A Laco le gustaba hacerle al cuento

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La literatura es el reino de las posibilidades. Es la tierra donde pareciera que se sigue una dirección y, pasada la distancia, se encuentra uno en otra. Arthur Conan Doyle dejó patente que la deducción puede más que las elucubraciones basadas en postulados sesudos. Sherlock Holmes encarna las posibilidades de un personaje gris que mediante la parsimonia y el sentido común alcanza una altura insospechada. El pensamiento matemático se funde con las letras y sus derroteros lacónicos y liberadores en la narrativa de Jorge Luis Borges. La tierra, el polvo, la desolación y la muerte alcanzan un modo cotidiano y un lenguaje cálido en los cuentos de El llano en llamas de Juan Rulfo. Y si el cine, como bien apuntó Guillermo Cabrera Infante, es un arte nacido de la tecnología y aparatos ideados por el hombre, la literatura es un arte que se nutre de su propia tragedia. Es el reino de las posibilidades. Eraclio Zepeda, escritor chiapaneco fallecido hace apenas unos días, hizo de su quehacer literario un reino de la palabra, escrita y oral. En la corona de este conglomerado asoman lo trágico, el humor, el desenfado.

En una guerra uno de los bandos decide atacar a su enemigo con música de marimba. Los atacados en sus posiciones se atemorizaban en gran manera ante los redobles de la banda de guerra enemiga. “Ni los obuses, ni las granadas, ni los morteros, ni las ametralladoras nos causan tanto espanto”. Se decide entonces el general y le pide “Cinco marimbas de combate” al maestro carpintero del pueblo asediado, de nombre Corazón Borras. Sin tener ninguna idea sobre cómo serán esos objetos, el hombre las construye. Con las marimbas ya en el frente se desata la verdadera guerra. “Si el enemigo nos agredía con Fuego adentro, nosotros contestábamos con El rascapetate, y si nos asestaba A degüello le tirábamos Se te cayó el calzón”. El maestro constructor de las marimbas pasó a la posteridad en aquellos lugares porque el conflicto, marimba de por medio, fue ganado.

De este tipo de humor aparecen salpicados algunos cuentos de Zepeda: éste se titula “De la marimba al son”. Y mayormente en sus narraciones orales dejaba entrever esta vena. Fue “célebre por la felicidad verbal con que narra historias de su tierra nativa”, escribe Antonio López Mijares. Porque los cuentos contenidos en Benzulul y Asalto nocturno (Premio Nacional de Cuento 1975) tratan de otra cosa: un destino casi siempre incierto y desolado alcanza o les es impuesto a los personajes, esas fuerzas que gravitan a su alrededor y al fin los tocan con su aureola tremenda. Recordemos la desventura de Lidia Petrovna en el cuento homónimo, a Juan Rodríguez Benzulul en “Benzulul”, al abogado Juan Francisco de la Mora en “Asalto nocturno”, al abuelo ballenero de “Los trabajos de la ballena” y a Patrocinio Tipá en “Vientooo”. Especímenes todos que patalean inútilmente ante las fuerzas implacables que los aplastan.

A Zepeda le importaban los modos de hacer cuento. Tras leer Benzulul se tiene la certeza de que el autor sabía hacerle al cuento. Es perceptible su manejo de los tiempos y los recursos propios de una narración. “El acto de ficción” al que se refiere Ricardo Piglia queda al descubierto en los cuentos que componen este volumen que Zepeda publicara en 1959, porque los personajes experimentan una acción dramática completa, aparecen en un momento y encuentran un desenlace a veces esperado, pero no por eso menos tremendo o doliente. Otro tanto sucede con los textos de Asalto nocturno, la obra maestra del autor según la crítica. De un libro a otro, sin embargo, se abre una distancia considerable: si en el primero el autor cultiva una prosa cercana a la narración oral compacta, a dejar correr el velo de un mundo indígena sofocado y atribulado, festivo y trágico, en el segundo le apuesta a un planteamiento más trabajado y distanciado de lo primero por las coordenadas propias de la ciudad y las preocupaciones que de allí se derivan.

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