Una ciudad seca

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Imagine un Estadio Jalisco lleno de agua, piense en la cantidad requerida y multiplíquela por 150: todo ese líquido pluvial es el que se desperdicia cada año en la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG) por falta de un manejo sustentable de este recurso. A esto se agrega el deficiente tratamiento de aguas grises y negras, el mal estado de las tuberías, por lo un buen porcentaje de este líquido no alcanza a llegar a los hogares, además de un arcaico sistema de distribución, lo que ocasiona un abastecimiento de seis metros cúbicos, en lugar de los nueve que requerimos obtener por segundo.

Los anteriores son algunos resultados de la investigación “Hacia una gestión sustentable del agua en la Zona Conurbada de Guadalajara: los retos en las políticas públicas”, elaborada por Fernando Córdova Canela y José Arturo Gleason Espíndola, académicos del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño (CUAAD).

Entre los planteamientos del documento, éste señala que la gestión del agua en Guadalajara debe transitar hacia un modelo sustentable basado en el ahorro, la reducción de la demanda, los buenos hábitos y la instalación de regaderas modernas, cisternas de W.C., captación de agua de lluvia y reuso de aguas grises que permitan paulatinamente transitar a una nueva cultura de manejo del agua.

Córdova y Gleason realizaron un inventario de la infraestructura hidrosanitaria, desde la captación de las fuentes de suministro, que en el caso del área conurbada son el Lago de Chapala, los pozos, los acuíferos de Atemajac y Toluquilla y la Presa de Calderón. Registraron también los sistemas de conducción, como los acueductos que llevan el líquido a tres potabilizadoras y la red de distribución, que consiste en 8 mil 500 kilómetros, así como los consumos en los hogares y la red de drenaje hacia las plantas de tratamiento.

“Uno de los retos es la calidad del agua. A Chapala le cuesta mucho trabajo purificar el agua, es susceptible a la contaminación y hay pérdidas en la red de distribución, pues el 40 por ciento del líquido no llega a las casas debido a las fugas, lo que es imperdonable. En algunas colonias en las últimas semanas ya sufren por la escasez y cuando llueve se inunda la ciudad”, detalla en entrevista José Arturo Gleason Espíndola, investigador del Departamento de Técnicas y Construcción, del CUAAD.

El agua perdida
En la cuenca del Valle de Atemajac, del Cerro del Cuatro a La Barranca y del Colli al Cerro de la Reyna, se precipitan cada año 300 millones de metros cúbicos, el equivalente a 260 estadios Jalisco. Más de la mitad, el equivalente a 150 estadios, se van directamente al drenaje.

“No la estamos metiendo al subsuelo, pero sí la mezclamos en el drenaje con aguas negras, y se va a la barranca. En vez de guardarla en el suelo, es fácil saber lo que va a pasar: se va a secar el subsuelo, los acuíferos, la cuenca, y las temperaturas van a elevarse. Se acabará el bombeo de pozos. Si seguimos así, es cuestión nada más de estimar el tiempo que nos queda para el colapso”, alerta Gleason.

Agrega: “Si nosotros seguimos mandando agua de lluvia al drenaje y no recargamos el acuífero, se secará. Sacamos y no metemos. ¿Qué cuenta bancaria puede subsistir si le estás sacando y no le metes dinero? Igual en términos del agua. Estamos secando acuíferos”.

Dice que de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, todo el planeta tiene de 15 a 25 años de tolerancia para corregir la forma de hacer las cosas. La Conagua también confirmó desde 2006 la sobreexplotación de los acuíferos.

“Ve uniendo estas variables y nos damos cuenta que no podemos estar sacando agua de donde queramos, al costo que sea, sin tener una política de ahorro, conservación y reutilización. En las zonas de la periferia hay escasez. Quienes tienen dinero, pagan pipas. Según cifras del SIAPA, hacen falta 3 metros cúbicos por segundo, de los nueve que se producen”.

Otro aspecto preocupante es que en el inventario realizado en este estudio, se descubrió que no hay sistemas de medición y monitoreo por parte de las autoridades, el cual precisa de sensores para computar el agua del subsuelo, la que escurre y la proveniente de la lluvia. Estos tres sistemas deben consolidarse y estar interconectados para monitorear el ciclo del agua.

“Todos estos datos deberían estar medidos, no en un estudio, sino en un sistema de monitoreo al instante. Por lo que he investigado en los últimos 15 años, en Jalisco no hay nada de esto. Lo he visto en otras naciones, pero la autoridad no quiere reconocer” tal necesidad, concluye Gleason.