Punto de fusión

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In memoriam

Cuando Immanuel Kant presentó las alternativas que a las sociedades le pueden esperar, supuso que sólo cabían tres opciones: que transitáramos a un mundo mejor, que nos aproximamos al desastre inminente o que todos seguiría siendo más o menos igual.  Kant, icono de lo que llamamos modernidad y con un desbordado optimismo por los augurios de la ilustración, supuso que la aproximación a un mundo mejor era la alternativa más probable. Pero, a pesar de que sí formó parte de las consideraciones kantianas, no abundó en la alternativa que el recientemente fallecido Zygmunt Bauman sugiere en referencia a la incertidumbre como la alternativa para las sociedades futuras y  característica de las sociedades actuales.

El pasado nueve de enero sucumbió a La vida líquida el filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman, quien nos deja una prolija y abundante obra que es considerada en ámbitos educativos, económicos, sociales, políticos y psicológicos por su gran poder explicativo derivado de la afortunada noción de modernidad líquida.

Modernidad líquida es la metáfora con la cual el pensador polaco caracteriza a las sociedades contemporáneas en oposición con la modernidad sólida que identifica a las que nos precedieron. La idea de liquidez la retoma de la comparación del comportamiento de dos estados de la materia: los sólidos y los líquidos. De los sólidos destacamos su forma permanente, su rigidez, su resistencia a la maleabilidad, su estabilidad y su oposición a ser modificados por otros materiales. Pero, siguiendo la metáfora,  todos  los sólidos tienen un punto de fusión que a diferentes temperaturas altera el equilibrio de la solidez y los lleva a un estado líquido, donde se adquieren propiedades opuestas a las enlistadas. Un fenómeno similar a la licuefacción de los cuerpos sólidos, afirma Bauman, ha ocurrido con la sociedad contemporánea, donde la fuente de la transformación la atribuye, entre otros factores, al desarrollo tecnológico, la globalización, la liberación del mercado y al debilitamiento de las instituciones gubernamentales. 

El sociólogo supone que las trasformaciones en la conducta y expectativas de los individuos están en gran medida motivadas por las mutaciones en los factores que articulan a la sociedad. En este sentido, por ejemplo, si una innovación tecnológica sustituye una actividad que antes se realizaba de manera manual, las concepciones de la labor adquieren una concepción diferente en el trabajador, quien variará su conducta de acuerdo a los nuevos escenarios.

La atmósfera que determinó al siglo veinte, del que somos herederos inmediatos, se caracteriza por un acelerado conjunto de modificaciones en ámbitos nodales de la sociedad que repercuten de manera drástica en la conducta de sus miembros. Retomando la analogía de la liquidez, las instancias sociales que en algún momento ofrecían o prometían certezas a los individuos por su solidez, se han licuado y dejado de ofrecer el soporte que daba seguridad, certezas y esperanzas. Ya no es un suelo firme en el que nos movemos, en el mejor de los casos es un pantano, pero la mayoría de las veces un punto indeterminado en el océano donde irremediablemente naufragamos.

En este sentido, para el autor de Modernidad líquida, los artefactos, mejor representados por los objetos tecnológicos, se presentan como objetos desechables, los automóviles, los refrigeradores o los teléfonos no se consumen por su uso o garantía de permanencia sino por los criterios que propone el mercado con la promesa de un mundo mejor. El matrimonio, máximo icono de la integración familiar y compromiso mutuo entre los desposados, dejó de representar la estabilidad, considerado ahora como un engorroso trámite susceptible de ser evitado, parece preferible tener pocos o ningún hijo y el divorcio es el trámite que sigue al casamiento. 

La escuela deja de ser el espacio que garantiza una estabilidad profesional; se elige estudiar para incorporarse al mundo laboral, pero no hay trabajo garantizado, la enseñanza dejó de ser formadora de ciudadanos para proporcionar informaciones desechables en función de su uso, por ello es común la tendencia de presentar infinidad de carreras profesionales súper especializadas, apoyadas en medios digitales, subestimando el recurso de la memoria y evitando al máximo el trabajo en un aula.

Por su parte los gobiernos dejan de ser aquellas instancias rígidas garantes del orden social y la seguridad de sus miembros para convertirse en objetos desechables, carentes de poder y subordinados a las tendencias globales y del mercado; surgen especialistas en mercadotecnia política que venden la mejor alternativa añ gobierno como se vende un biquini en una pasarela de modas.

Y en este escenario de precipitados caudales los individuos navegan sin rumbo en la incertidumbre gubernamental, profesional, afectiva, laboral y vital.

Ante este contexto de perplejidades, supongo que una recta razón, el análisis minucioso de lo novedoso, la responsabilidad ante la libertad, la prudencia para decidir y una vida examinada (rancias recomendaciones de la filosofía antigua y moderna), pueden ser sólidos flotantes para afrontar los Tiempos líquidos.