La independencia involuntaria

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El 15 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo y Costilla lanzó un grito de libertad… pero no arengaba a favor de la independencia de la Nueva España, sino de la autonomía que España había perdido ante el “Usurpador”, encarnado en Napoleón. Con una vehemencia sospechosa, Hidalgo integra a un discurso defensor de la Corona española otro mucho más contestatario, con exigencias de libertad y de reconocimiento de la americanidad sin precedentes. La Independencia de México dio inicio -al menos en el discurso oficial- tratando de fortalecer los vínculos con la Madre Patria.

La tierra de la prensa
La provincia de Xalisco no fue exactamente una tierra beligerante —a excepción de la célebre Batalla de Calderón—, por lo que a menudo se la calificaba de tibia y adaptable. Pero la batalla que las armas no libraron, fue compensada con la tinta. Guadalajara fue la cuna del único periódico respaldado por Miguel Hidalgo y del primero en la historia de Nueva Galicia y Nueva España en escapar a la censura eclesiástica y civil, El Despetador Americano. Contó con siete números, el primero de ellos publicado el 20 de diciembre de 1810.

Hidalgo debió pasar de enemigo público a héroe social en pocos meses en una ciudad conocida por su desarrollo comercial y mercantil, que en primera instancia desconfió y atacó el movimiento insurgente porque atentaba contra la propiedad privada. No obstante, era también una ciudad en la que primaba la organización social basada en la riqueza y la religión, incluso más que en el origen geográfico. La oligarquía de Guadalajara era un potencial enemigo aunque también la única provincia del virreinato que en 1762 había solicitado construir su propia casa de moneda y comerciar con Guatemala, lo mismo que en 1805 la imprenta de Alejandro Mariano Robles reclamaba libertad para tratar temas políticos, mostrando un neófito ímpetu de autogobierno muchos años antes de que los insurgentes lo hubieran planteado. No era raro entonces que Hidalgo confiara en que la lectura de El Despertador Americano podría mover las conciencias al punto de evitar el levantamiento armado.

Quizás por esta inocente expectativa—en un estado donde menos del 10 por ciento de la población sabía leer— Hidalgo conservó un discurso laudatorio de la monarquía española hasta el tercer número de la publicación, donde alzando la voz contra Napoleón y los peninsulares a los que imputaba una complicidad traidora, ponía de manifiesto una aguda crítica a la esclavitud. Muy pronto fue evidente que a pesar de confesar a Fernando VII como su rey, Hidalgo perseguía otros fines. La primera mención a “tres siglos de opresión” y al papel que en ello jugaban los peninsulares y criollos, aparece en el cuarto número del periódico en enero de 1811, sólo para llamar a los simpatizantes de Félix María Calleja y José de la Cruz a cambiar de bando y defender la causa de “la natural libertad”; llamado infructuoso que terminó en una derrota del Ejército insurgente. Con ello, los últimos tres números apenas pudieron imprimirse y distribuirse, aun cuando en éstos la intensidad de la lucha se ha agudizado y la consigna de “morir o vivir libres de la opresión” es la constante defendida por una causa, ahora sí, abiertamente independentista.

Con el Despertador Americano inicia una época donde la prensa evade la coacción oficial, y a las autoridades no les queda otro remedio que enfrentar las publicaciones con otras publicaciones. Así surgió en 1811 El Telégrafo de Guadalajara, auspiciado por los Realistas y dirigido por Francisco Severo Maldonado, el mismo personaje que meses atrás diera su apoyo y pluma a Hidalgo, y que ahora, en busca del indulto real, lo atacaba con los mismos argumentos que antes habían servido para defenderlo.

El alcance del pensamiento de Hidalgo en aquel primer periódico del proceso independentista, dio paso a publicaciones de sátira política en 1812 como El Juguetito, de Carlos María Bustamante o El pensador mexicano de José Joaquín Fernández de Lizardi, que por su crítica burlesca al Virrey Francisco Xavier Venegas provocó la revocación de la libertad de prensa que recién se había estipulado en la Constitución Española de 1812.

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