La chaqueta de Lennon

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    En su estudio sobre la figura de Dionisio, el investigador alemán Walter F. Otto señalaba que lo que llamamos “cultura” depende en todas sus formas de un mito imperante, inextricablemente ligado al mito de lo divino.
    En nuestra civilización además, este gusto por lo divino se ha confundido siempre con cierta necrofilia. Veneramos a nuestros profetas muertos, y si sufrieron un calvario, mucho mejor. Ejemplos hay demasiados, pero en el rock alguien que supo advertir este gusto por los crucificados fue el fotógrafo David LaChapelle. En su parodia de “La Piedad”, muestra a un famélico Kurt Cobain tendido inerte sobre los brazos de una rubia (y algo iluminada) Courtney Love. Muerte e inmortalidad, pero también la falsa escenografía montada por un mercado siempre ávido de héroes caídos.
    Otra imagen del profeta en su rictus fue la que apareció en la revista Rolling Stone, en la que se ve a John Lennon desnudo abrazando intensamente a una Yoko Ono de rostro impasible. Esta portada fue seleccionada la semana pasada como la mejor del siglo XX para todas las revistas editadas en Estados Unidos.
    La imagen que tomó la fotógrafa Annie Leibovitz fue descrita por algunos como una premonición de lo que le esperaba al ex beatle. Pero la realidad es que la última imagen tomada a Lennon con vida fue justamente la que muestra a Mark Chapman recibiendo un autógrafo del autor de “Yesterday”, sólo unas horas antes del asesinato. En ésta se ve a un fanático sonriendo, mientras un distraído Lennon firma apresurado antes de subir a su apartamento frente a Central Park.
    “El museo de la memoria occidental es ahora principalmente visual, escribió Susan Sontag, las fotos tienen un poder insuperable para determinar qué es lo que recordamos de los acontecimientos”. En los días que rodearon el aniversario número 30 del asesinato de John Lennon, muchas canciones, y muchas palabras fueron lanzadas al mundo, pero fueron sobre todo las imágenes del músico de Liverpool las que lograron imponerse en esto que se convirtió en una auténtica celebración de su martirio.

    ¿Los Beatles son gringos?
    Cuando los “barbudos con pinta de beatniks”, como los describiera Norman Mailer, llegaron al poder en Cuba, hicieron, después de un tiempo razonable de ajusticiamientos, dos cosas que definirían en buena medida el camino a seguir de esa revolución. Por un lado intentaron (animados por el Che Guevara) diseñar una Coca Cola cubana, y por otro, prohibieron a Los Beatles, porque pensaban que eran estadounidenses. Como en muchas cosas, Fidel Castro se desdijo y, después del asesinato de Lennon, se construyó una escultura en un parque, que todos los años es visitada por más de 150 mil turistas.
    Y es que resulta imposible no “amar” a John Lennon. Dejemos un lado sus canciones: después de todo, en la celebración de su asesinato es lo que menos importó, y revisemos sus imágenes. Entre décadas pasó de un ser un chico serio con peinado de cazuela, al barbudo mesiánico que camina por Abey Road con traje de inmaculado blanco. De ahí su salto conceptual de lado de Yoko Ono, más moderno, más urbano. Se muda a Nueva York y se deja fotografiar junto a personajes como Andy Warhol, con su respectivo toque de locura y superficialidad…

    Una camiseta
    Por los 30 años de la muerte de John Lennon, fue subastada la chaqueta amarilla que utilizara en la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. La prenda alcanzó el precio de casi 250 mil dólares. Esto es un ejemplo perfecto de lo que casi un siglo antes Walter Benjamin denominara “fantasmagoría” en la cultura. Es decir, ante la creciente influencia de los medios de comunicación y el mercado, la cultura era ya indistinguible de su sombra, de su eco, de su fantasma. Ya no importa el producto artístico original, sino su estela, que termina reemplazándolo.
    ¿Quién fue John Lennon y en qué lo convirtió su muerte? Un Jesucristo enlatado, a quien el mercado y sus fanáticos idealizan y rinden tributo de manera cíclica, buscando sus reliquias en casas de subasta. Una estatua junto a la cual tomarse una foto, una canción bajada de iTunes, una camiseta de él portando una camiseta de él…
    Ese pesimismo de nuestro mundo que Freud describió en El malestar de la cultura, se ejemplifica en figuras como la de John Lennon o Michael Jackson. Sus obras, su música, terminan trastocadas por la vorágine de las telecomunicaciones y el consumo. Su muerte parece únicamente servir para hacer más dinero, generar más audiovisuales y confundir más nuestra percepción en este paisaje esquizofrénico.
    En una de sus ultimas canciones, Lennon era categórico y hasta sincero: “no me importa Hitler/ no me importa Elvis/ no me importa Buda/ no me importan Los Beatles/ sólo me importo yo”.
    Y al resto del mundo sólo le importa John Lennon.