Un proceso de desesperanza

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Como un secreto o una vergüenza, el incesto y el abuso sexual continúan como asuntos sepultados dentro del hogar. Las mujeres que sufren este tipo de agresiones no se atreven a denunciar ante las autoridades, ni acuden a recibir terapia psicológica, ya sea por desinformación o por desconfianza en un sistema corrupto que no castiga a los culpables y que además las revictimiza. Esto ha llevado a que por cada caso denunciado, otros siete queden ocultos, señaló la académica del Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS), de la Universidad de Guadalajara (UdeG), Martha Catalina Pérez González, en su investigación titulada “Seguridad ciudadana y justicia penal: delitos sexuales, prevención y manejo”.

“El caso que más me impactó al analizar estas historias de vida, fue uno en el que tanto madre como padre tenían relaciones con los menores de forma alternada. Había tocamientos, procesos de masturbación, de penetración, tanto en los hijos varones como con las niñas. Lamentablemente esto se refiere por los dibujos, por el discurso de las víctimas que vivieron este proceso. Han tenido historias que se callaron por años. La persona que atendimos lo reveló 15 años después de haberlo sufrido”, especificó la también subdirectora del Centro de Evaluación e Investigación Psicológica del CUCS.

El estudio de campo fue realizado con víctimas de abuso sexual que llegan a atenderse a este centro (por estrés postraumático que afecta su calidad de vida), tras cuidar la identidad y basándose en datos cuantitativos y cualitativos de estos dramas.

Pérez González afirmó que el hecho de que las víctimas, por ignorancia, miedo o desconfianza duren años en denunciar, representa un problema jurídico, pues aunque el Código Penal otorgue un plazo de una década para presentar una querella, ya no perviven elementos probatorios para integrar las averiguaciones, y menos pensar en el castigo a los culpables.

“En el abuso sexual seguimos teniendo un subregistro, porque la gente teme denunciar. Al hacer una historia de vida, se ve que en algunos casos se hizo la denuncia, no se dio seguimiento, los agresores siguen impunes y entonces hay un segundo duelo. Las personas caen en un proceso de desesperanza. No creen ni en las autoridades ni en la sociedad”, agregó la psicóloga.

Señaló que este proceso de desesperanza provoca que las mujeres acudan con recelo ante las autoridades y centros de ayuda. Ellas dudan de qué manejos darán a su información personal esas autoridades.

“Tienen, además, amenazas de los agresores, quienes les advierten que van a hacerles daño a ellas o a sus familias si dan a conocer su caso. Entonces ir a denunciar es un proceso que genera un doble trauma, porque vuelven a revivir el evento y las emociones de las que se quieren alejar. Por eso deciden por el silencio”.

En el Centro de Evaluación e Investigación Psicológica han atendido a niñas de nueve años de edad, hasta a personas de 30 o 40 años. Los abusos comienzan en la infancia y en ocasiones siguen hasta la edad adulta. Han encontrado casos en que ni siquiera tienen el conocimiento de en qué lugar denunciar, y cuando se dan cuenta de ello, no tienen respuesta favorable del aparato judicial.

“Ellas viven a veces con resentimientos, culpando al agresor, al aparato de ley. Esto termina por repercutir en su vida familiar y laboral, en la escuela, y van generando alteraciones en todas sus áreas, con pocas opciones de dónde asirse o apoyarse”.

En este centro, que depende del CUCS, buscan restablecer la interacción personal y social básica de estas personas, y encontrar el perdón y la reconciliación o la búsqueda de una nueva relación para recobrar la estima y saber que son capaces de reencontrar el amor.

Entre la realidad y la ficción
Hace apenas unos meses fue estrenada la película La habitación, cuya trama es la de una mujer abusada que encierran en un sótano y a raíz de las relaciones sexuales forzadas tiene un hijo que crece en cautiverio y luego logra escapar. El agresor es atrapado y la madre rescatada por la policía. Casos como este drama cinematográfico, señaló Pérez González, podrían estar ocurriendo en Guadalajara, aunque con mayor brutalidad.

“Son historias cada vez más comunes entre la población. Estas historias se están dando porque no detienen a tiempo al agresor sexual, que luego busca situaciones que le generen más adrenalina”. En ocasiones el agresor llega a la categoría de asesino serial, “con procesos de sadismo sexual”.

El subregistro más grande, estimó, es el de incesto, pues constituye una práctica que por su naturaleza queda como secreto de familia, en el que padre, abuelo, hermano o un consanguineo genera este proceso de violencia y por vergüenza nadie sale a denunciar, para mantener a la familia supuestamente unida, aunque disfuncional.

“Ellas optan por seguir con su vida, con esas limitantes. Por eso les damos proceso de atención psicológica, pero no hubo denuncia y queda ese amargo sabor de boca. No hay pruebas ya: tan sólo el testimonio de la víctima”.