La muerte de Alvar

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    La muerte de alguien que le ha acompaño a uno por largos años, como radioescucha, como lo hizo Alvar González, es siempre dolorosa. Recuerdo un programa específico y a Alvar hablando sobre la ciudad de Guadalajara, con su voz serena y penetrante. Decía aquella noche: “Suenan las campanas de la catedral, y su tañido lento nos recuerda a las calandrias, y yo y tú quizás recordemos cada uno sus cosas, pero a mí me da por pensar que esta ciudad —como casi todas las grandes ciudades del mundo—, se ha vuelto excéntrica…”, y tenía razón, pues esta Guadalajara en la que nos tocó vivir, ha dejado de habitar su centro histórico y de algún modo se marchó hacia las zonas de moda y ha desbordado los espacios en donde antes había nada, tal vez campos de labor.
    Ahora que la muerte le llegó a este apreciado Alvar, es doloroso recordar que la ciudad se queda un poco más desolada y más excéntrica y más sin una inteligente voz y una amable amistad que distribuía de la persona que nunca conocí, pero me acompañó por algunos años.
    Duele su muerte, pero duele también la vida. Y duele saber que tenía razón aquella noche cuando reclamó que los tapatíos estábamos perdiendo a nuestra ciudad…