Moralejas infelices

1095

Un lobo mató a una anciana. Puso su sangre en una botella y partió su carne en rebanadas, las cuales colocó en un platón. Más tarde invitó a la nieta de su víctima, Caperucita roja, a comerlas. Posteriormente la pequeña fue devorada por el lobo.
La niña había salido de su casa con destino a la de su abuela. Le llevaba pan y leche. En el trayecto encontró al lobo. Ella le reveló que tomaría el camino de las agujas para ir a su destino. El lobo, entonces, decidió tomar el camino de los alfileres y llegó antes a casa de la anciana.
La pequeña llegó a casa de su abuela. Comió lo que el lobo, disfrazado de abuelita, le ofrecía. Más tarde le ordenó que se desvistiera y acostara junto a él. Ella obedeció. El aspecto de la supuesta anciana era raro y no dejó de advertirlo. Cuando la niña le preguntó: “Abuela, ¿por qué tienes esos dientes tan grandes?”, el lobo contestó: “Para comerte mejor, hijita”, y se la comió.
Así podría resumirse el famoso cuento Caperucita roja, en una de sus versiones más antiguas. El relato fue reproducido por Robert Darnton en La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa.
Caperucita roja no es el único cuento que difiere de las versiones más conocidas en la actualidad. El historiador registra que en otro relato parecido a La bella durmiente, el príncipe encantador está casado cuando viola a la princesa dormida. Tiene varios hijos con ella, sin que ésta despierte. En la segunda parte, la madre de la princesa, una ogresa, intenta comerse a sus nietos bastardos.
Hay más: en otra historia, antecedente de La cenicienta, la protagonista decide ser sirvienta para escapar a las presiones de su padre, que quiere casarse con ella. Charles Perrault (1628-1703) escribió con modificaciones, de acuerdo a los gustos de los cortesanos, muchas de las historias que los campesinos franceses narraban en las largas noches de invierno, mientras se confortaban junto al fuego de la chimenea. Estas nuevas versiones fueron aprendidas por la gente común, que las hizo suyas y después, recopiladas con nuevas transformaciones por Jacob Grimm (1785-1863) y Wilhelm Grimm (1786-1859), explica Susana Navone, en Los cuentos de Charles Perrault.
Luego la industria cinematográfica retomaría las historias e introduciría algunos cambios, en sintonía con la manera de pensar de amplios sectores de la población. El objetivo primordial: gustar al público infantil y ganarse la aprobación de los adultos. En particular las versiones de Walt Disney son “inocencia envasada”, como lo señalara Todd Gitlin. Una recopilación de mitos universales mezclados con personajes “huecos y tribialmente limpios”, para consumo masivo.

Mamá oca
La bella durmiente y Caperucita roja aparecieron en un manuscrito de 1695, con tres historias más. La obra lleva por título Los cuentos de mamá oca. Dos años después, en 1697, el editor Barbin publicó Historias o cuentos del tiempo pasado con moraleja, donde incluyó también a “Cenicienta”.
Perrault dirigió sus cuentos a los cortesanos del rey y a los niños. El ambiente era propicio, pues desde 1685 había una verdadera euforia por los cuentos de hadas entre los miembros de las clases altas.
Caperucita roja fue un cuento dirigido a los niños, que acaba mal, incluso en la versión de Perrault. El autor suprimió los detalles escabrosos de la muerte de la anciana. Simplemente el lobo se come, tanto a la abuelita como a Caperucita. La moraleja es que las niñas no deben hablar con extraños.
En La bella durmiente del bosque, el hechizo finaliza después de cien años y la princesa despierta. Ella ve al príncipe arrodillado cerca de su cama. En esta versión no la besa –probablemente para no molestar a los moralistas conservadores, indica Marc Soriano, en Los cuentos de Perrault, erudición y tradiciones populares–, pero de inmediato se enamora de ella. Ambos contraen matrimonio en la capilla del castillo. Tiempo después el padre del príncipe muere y éste sube al trono.
En la segunda parte del cuento, la madre del rey, que es de raza de ogros, ordena matar a sus nietos y a la nuera –la ex bella durmiente–, para después comérselos. La reina madre es engañada por el mayordomo. Este degüella dos corderillos y mata a una sierva. Cuando la ogresa se da cuenta de que en realidad los niños y la madre están vivos, ordena que en medio del patio se ponga un recipiente y sean depositados sapos, víboras, culebras y serpientes para arrojarlos ahí, junto al mayordomo, su mujer y la sirvienta. El rey llega a tiempo para salvarlos.
La figura de un padre completamente dominado por su nueva esposa, aparece en La cenicienta. Él permite que la madrastra y sus hijas maltraten a su hija, Cenicienta. El hada y su varita mágica, la calabaza que convierte en carroza, el ratón que transforma en cochero y las lagartijas que convierte en lacayos, están presentes, así como la hora límite para que la princesa pueda estar en el baile sin romper el hechizo.
Cenicienta pierde una de sus zapatillas de cristal al escapar del segundo y último baile. El príncipe anuncia que contraerá matrimonio con la dama que pueda calzarla. Dos lacayos tocan en la casa donde vive Cenicienta y encuentran a la verdadera dueña. El final es feliz. Hay boda y las hermanastras son perdonadas.
Después de la muerte de Perrault –explica Susana Navone–, los cuentos de hadas pasaron de moda entre la clase alta. Eso no fue impedimento para que la Biblioteca Azul, una colección de libros baratos, recogiera las versiones del escritor y las adaptara al lenguaje de sus lectores. Los campesinos volvieron a escuchar los cuentos y los memorizaron. Tal vez más de uno les hizo nuevas modificaciones.
Versiones alemanas
Robert Darnton señala a Jeannette Hassenfplug como una de las fuentes de los hermanos Grimm. Ella había escuchado narrar cuentos a su madre, que descendía de una familia hugonota francesa. Los hugonotes fueron expulsados de Francia por Luis XIV, y emigraron a Alemania. Ellos habían leído los cuentos escritos por Charles Perrault.
En Caperucita roja, de los hermanos Grimm, un cazador abre la panza del lobo y saca a la abuelita y a la nieta.
Una rana que habla, anuncia a la reina que tendrá una niña. Este personaje no aparece en el cuento La bella durmiente, de Perrault, pero sí en la de los hermanos Grimm. Una variante importante de estos últimos es la manera como la princesa es despertada por el príncipe: le da un beso. La parte en que aparece la ogresa, ni siquiera es mencionada y el final termina en boda.
Otras modificaciones destacadas en La cenicienta, son la sustitución del hada por un árbol que ella había plantado junto a la tumba de su madre. Un pájaro es el encargado de proporcionarle los vestidos para los tres bailes. Aquí las hermanastras intentan engañar al príncipe, al cortarse una de ellas un dedo del pie y otra el talón para que les quede la zapatilla. Al final, las hermanastras son castigadas, pues dos palomas les sacan los ojos. También en esta versión el padre de Cenicienta está vivo.

Colorín colorado
La industria cinematográfica tomó diferentes elementos de Grimm y Perrault e introdujo otros, creando novedosas historias. Entre éstas, La cenicienta (1950) y La bella durmiente, estrenada el 29 de enero de 1959. Ambas películas fueron producidas por Walt Disney. En las dos, los príncipes y el matrimonio son las soluciones a los problemas de las protagonistas. Ellas no desean otras metas. Ambas están insertadas en esquemas tradicionales de cómo debe ser una mujer. En Cenicienta, la protagonista no se atreve a desafiar a su madrastra. Los largometrajes estaban diseñados para recibir la aprobación de amplios segmentos. Eso no quiere decir que no hubiera producciones atrevidas.
En 1949, Tex Avery hizo un cortometraje desafiante: Red hot riding Hood, traducido como Caperucita roja (1943). Aquí, Caperucita es cantante de un night club; el lobo, un mujeriego empedernido, y la abuelita, una acosadora de hombres. La escena más famosa es aquella en la que al lobo se les salen los ojos de las órbitas al ver a una sexy Caperucita cantando. El final previsto era que el lobo se casara con la abuela después de dejarla embarazada, pero fue censurado y cambiado.
Los moldes promovidos por Walt Disney serán criticados en películas posteriores, como Buza Caperuza (2005) y Colorín colorado, este cuento no ha acabado (2007), en que aparece una Cenicienta que enfrenta la adversidad y explora sus capacidades. Al final lucha con su madrastra y gana. Posteriores versiones, como la de Blanca nieves y el cazador, de Kristen Steward, o la multipremiada versión española de Pablo Berger, que participará este año en los Oscar, son más próximas a la visión oscura de los cuentos medievales reinterpretados por los hermanos Grimm.
El público principal de todas estas historias –que han virado hacia la corrección política y moral–, son los niños. Y aunque los cuentos puedan ser sosos, abusar de los finales felices o ser cansinamente didácticos, como lo señaló Alberto Manguel en un artículo reciente: “Los niños secretamente saben que plegarse a los hipócritas requisitos de la sociedad de adultos no los ayudará a sobrevivir en un mundo de lobos ni a encontrar su propia senda en el mundo de Caperucita. Desvíos, artimañas, astucias, invenciones taimadas es lo que los verdaderos héroes requieren”.

Artículo anteriorMarco Treviño
Artículo siguienteLa publicidad camaleónica