La senda alucinada

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    Hubo una vez un hombre que se pasó la vida dando conciertos de piano y acompañando musicalmente películas mudas. Se dice que en sus presentaciones vestía trajes de segunda mano y al final, en tertulias improvisadas, daba rienda suelta a su boca: se le recuerda como buen conversador, poseedor de anécdotas absurdas y desproporcionadas. Se trató de un trajinar más propio de un tipo trashumante que de un reconocido concertista y compositor.
    A los nueve años ese hombre aprendió a tocar el piano y no lo dejaría ya, no obstante que la escritura quiso interrumpir ese idilio con la música. Se dice que ese hombre, aún cuando llegó a publicar algunos relatos en ediciones mínimas de 200 ejemplares, era más músico que escritor: ser ejecutante de piano le daba para comer y la literatura, primero, le aligeró la angustia y después lo satisfizo y lo atrapó en su totalidad.
    Ese hombre, elogiado por Ítalo Calvino y Julio Cortázar, músico nómada y escritor reconcentrado, respondía al nombre de Felisberto Hernández (1902-1964), nacido en un barrio montevideano apenas abría los ojos el siglo pasado. Muchos ven en esta frase un aviso de que el músico se volvería escritor: “La angustia toma forma literaria”, le escribió a un amigo en medio de sus giras lamentables. Y no debe considerarse, por consiguiente, una circunstancia menor el que alternara la música con la literatura: porque de la primera está alimentada la segunda. “Su vida de músico –refiere David Huerta– le prestó sustancia y sentido a varias de sus narraciones.” Pianista fabulador lo llama.
    Roland Barthes escribió que basta que muera un autor para que, por quién sabe qué alquimia, se desarrolle a su manera y se convierta en un escritor conocido y, mejor aún, en un autor leído. Esto ocurrió con Felisberto, quien en vida cosechó desencuentros con la crítica (en el caso de que haya querido convenir con él algún tipo de encuentro, fortuito por lo demás) y la incomprensión de los públicos. El filósofo Carlos Vaz Ferreira, tras la publicación de Fulano de tal en 1925, dijo: “Posiblemente no haya en el mundo más de diez personas a las cuales les resulte interesante, y yo me considero uno de los diez.”
    Este exilio literario sólo vendría a curarse cuando en 1965 la Editorial Sudamericana publicara Nadie encendía las lámparas (1947). No fue, sin embargo, una irrupción meteórica en el mundillo literario, sino sólo un asomo hacia ese vigoroso caudal que era la narrativa latinoamericana, a punto de ensancharse en el boom, en la que la literatura felisbertiana no encajaría. (Desde 1983 es posible encontrar en México sus Obras completas –en tres tomos– en Siglo XXI Editores.)

    El trashumante fantástico
    Se trata, si se quiere, de una postal romántica (salpicada por un halo de personaje maldito): el trotamundos que da conciertos y escribe en añejas habitaciones de hotel, donde los objetos adquieren vida propia y le comunican su pesar, mientras se casa una y otra vez, porque en esas mujeres busca rasgos maternales que ellas se encargan de ocultar; pero en el fondo subyace un modo de entender todo aquello: Felisberto, quien desconocía la manera en que escribía cuentos, “porque ellos tienen su vida extraña y propia”, encontró en la escritura una manera de ponerse a mano con el déficit que le iba dejando la vida: “La búsqueda de lo anómalo en lo habitual”, que es el rasgo, según Hugo Verani, más distintivo de su escritura. Y para ello dio un paso: no con el movimiento de sus pies, sino con la elaboración del misterio (marginal, insólito, perturbador), porque el misterio detona –hacia adentro y hacia fuera– su cuentística: lo articula al interior y al exterior lo desparrama.
    De misterio estaba rodeada su vida y ahora su leyenda, y de misterio están revestidos sus relatos y novelas. ¿Se puede hablar de misterio en Felisberto y dejar de lado lo fantástico? Si hay un sitio para lo extraño y lo insólito en él, lo hay en la medida en que tiene cupo lo fantástico. Sí, practicó una prosa fantástica (Hugo Verani divide toda su obra en “narrativa de la memoria” y “narrativa fantástica” –aunque la primera, que abarca su primer periodo en la década de 1920, no excluye la segunda, que va de la publicación de Por los tiempos de Clemente Colling [1942] hasta sus últimas invenciones contenidas en el Diario del sinvergüenza, La casa inundada y Las hortensias en los años 60–), no se trata de un todo fantástico a la manera de Tzvetan Todorov. La definición clásica del búlgaro alumno de Barthes ya se ha diseminado por los terrenos de la descolocación, la extrañeza y el pasmo. Felisberto sin embargo es proclive a una escritura fantástica que quiebra lo cotidiano: lo habitual es ya anómalo y germen de desasosiego. Piénsese, por ejemplo, en aquel personaje de “El vestido blanco” (Libro sin tapas, 1929), que está seguro que las hojas de las ventanas abiertas se están mirando y queriendo siempre estar juntas, y eso lo mantiene en tensión. La sensación que queda es un destanteo que nos pone a las puertas del alumbramiento y nos aleja de nuestra investidura mortal. 
    “Creo que mi especialidad está en escribir lo que no sé”, afirmó Felisberto en el prólogo a sus Obras completas, publicadas en Montevideo. Y eso que no sabe es lo que, de algún modo subrepticio pero clarividente, lo acerca y lo aleja de su misma escritura; es decir, Felisberto coincide consigo mismo en lo que escribe y juega, misterioso y fantástico, a ser su propio personaje (“Felisberto Hernández y su obra están unidos por un lazo literario: él es su personaje”, apunta Ida Vitale). Se despoja de sí y, alquímico, se vuelca y retorna al fin. Una zona ambigua en que se mezclan indicios quizá verificables, pero de suyo ficcionales a final de cuentas. “La nota más persistente es la marginalidad y el extrañamiento, el deambular errático y el desajuste interno del escindido yo, autobiográfico, en relatos casi exclusivamente escritos en primera persona” (excepto Las hortensias), reseña Hugo Verani.
    La literatura envenenada
    Del mismo modo en que los poetas basan su hacer en un universo de palabras que les son afines, el edificio verbal felisbertiano está hecho a la usanza de una Babel lingüística: producto de su propia personalidad extraña. Para Felisberto hacer un cuento es un cuento; es decir, importa más el proceso que conduce al cuento que el cuento mismo, colofón de aquella frase de Paul Valéry: “hacer un poema es un poema.” En la palabrería felisbertiana el lector puede fácilmente perderse y no hallar el hilo de Ariadna para asomar a la superficie en busca de aire: sumido en esa incomprensión quizá le sea vedado el licor agridulce y quemante que ofrece el texto. Y la luz se hace: porque a cada página Felisberto se rehace y se presenta como un inconfundible, un raro (como Tario y Levrero.) Pero esto mismo, cuenta la misma Vitale y lo acentúa Verani, fue motivo para que sus contemporáneos lo denostaran y lo descalificaran. Fue leído entonces sólo por un puñado de miembros de un círculo de iniciados en el misterio y la oscuridad fantástica. La estructura y contenido de su narrativa no obedece a nada ni a nadie, ni a moldes ni a corriente alguna: “Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos”, escribió Ítalo Calvino. Por ello le acomodan a su narrativa las cualidades de extraña e inclasificable, excéntrica y fascinante.
    Lo que nos da a beber Felisberto es veneno puro: una dosis que se apura con embeleso mientras los personajes que pueblan su obra nos observan desde su atalaya: en “El acomodador” (Nadie encendía las lámparas), un hombre posee una luz propia en la mirada que lo vuelve capaz de ver en la oscuridad; en El caballo perdido (1943), un niño recibe clases de piano de Celina, una mujer de quien se enamora y por el recuerdo vuelve a su vida adulta; en “Nadie encendía las lámparas”, un hombre lee un cuento suyo a un auditorio, pero la luz del día se escapa y nadie se ocupa de encender las lámparas, en tanto éste se distrae continuamente por la visión de una estatua que “tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería”; en La casa inundada (….) la señora Margarita adquiere una casa para inundarla: el remero la lleva por los canales del jardín, corredores y habitaciones, porque eso la incentiva a contar su vida.
    Tras esta colección de personajes que avanzan al filo del absurdo y lo marginal, cabría pensar en escenarios montados exprofeso para que actúen a sus anchas. En los personajes felisbertianos, subraya Fran Graziano, “el mundo es su teatro privado”: en sus relatos no hay lugar para nada que no sea el personaje y su misterio: cuando se comprende esto se abre el abismo literario felisbertiano y se traga metafóricamente al lector. De allí a volverse parte de esa cofradía reducida que lo lee con fervor y un entusiasmo siempre renovado, no hay distancia alguna imposible de salvar.