Ricardo Castillo o la vuelta al mundo

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Este año se cumplen cuarenta años de la aparición de El Pobrecito Señor X, del poeta Ricardo Castillo (Guadalajara, 1954), libro que fue —y sigue siendo— todo un acontecimiento en nuestras letras, y en su momento fue una especie de ruptura que vino a escupir en la mesa del pastel, como se ha dicho con frecuencia, y a darle un aire de irreverencia a la lírica mexicana. Castillo, quien también ha escrito Concierto en vivo (1981), Como agua al regresar (1982), Ciempiés tan ciego (1989), Nicolás el camaleón (1989),  Borrar los nombres (1983), Reloj de arenas (1995), es uno de nuestros clásicos, y quizás por eso la Feria Municipal del Libro de Guadalajara, en su edición cuarenta y ocho, le rinde un homenaje desde el 29 de abril, día en el que da inicio dicha Feria.    

Los trecientos versos
En 1975, bajo el seudónimo de “Ron Castillo” y con el libro de poemas Los trescientos versos, el poeta tapatío Ricardo Castillo ganó el concurso convocado por la revista Omeyotl, que editara Roberto Quintero Ramírez, bajo los auspicios de la Universidad de Guadalajara.

Los jurados, en el acta, apremiaban: “Se recomienda la publicación inmediata del poemario…”, por considerar que el cuaderno, entre varias docenas que quedaron fuera, era el “único ejemplar rescatable de este decepcionante torrente de posibles candidatos al saloon de la phama (sic)”.

De aquellos poemas presentados en el certamen bajo el nombre de Los trescientos versos, del joven Castillo, quien contaba con veintiún años entonces, al año siguiente (casi) habían desaparecido, o se había transformado en lo que fue —y es— El Pobrecito Señor X (que publicara Ricardo Yáñez —en 1976—, en su editorial Cefol, en la colección El ciervo herido).

De la primicia de lo que sería El Pobrecito Señor X, solamente sobrevivió (con supresiones necesarias) un poema que Castillo titularía “Verne’75” en el que aducía: “Nunca daré la vuelta al mundo /en globo. / ¡Y me gustaría tanto! /Pero ser joven /y tener necesidad de aventura no basta…”, pero al parecer ese deseo se ha vuelto realidad después de tanto: por lo que he visto en las redes sociales, y al parecer para celebrar sus primeros sesenta años, el maduro poeta —ya un clásico de nuestras letras, por cierto—, se ha ido a dar la vuelta al mundo, no en globo, pero sí en aviones y lo hemos visto en Argentina, España, Medio Oriente y quizás otras tierras. Y sus palabras, de algún modo premonitorias, se han hecho realidad.

Ahora viaja para celebrar la madurez humana y lírica. Hoy vuela con alas propias y ajenas. Hoy se vale de otras formas, para quizás transformar su poesía en otra y la misma…

Poesía y futbol
Las primeras alusiones que leí sobre el futbol en la poesía fueron en los escritos de Ricardo Castillo, cuando tituló uno de los poemas de El Pobrecito Señor X (1976) “Autogol”. Luego él mismo —años después—, orientaría mi mirada hacia “La oruga” (1980): “Pero cualquiera sabe lo que significa pegarle con seguridad al balón /aunque no sepa de futbol/ porque el balón también puede ser la visión /la intención de un hombre/ y porque canchas vemos y arbitrajes no sabemos /las piernas deben ser ágiles y fuertes para sostener el ritmo/ y patear con seguridad no importa qué clase de balón /ni a qué distancia haya que ponerlo…”. Lo recuerdo ahora cuando miro a esos jugadores de barrio, en la cancha de tierra de Tonalá, donde a cada golpe en el balón ponen toda su alma y levantan una estela de polvo que se eleva y camina hacia los ojos de quienes observamos sin la dicha de estar dentro del campo para comprobar lo que ha dicho Castillo, quien sabe lo que dice, pues a la mitad la década de los setenta se mantuvo suspendido en una dubitación al decidir si dedicaría su vida al balompié o a la poesía…