La presa en su redil

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En la idiosincrasia de oriental, dice Jean Chevalier en su Diccionario de los símbolos, el faisán representa la armonía cósmica. El llamado de la hembra al macho equivale al trueno, la primavera, la conmoción: “Por eso sin duda la curvatura de los techos de las pagodas es la imagen de las alas de un faisán que vuela”. La cultura Shinto la considera enviada del kami organizador del mundo que, sin embargo, rompió su lazo con el cielo por entregarse a los goces terrenales. Su canto es un mal augurio por esta causa.
Pero el faisán en Europa es una presa fácil, de juego: su carne se aprecia altamente como trofeo de caza y su plumaje colorido y estriado es motivo de admiración cuando el cuerpo disecado adorna la sala.
Y el hombre es un gran faisán es el mundo, escribe Herta Mí¼ller por dos veces en los oídos y en la boca de Windisch, un molinero que carga incesantemente costales de harina hacia la casa del policía: Su pasaporte, el de su esposa y su hija están en trámite.
El hombre es un gran faisán en el mundo podría leerse sin percatar los detalles que informan el espacio y el tiempo: la Rumania comunista bajo la dictadura de Nicolae Ceausescu. Windisch, como Herta, es suabo, una minoría germana de la región de Banat. Y no lo sabe, pero igual que Herta, será también un extranjero cuando su pasaporte sea aprobado y en Alemania lo señalen como rumano; aunque la novela guarda silencio en esa parte.
Es Mí¼ller quien ha dicho en la entrevista oficial de la Fundación Nobel: “Siempre he escrito para mí. Para clarificar cosas, para entender desde dentro lo que en verdad está pasando, o en qué me he convertido. Vengo de un pueblo muy pequeño y luego fui a la ciudad y siempre había discontinuidades y además era una minoría, alemana… y uno no pertenecía de todos modos. Entonces tuve un grave problema con mis compatriotas […] Ellos querían literatura sobre la tierra natal y sintieron que, bueno, que los comprometí. Es una minoría muy conservadora y por lo tanto fui excluida. Fui excluida de la sociedad rumana por razones políticas. Luego vine a Alemania y aquí siempre soy la rumana, y en Rumania siempre soy la alemana. Así que de algún modo uno siempre es el otro”.
Si tuviéramos que hallar el hilo principal de la historia, éste seria el trámite del pasaporte: la larga espera, la extorsión, la corrupción, el requisito del favor sexual, el cinismo de los funcionarios, la indiferencia generalizada. Seguramente por esto es que se la compara con Kafka. El cura, el policía, la cartera, el guardián nocturno no tienen nombre: únicamente su función social (y narrativa) los designa. El simbolismo es claro y turbio al mismo tiempo. Aun la vieja Kroner y la flaca Wilma —que sí tienen nombre— o el peletero y el carpintero —que además tienen un pasado— no son realmente personajes, sino referentes de esa sociedad extraña del que Windish ha decidido que debe desprenderse.
Con todo, no es ésta la esencia literaria de El faisán. Su belleza está en las formas altamente metafóricas de entregar información, con sutileza: sabemos que fueron más de dos años los que esperó Windisch por su pasaporte, porque cada día lo contaba al caer en un bache frente al monumento a los caídos; sabemos que este país pasa de una guerra a otra por el monumento a los caídos justamente, y por los reclamos de la hija vejada a la madre que se prostituyó por pan en el campo soviético de trabajos forzados tras la caída del Reich; sabemos que es una tierra triste y yerma porque una lechuza y su sucesora sobrevuelan los tejados con su mal agí¼ero, buscando un pretil para posarse; sabemos que Windisch perdió a su amada en esa guerra igual que su esposa, y que sólo por eso se unieron; pero sabemos todo esto sólo si desciframos los tropos disfrazados de frases simples, siempre conexas con una imagen de las primeras páginas, con una frase, o con el epígrafe de Ingeborg Bachmann: “La hendidura palpebral de Este y Oeste / muestra el blanco del ojo. / La pupila no puede verse”.
Y así como parpadeos, la espera de Windisch pasa en 49 relatos imbricados en apenas 120 páginas, intitulados con nombres de cosas que son, sí: una máquina de coser, una lágrima, un manzano, un gallo ciego y un redil, por ejemplo, pero también son mucho más que sólo eso: el retrato acre de las fronteras invisibles y los rencores añejos que todavía laten en una Europa mucho más ancha de lo que le gusta confesar.