Los adioses a Temaca

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Ha terminado el sueño /De mi noche de ayer, única blanca… /Y hay que decirte “Adiós”, desde la cumbre /de mi inmenso dolor. ¡Adiós Temaca! Así escribió el padre Alfredo R. Placencia, cuando en 1912 dejó la parroquia del Rosario, en Temacapulín. Se trata del poema “Adiós Temaca”, dedicado a uno de los pueblos que más amó y que “actualmente está en riesgo de desaparecer inundado, en aras de mitigar la insaciable sed de alguna megápolis lejana que no supo cuidar sus recursos”, dice la contratapa del libro de reciente aparición, Ha terminado el sueño (Centro Universitario de los Altos, 2014).

La frase que da título al volumen, está tomada del poema de despedida. Fue elegida para bautizar esta compilación de la obra que Plascencia escribió sobre Temaca, porque parece una premonición del inmerecido destino de este pueblo, amenazado por la Presa de El Zapotillo.

Según relata Hugo Gutiérrez Vega, en un texto escrito de manera especial para este libro, Plascencia fue condenado por el arzobispado a trabajar en pueblos semiabandonados. Vivió su ministerio como un calvario, en veinte lugares muy pobres. “Pueblos calcinados, desiertos salitrosos y terribles barrancos”, como Bolaños, Atoyac y Amatitán o Acatic. Hasta que el difícil sacerdote fue suspendido y obligado a vagar “por pueblos de Estados Unidos y villorios de Centroamérica”. 

En ese trance, siempre su amada Josefina estuvo a su lado. Vendiendo tamales y chocolate, sobrevivían y hasta lograron pagar la impresión de tres libros del poeta. En el invierno de la vida de Plascencia, “su situación ablandó al iracundo arzobispo, quien le permitió vivir en una casa de ejercicios” en Tlaquepaque.

Plascencia, dentro de ese peregrinar, logró encontrar sólo en Temaca lo más parecido a la felicidad. Aunque fuera por breves lapsos. A este pueblo le dedicó seis poemas que el Comité Editorial del Centro Universitario de los Altos rescató y compiló en el libro.

“Esto fue posible gracias a un poeta de Nayarit, Ernesto Flores (1930-2014), a quien debemos en gran parte que se haya preservado la obra del padre Plascencia. Y fue el doctor José María Muriá, quien forma parte del Comité Editorial, el que sugirió que rescatáramos estos poemas”, explica en entrevista el investigador del CUAltos, Cándido González Pérez, encargado de esta edición.

González Pérez señala que el peregrinar del padre Plascencia se debió a que el arzobispo Orozco y Jiménez no lo quería. “Y pocas personas saben que tuvo un hijo, Jaimito, hijo de doña Josefina Cortés. De hecho el bisnieto apellida Gómez Luna Cortés, no lleva el apellido de Plascencia”.

El libro también ofrece un pequeño álbum de fotografías antiguas y otras imágenes recién captadas por Rubén Orozco. El diseño editorial es de Avelino Sordo Vilchis, el prólogo de Cándido González Pérez, el epílogo de Hugo Gutiérrez Vega y las palabras preliminares corren a cargo de la Rectora de este centro, Leticia Leal Moya.

Este título fue presentado en Temacapulín y en el CUAltos y se pretende presentarlo también en los lugares donde ejerció su ministerio el poeta sacerdote.

“El Cristo de Temaca”, es el poema que abre el libro. El padre Plascencia lo dedicó a una imagen que según los lugareños está formada en las piedras de una peña, y quien no puede distinguir la figura del crucificado, está en pecado mortal.
Otros poemas son “La Cuesta de Temaca”, “El Salto de Temaca”, “La Peña de Temaca” y el “Cementerio de Temaca”, que curiosamente, será lo único que sobrevivirá si el pueblo es inundado. “Este panteón, el viejo del pueblo, quedaría en una pequeña islita en medio del agua y si alguien quiere volver a ver al Cristo de la Peñita, solo podría hacerlo de ahí”, detalla Cándido González.

Con este contexto, es inevitable que la lectura del poema “Adiós a Temaca” no atore un manojo de desconsuelo en la tráquea. No sólo por el dolor del poeta que “sufrió por Jesucristo y por obra de quienes lo condenaron al exilio”, sino por las premoniciones de las que su pluma dio constancia.

El augurio es tan incandescente cómo la vida misma de Plascencia:

¡Qué hermoso hubiera sido para el poeta
A la luz de tus astros dar con la playa
y atisbar a los cielos eternamente
desde una de las tumbas de tu montaña…!

Mas no lo quiso Dios. Mi tumba es otra
y otra será la rama
donde suspensa quedará mi lira
que ha templado el dolor… ¡Adiós, Temaca!