vinieron pruebas de sangre, ecosonograma, pastillas para desechar al feto, dolor intenso, mareo y náuseas. Miedo, insomnio, impotencia, pánico.
El día del legrado, había más mujeres esperando: la mayoría porque no tenía dinero para mantener otro hijo, o porque eran muy jóvenes.
Mi amiga entró con el pulso acelerado, le pusieron una inyección para la dolencia, después supimos por otros médicos que la dosis no era suficiente para esa cirugía ¡”Ya no. Ya no por favor. Se lo suplico. No más, por favor!…”

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