Una azotea con telescopios

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Ante los astrónomos aficionados mexicanos habló Nervo en las sesiones de los días miércoles 7 de septiembre y 5 de octubre de 1904, diciendo en voz alta: “Señoras: Señores: Ante todo una confesión: Yo no soy un astrónomo, ni pretendo serlo. No estoy preparado para esa ciencia, la más bella de todas, más que por el amor inmenso que le tengo desde niño. Soy un aficionado a la Cosmografía, he aquí todo, y si la Sociedad Astronómica de México, a la que me es tan grato pertenecer, no admitiese dentro de su liberal y generosa amplitud a los que desean aprender; si en ella no se codeasen el que descifra el enigma luminoso de las constelaciones y el que sólo empieza a deletrear el divino alfabeto de oro de las estrellas, no sería yo quien osara abordar esta tribuna”.

Algunos meses antes —pero en la ciudad de Guadalajara— había ocurrido otra lunática experiencia: en un maravilloso palacio, moderno y funcional, recién inaugurado, que servía como sede al Seminario Conciliar de Guadalajara y había sido construido durante más de once largos años por el ingeniero Antonio Arroniz Topete, originario de Ameca, empleando ladrillos elaborados con un original método para fabricar productos cerámicos refractarios, se inauguraba un insólito observatorio astronómico desarrollado por un par de sacerdotes improbables: José María Arreola, nacido en Ciudad Guzmán, y Severo Díaz Galindo, oriundo de Sayula. El lunes 7 de marzo de 1904 se realizó el acto solemne de bendición del Observatorio Astronómico del Seminario Mayor de Guadalajara (ya desde un año antes había estado funcionando el Observatorio Meteorológico) con dos actividades en apariencia contradictorias: una conferencia filosófica de Miguel M. de la Mora, prefecto del Seminario, titulada: El hombre no pertenece al género y una conferencia astronómica de José María Arreola relativa a la Constelación de Orión, para la cual utilizó en un artilugio fabuloso para la recreación científica inventado por el holandés Christian Huygens y perfeccionado por Atanasius Kircher: la linterna mágica, antecedente del cinematógrafo pero aún más potente a un nivel afectivo: sus imágenes luminosas y coloridas sobre delgadas láminas de cristal que se proyectaban sobre el muro gracias a una lámpara de aceite colocada al interior del dispositivo metálico lejos de la vista, una espectacular combinación de quietud y asombro.

El lunes 14 de agosto de 1905 Arreola y Díaz organizaron el avistamiento de un eclipse de luna. Arreola se encargó de tomar los elementos matemáticos de posición de la sombra, el maestrante José Gutiérrez se hizo cargo del cronómetro para dar las indicaciones del tiempo, y Félix Bernardelli, gran artista y también profesor del Seminario, se encargó de la determinación técnica de los colores de la sombra terrestre al opacar los diversos puntos de la superficie del satélite, y Severo observó con detalle los diferentes aspectos de la Luna durante el eclipse, relacionando el fenómeno con los aspectos meteorológicos del momento. Aunque al principio había amenaza de lluvia, una enorme cantidad de personas llegó hasta el Seminario, ávidas de contemplar el fenómeno astronómico. Cuando todo parecía perdido a causa de la nubosidad, el cielo se despejó y para las 7:51 de la noche apareció la Luna dentro del campo de visión del telescopio. En punto de las 8:50 el eclipse alcanzó su máximo, mientras Bernardelli gritaba entusiasmado “¡esto es inimitable!” y apuraba unos bocetos para cierta acuarela que prometió, en vano, entregar al Observatorio. La vertiginosa sensación del momento la describió puntualmente el propio Severo Díaz Galindo: “Diríase que la Luna se introdujo en un polvo tranquilo, en una nube plomiza y transparente de ese barro menos que negro de la alfarería de olor. Alejando el ojo del telescopio se veía el campo luminoso de un amarillo claro limón en una atmósfera que envolvía la parte brillante del astro”.

Fuente de inspiración

Literatura

Un viaje a la Luna, de Alejandro Dumas (1860)

De la Tierra a la luna, de Julio Verne (1865)

El otro mundo, de Cyrano de Bergerac (1957)

La Luna (poema), Jaime Sabines (1973)

Cine
Viaje a la Luna, de Georges Méliès (1902)

2001: Odisea en el espacio, de Stanley Kubrick (1968)

Pintura
Luz de luna sobre el Puerto de Boulogne, de Manet (1869)

Luna llena en septiembre, Charles Rennie Mackintosh (1892)

Noche de luna,  de Kandinsky (1907)

El pintor a la luna, de Marc Chagall (1917)

Dedo pulgar, pájaro putrefacto y luna, Dalí (1928).

* Este fragmento es parte de un ensayo mayor que forma parte del proyecto “Museo Portátil del Ingenio y el Olvido apoyado por el Programa de Estímulos a la Creación y el Desarrollo Artísticos”.