Silvia Eugenia Castillero

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Nació en la ciudad de México en 1963. Ha publicado numerosos libros de poesía y forma parte del Sistema Nacional de Creadores. Actualmente dedica sus mañanas a dirigir la revista Luvina y las tardes a su hija más pequeña, a quien los chaneques dejan dulces cuando se toma el vaso de leche. En la FIL presentará su libro de ensayos Aberraciones: el ocio de las formas, el 30 de noviembre a la 1 de la tarde. Y al día siguiente, en el Salón del poeta será ella quien introduzca a José Emilio Pacheco en una lectura de poesía inédita.

luvina

No podría ser más completa mi actividad literaria. Editar es extender el oficio de escritor. Y como escritor, se es primero lector. Mi trabajo es hilar, conjugar, elaborar un objeto hecho de diversas voces que nada más van a estar juntas en la revista, como en un museo. Hay que buscar el acomodo, a quiénes poner y en qué orden… esa costura fina e invisible que permite que viva y se sostenga por sí misma. Es apasionante llevar la buena literatura a la parte donde se completa, que son los lectores, pues se trabaja siempre para los lectores.

el arco y la piedra

Estoy escribiendo un libro sobre las catedrales. Quiero trabajar la palabra como la piedra, el juego de la luz a través de los vitrales, el vidrio, el color… la geometría como concepto básico de la arquitectura y la matemática de estas edificaciones. Lograr elementos a partir de la simplicidad. De esta idea surgió otro libro que terminé este verano, sobre la vida-leyenda de Abelardo y Eloísa. En él hay dos voces: la de Eloísa, con su larga espera y su amor frustrado, y la de París, ciudad en la que me quedé anclada. La entrega religiosa de Eloísa cuando se va a pasar hambre y frío a un convento de la Bretaña francesa, es en realidad una entrega profunda e incondicional a Abelardo. Ese pasaje es como una demencia, una locura de recuerdos en que el tiempo se borra, un crescendo en el que todas las eras se disparan, y entonces surge el París que yo viví, moderno y urbano.

bestias

Durante un viaje por La Rioja encontré en sus monasterios multitud de personajes profanos: vírgenes sensuales, diablos, sirenas, bestias. De ahí surgió una serie de poemas que he ido publicando en revistas; y la idea de mi bestiario Zooliloquios. He querido que las palabras tengan garra, que transmitan temblor, ansiedad. Las bestias son para mí una fuente de escritura, pues uno busca pretextos que le permitan hablar de su presencia en el mundo, de su propia existencia. Soy densa, soy abstracta; los animales me ayudan a no perderme. Con ellos hago un mapa para ir de mi tiempo al de los otros, que son los lectores. Son como un puente, una forma de tocar la tierra.

metamorfosis

Desde hace tiempo vivo muy diferentes facetas. Uno se metamorfosea, pero en esencia es el mismo, como los animales. Por eso me gusta hablar de mi vida personal, porque finalmente es la materia que uno trabaja siendo escritor, editor, profesor: es la vida. Me brota mostrarme como persona en cualquier momento en el que esté, ser transparente, hablar de mis hijos, por ejemplo. La vulnerabilidad humana la vivo igual que mis alumnos, soy igual que todos: una mamá y una persona que anda por la vida sufriendo el tráfico y las depresiones. Pero creo y me entrego a la intensidad, siendo lo que sea. Y creo en la metamorfosis de la literatura.

provincia

Llegué a esta ciudad en 1976, después del golpe a Excélsior, donde trabajaba mi padre. Salió con el equipo de Julio Scherer y le ofrecieron un trabajo aquí. Era muy difícil, pasé toda mi infancia en la ciudad de México y eso cuenta, cuenta mucho. Además, las mejores convocatorias, las mejores oportunidades siguen estando allá. Eso no es culpa de Guadalajara, sino del centralsimo. El hecho de que FIL ocurra aquí es un gran avance, pero el movimiento, el número de cosas no alcanzan a ser como en el DF. Todavía no pasan esas intensidades, no sé por qué. Siento que los movimientos se quedan aislados, no hay algo que enrute la vida cultural como un todo. Espero que eso suceda pronto. Lo digo con fe.