Velocidades y accidentes

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    Son las siete de la mañana. Debe llegar temprano a trabajar, si no quiere que la amonesten, o peor, que no le den el bono de puntualidad a final de mes.
    Dalia es una mujer bella. Posee dos profesiones y es bastante responsable. Igual que la mayoría de los tapatíos, tiene la necesidad de trabajar. La vida le enseñó mucho en poco tiempo.
    Por 8 de julio, cerca de su casa, circulan a enorme velocidad las unidades de la Alianza de camioneros: están jugando carreras (haberles dado un sueldo fijo no evitó las competencias).
    La lista de víctimas aumenta cada día por la exagerada negligencia de los choferes, y sin embargo hasta inventaron un consejo para el consuelo de los pobres incautos que se atraviesan a los autocamiones.
    Son las siete y media. Dalia está en la esquina de costumbre, donde espera para abordar el chato, bus, camión o democrático, como le decía mi padre, pues, afirmaba, sin importar la clase social, podíamos convivir con los demás por necesidad, gusto o lo que mejor les parezca.
    De pronto ve venir dos camiones. Realiza el ademán para tomar uno, pero ambos pasan sin detenerse.
    Son las siete cincuenta y cinco, y está desesperada. Después de unos minutos, un camión choca con un auto compacto. Al momento del impacto atropellan a dos personas inocentes que pretendían cruzar la calle.
    El ruido de las sirenas se apodera del aire en la ciudad. Accidentes, unidades en pésimas condiciones y choferes incompetentes constituyen el escenario que propone nuestro “flamante gobernador”, quien vive viajando y regalando bonos, sin tener la más mínima idea de lo que es subirse a un autobús.
    Sin embargo, le parece justo aumentar la tarifa del transporte en la zona metropolitana de Guadalajara, donde está vuelto un auténtico deporte extremo transitar y cruzar las avenidas.
    Viene otro camión y Dalia solo lo ve pasar de reojo. Lo mira con fijeza, como si dijera: ojalá a su mamá sí le den “la parada”.

    Rocco Palomera