La impasible jugada en silencio

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A media noche los doce corderos lechales habían sido sacrificados. El doctor Lecter sabía que Clarice seguía despertando por las madrugadas, atormentada por los desesperados balidos de aquellos animales por los que nada pudo hacer, y que no habían dejado de resonar en su cabeza desde que fuera niña. Ahora, en medio de la absoluta oscuridad el inconfundible olor a “cabra” de los esquizofrénicos que Lecter le había dicho que no olvidara, la sacude. Los disparos inundan la habitación que aún después de unos instantes parece bailar entre zumbidos y manchas de fogonazos. La imagen de Lecter —felizmente ataviado con los colgajos del rostro de un guardia y parte de las vísceras de otro que fueron asesinados por él para poder escapar dentro de una ambulancia— queda suspendida en un momentáneo flashback. Luego, su obscena sonrisa llena de sangre y su abismal mirada, acompañan al joven periodista Thomas Harris al salir de un reclusorio en Nuevo León durante la década de 1960, donde conocería a un criminal mexicano que lo cautivaría. Ahí nacía Hannibal Lecter, y en 1988 la novela El silencio de los corderos que por segunda vez, pero definitivamente lo arrojaría al mundo.

II. El Hospital Estatal de Chesapeake para Criminales Insanos alojaba al doctor Lecter. Se encontraba recluido en ese lugar desde que el agente Graham del FBI —al que casi logró destripar— descubriera tras seguir varias pistas y mirarlo a los ojos, que aquél más que un culto y cortés psiquiatra y cirujano, era el sociópata que había estado asesinando de manera sádica y con notas de canibalismo a varias personas. Un demente sin remordimiento ni culpas, dirían los estudiosos del caso, pero a la vez totalmente por encima de la vulgaridad y simpleza de cualquier otro criminal similar. No estaba loco a la manera en que cualquiera pensaría; lo que hizo era por gusto, casi por un placer estético, pero podía desempañarse de manera “normal” si así lo deseaba, y con una agudeza pasmosa. Ese fue el debut de Lecter a través de la novela Dragón Rojo (1981) de Thomas Harris, en la que además de sus cualidades de lucidez y percepción, se le veía como un “hombre pequeño y delgado. Muy prolijo”. Harris al conocer en México a quien le inspiró tal personaje, lo recordaría como un “hombre pequeño, ágil, y con cabello rojo obscuro. Había cierta elegancia en él”.

Cuando la novata, pero decidida y analítica Clarice Starling estuvo por primera vez frente a la celda del doctor Lecter, lo hizo bajo el pretexto de realizarle un cuestionario sobre su personalidad, saber por qué estaba ahí, qué le había sucedido, e indirectamente interrogarlo acerca de lo que realmente le importaba, que era saber cuál era el perfil del asesino múltiple Buffalo Bill y sus motivaciones para elegir a las mujeres que desollaba. La respuesta ante lo que Lecter consideró un “romo e insuficiente bisturí” para hacer su propia disección fue infranqueable: “No me sucedió nada, agente Starling. Yo sucedí. No acepto que se me reduzca a un conjunto de influencias. En favor del conductismo han eliminado ustedes el bien y el mal, agente Starling. Han dejado a todo el mundo en cueros, han barrido la moral, ya nadie es culpable de nada. Míreme, agente Starling. ¿Es capaz de afirmar que yo soy el mal?”.

III. La nota roja fue el alimento profesional para Harris antes de iniciarse como escritor. Su trabajo periodístico en el Waco Tribune-Herald en Texas, y luego en Associated Press en Nueva York lo prepararían para ello. Su primera novela Domingo negro (1977) trata sobre un atentado terrorista durante el Super Bowl en Nuevo Orleans, justo después de que en 1972 terroristas palestinos tomaran como rehenes a un grupo de atletas israelíes y los asesinaran. La solidez que le diera esa obra como autor lo dispondría para dar vida al personaje que había quedado guardado tanto tiempo en su cabeza. Lecter, con poca pero sustancial participación en Dragón rojo, quedaría gestándose siete años para ser plenamente desarrollado en El silencio de los corderos y convertirse en el motor de su obra, y serviría para crear un par de libros más en las dos siguientes décadas: Hannibal (1999) y Hannibal: El origen del mal (2006), que terminaron por explorar un personaje que de todos modos ya se había hecho icónico en la literatura de suspenso y terror, y también del cine, sin duda gracias al cual consiguió en gran parte tal trascendencia, y no sin la maestría de Anthony Hopkins.

A la edad de 23 años el reportero Thomas Harris cruzó la frontera de México para investigar en una prisión de Nuevo León acerca del norteamericano Dykes Askew Simmons, quien estaba recluido por asesinar a los tres hermanos Pérez Villagómez en la ciudad de Monterrey, y que al intentar escapar de su encierro fue baleado por guardias del lugar. Su vida sería salvada por un misterioso “Doctor Salazar” que se entrevistaría con Harris para el caso, y que parecía disfrutar ante la reacción de éste, cuando en vez de sólo responder a sus preguntas, lo esgrimió con cuestionamientos acerca de la naturaleza de los impulsos asesinos, como si se tratase de un goce intelectual y exquisito. El nombre del “doctor” no era tal. En realidad, Harris lo desconoció durante alrededor de los 50 años que pasaron desde aquel encuentro y los 25 de cuando escribió El silencio de los corderos, hasta que unos meses atrás se comunicara por correo electrónico con el periodista Diego Enrique Osorno para solicitar su ayuda en la búsqueda del verdadero nombre, a través de mensajes que se asemejaban a un juego de pistas que Osorno debiera resolver para dar con el culpable de la historia. Era extraño que de pronto el siempre reservado Harris diera muestras de vida, pero preparaba un texto que aparentemente prologaría la edición especial de su afamada obra, y que sería adelantado en The Times de Londres a finales de julio pasado. Harris echó mano del apellido Salazar para relatar su viejo recuerdo y cubrir la real identidad del médico que no era sino otro recluso: Alfredo Ballí Treviño.

Dentro de la prisión Alfredo Ballí era alguien dispuesto a atender a los pacientes necesitados, y aparentemente a recibir visitas que pedían su opinión. Eso parecía molestar al director del lugar que no permitió que Harris continuara con su entrevista, alegando que el doctor no era más que un demente capaz de “empaquetar” a sus víctimas en una pequeña caja, y que jamás saldría de la cárcel. Estaba ahí por asesinar al médico Jesús Castillo Rangel —su pareja sentimental—, al que luego de destazarlo había “inhumado” a lo largo de una autopista, para continuar su vida usurpando la profesión del otro. Tras 20 años Ballí quedó en libertad, luego de que se le conmutara la pena que originalmente era de muerte, la última que se sentenciara en México.

Afuera buscó el anonimato y el olvido, trabajando como “doctor” en su apartado consultorio en la ciudad de Monterrey. Pero quien no olvidó fue Harris, que tendría  muy presentes las palabras de Ballí en su corta charla, y en la que le pedía no usar lentes de sol cuando entrevistara a Simmons para que no pudiera ver su propio reflejo, además de preguntarle si pensaba que éste debió ser maltratado cuando era niño por tener un defecto físico, con lo que de alguna manera dio a entender que engendró su deseo de venganza, ya que “las aflicciones infantiles hacen que las aflicciones posteriores sean fácilmente recreadas”.

IV. Impasible como siempre, el doctor Lecter había advertido en su momento a Graham que el asesino de familias destrozaba espejos y colocaba trozos de ellos en los ojos de las mujeres, porque era posible que estuviera desfigurado y no quisiera verse tal como era. Las enmiendas quirúrgicas para medio corregir su labio leporino y su paladar hendido eran notorias, por ello la necesidad de transformarse en el lascivo y poderoso Dragón Rojo de William Blake. A Starling le haría saber que si el homosexual Buffalo Bill estaba arrancando la piel a las mujeres que mataba era para confeccionarse un traje de mujer a la medida; una serie de mudas que lo llevarían a convertirse de crisálida en su gran anhelo, una bella Acherontia styx, la polilla de la muerte, de grandes y pardas alas, y en cuyo afelpado dorso aparece la imagen de una maligna calavera.

En el reproductor dejan de sonar las Variaciones Goldberg de Bach, interpretadas por Glenn Gould al piano, para dar paso a sus Invenciones. Sobre una mesilla, en un libro de T.S Eliot está marcada una estrofa: “Porque estas alas ya no son alas para volar/ sino sólo abanicos que flotan en el aire/ el aire que ahora es terriblemente angosto y seco/ más angosto y más seco que la voluntad/ enséñanos a preocuparnos y no preocuparnos”. Starling sabe que el doctor Lecter no ha estado haciendo otra cosa que divertirse en su interminable partida de ajedrez en la que en cada jugada ha previsto y deseado que ella pudiera captar cada defensa y ataque. La polilla de la muerte da unos cuantos aleteos antes de caer y quedar inmóvil en el piso del viejo sótano. Starling duerme tranquila y sosegadamente. La mano izquierda con seis dedos de Lecter apaga el reproductor. Ahora sostiene una nota en la que sólo es visible la línea que dice “Bien, Clarice, ¿han dejado de balar ya los corderos?”.