Luis Estrada

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Con La dictadura perfecta Luis Estrada culmina un ciclo fílmico acerca de las mieles y peripecias en que se convirtió el sistema político mexicano del siglo XX, y que ha alcanzado al siglo XXI. En plena coyuntura electoral, en el año 2000, con La ley de Herodes, el conflicto Estrada-IMCINE, célebre por cerrar el siglo y la primera etapa del priismo en nuestro país con un escandaloso caso de censura, derivó en la renuncia de Eduardo Amerena Lagunes, entonces titular de IMCINE, e inauguró esta saga fílmica en torno a la tragicomedia mexicana que vimos representada en la crítica al neoliberalismo panista de Un mundo maravilloso (2006), en el crimen organizado como autoridad nacional durante el sexenio calderonista de El infierno (2010) y en el retorno del dinosaurio priista que, como afirma el propio Estrada, “no estaba muerto, andaba de parranda”, de su más reciente cinta.

Una película que ha dejado de lado la comedia irónica, la sátira política e incluso el humor negro, para dar paso a la farsa, congruente con la dinámica político-mediática de una realidad caricaturesca e inverosímil. Su director, explica el actor Alfonso Herrera, “sabe perfectamente lo que quiere y es incisivamente perfeccionista”. No en vano, “no hay actor que no quiera trabajar con Luis, aunque el ritmo de actuación que exige es difícil”, dice Joaquín Cosío, quien interpreta a una oposición “hostilizada con delirios de persecución y con una visión idealizada que deriva en una especie de mesianismo; una oposición un tanto ingenua, que piensa que podrá confrontar al monstruo en el poder, ese aparato que va más allá de un personaje”.
 
Conversando con Luis Estrada
“Jaime Sampietro y yo decidimos escribir nuestros guiones por el hartazgo colectivo que nos provocó la debacle del sistema que representó el final del salinismo y el principio del zedillato, años horribles de los que sufrimos sus consecuencias: levantamiento en Chiapas, crisis económica brutal, error de diciembre, el efecto tequila; reflejo del deterioro del sistema político como lo conocimos. Así que la mayoría, incluyéndome a mí, pecamos de ingenuos al pensar que con que se fuera el PRI este país iba a mejorar. Pero la llegada de Vicente Fox con esa visión tan patológica de la realidad, nos mostró lo contrario. Y por si el panorama no fuera lo suficientemente desalentador, llega un chaparrito Felipe Calderón, que no tiene una mayor ocurrencia que, al sentarse en la silla presidencial, inventarse una guerra sin planeación.

Pensando en cómo era que este país no acababa de resolver ninguno de los problemas de esta cadena de horrores, pronto caímos en cuenta que gran parte de la responsabilidad era el desconocimiento que buena parte de la población tenía de lo que pasaba con su realidad. Yo diría que el ochenta por cierto del país obtiene su información a través de la televisión. Así que decidimos hacer una película sobre la manipulación”.

A diferencia de tus anteriores películas, en que los regímenes políticos que criticabas atravesaban un fuerte proceso de desgaste, ahora presentas ésta en un momento de plenitud del gobierno de Enrique Peña Nieto, ¿por qué?
El guión lo escribimos en el 2011, en el momento del posicionamiento mediático que hacían muchos medios, pero en particular Televisa, del gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto. Y antes de que siquiera fuera candidato oficial nosotros decidimos escribir esta historia. Consideramos que el regreso del PRI era inminente y que vendría con todo, con lo que, pensando el tiempo que nos iba a tomar hacerla y cuándo iba a estrenarse, decidimos hacer una apuesta más arriesgada y generar una película de ciencia ficción política, que ocurre en el 2016 y concluye en el 2018. Es una película que quizás de manera muy simplista hace una afirmación y formula una pregunta: la televisión ya puso a un presidente, ¿lo volverá a hacer? La mala noticia es que ya hay muchos que están anotados para reproducir la fórmula. Mi miedo es que nos haya tocado vivir el regreso del PRI, pero que no nos vaya a tocar ver que se vuelva a ir, en esta dictadura perfecta del siglo XXI en que los poderes fácticos están por encima de la presidencia imperial de la que hablaba Enrique Krauze.

¿Te refieres concretamente a la televisión?
Sí. Creo que es diferente a otros medios. Es un electrodoméstico con el que desayunamos, comemos, cenamos, hacemos el amor, lo vemos en un camión. Tiene un poder de influencia investigado y documentado, sobre todo en cierto sector, sobre todo en México.

¿Y el cine?
Sus alcances son muy limitados, es una experiencia artística o de entretenimiento, que puede generar una reflexión o un debate, pero más allá de eso no pienso que tenga tanto poder.

¿Por qué te interesa mostrar la política mexicana como un ciclo reiterativo?
Quizás sea un lugar común pero los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla. Es la máxima de la película, que es en todos sus aspectos una provocación. Las identificaciones automáticas con personajes de la vida política y mediática serán inevitables, pero pretendimos que fueran más simbólicas, que representaran a un sector o un gremio más que a una sola figura. El gobernador Carmelo Vargas es una suma de muchos horrorosos dinosaurios cuán más esperpénticos, como Montiel, Ulises Ruiz, Fidel Herrera, el Gober Precioso o Moreira. Es un hijo de puta. Literalmente. Hijo de Juan Vargas el de La ley de Herodes y Perlita, una de las prostitutas. Lo mismo que el diputado Agustín Morales es el hijo del doctor Morales; porque así es la historia de este país, una historia de juniors, de gente que no se acaba de ir nunca del poder.

Aunque casos como el de Florence Cassez, la niña Paulette o los video-escándalos, a los que aludes en el filme, son un elemento nuevo ¿no?
Y creo que se puede poner peor. Tiene que ver con intereses de los medios de comunicación y la manera muy poco crítica y crédula con que esa información es recibida. Nunca vamos a acabar de saber la verdad de esos casos que han marcado la opinión pública y que además no sabemos si son cortinas de humo de otra cosa. Lo que sí es que el montaje que se hizo para el caso Cassez, por ejemplo, fue algo grotesco y no se puede saber nada, porque partimos de que todo fue una farsa donde es más difícil saber la verdad que formular una serie de especulaciones.

¿No te preocupa una posible censura?
El mundo ha cambiado mucho. De las cosas buenas que ha traído la globalización y el avance de las redes sociales es que cualquier intento de censura puedes denunciarlo a nivel mundial. Ha habido ciertos vetos contra la película que son preocupantes: medios que han querido silenciarla o empresas de publicidad que se han negado a promoverla, a pesar de que ya estaban comprometidos para hacerlo, porque dicen que es una falta de respeto para la figura presidencial. Hay señales. Pero habrá que preguntar directamente a ellos. Mira, yo no sé si mis películas sean buenas o malas, lo que sí han hecho es algo muy relevante para este país: han derrumbado tabúes. La más osada es ésta, pues nunca antes el cine mexicano había retratado o caricaturizado a un presidente en funciones, así como antes de La ley de Herodes nunca se habían mencionado los nombres reales de partidos políticos en nuestra cinematografía. La experiencia de autocensura que nos dejó la primera dictadura perfecta es justamente esto de “con eso no te metas”, “de eso no se habla”, que creo que una democracia consolidada lo superaría.