La angustia perpetua

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    MANUEL FONS

    Este año se conmemora siglo y medio del nacimiento de Edvard Munch, el más grande pintor nórdico de la historia. Ya desde sus obras de juventud, veinte años antes de que iniciara el siglo veinte, están prefigurados varios de los rasgos expresionistas que darían su fisonomía a Kirchner y Kandinsky, a los personajes atormentados de Sartre y Camus, a la música de Schönberg, a las películas Metrópolis y Nosferatu.
    Como la mayoría de los artistas, su estilo en un principio estuvo permeado por la tendencia dominante. Su paso por París dio como resultado una serie de cuadros puntillistas, al estilo de Georges Seurat, pero no tardó en hallar su rúbrica y romper con lo que antes, a su vez, fue un movimiento de ruptura. Algunos críticos que antaño celebraban la novedad impresionista, se aturdieron al ver las primeras obras del noruego. El cuadro de La niña enferma escandalizó a la ciudad de Kristania (antigua Oslo), y su primera exposición en Berlín indignó tanto que sólo duró siete días, antes de ser cancelada. Un crítico, ofendido por esos lienzos de apariencia inconclusa, los trazos nerviosos, las telas rascadas con el palo del pincel, los colores famélicos, diluidos con aguarrás, describió la técnica con ironía: “Pero eso no puede en manera alguna representar un mano humana: ¡se trata de pescado en salsa de langosta!”.
    Desde niño, la vida de Munch estuvo contrastada por la muerte. Apenas había cumplido cinco años cuando su madre murió, y ocho años después su hermana mayor sufrió la misma suerte. En muchas de las telas del pintor hay una presencia iterativa de esas tragedias prematuras: figuras melancólicas, personajes agonizantes, rostros distorsionados por la enfermedad y la muerte, sombras fantasmagóricas que se materializan y funden con los elementos orgánicos. El propio Munch describe así su percepción sombría: “Cuando enciendo la lámpara, veo repente mi propia sombra proyectada sobre la pared y el techo y en el gran espejo que cuelga sobre la estufa, me contemplo a mí mismo, mi propio rostro de fantasma, y vivo con los muertos…”.
    El friso de la vida fue una serie sobre la vida y la muerte donde Munch expuso muchas de las obras que le darían renombre internacional y plantarían, además, los cimientos del expresionismo. El artista concibió la serie como Balzac La comedia humana, Proust, En busca del tiempo perdido, Joyce, Ulises: como una “obra total”, con todo lo que abarcaba su mirada. Ahí están sus cuadros más famosos, como La niña enferma, El día siguiente, La pubertad, La Madonna y El grito. Los dos últimas representan los polos de su registro: La Madonna simboliza la vida, el amor, la sensualidad; El grito, la desesperación, la angustia, la muerte.
    Munch realizó 105 versiones de este cuadro, tanto en grabado como en óleo o, la versión más famosa, en técnica mixta, con óleo, temple y pasteles sobre cartón. Se considera el cuadro más reproducido de la historia, incluso más que La Gioconda y La última cena. Es una imagen de la que el espectador no puede salir ileso. Los trazos delirantes, el cielo desangrándose, las líneas amenazadoras, como afiladas cuchillas apuntando al que mira afuera del cuadro, los bordes sinuosos que dan al lago un aspecto fantasmal y, desde luego, la presencia lastimosa de la figura en primer plano, con su expresión de angustia, integran un conjunto que grita en todas sus líneas y estalla en la mirada del observador.
    El artista relata la génesis de la obra así: “Iba caminando con dos amigos por el paseo. El sol se ponía. De pronto se volvió rojo. Yo me paré. Cansado me apoyé en la baranda. Sobre la ciudad y el biordo azul, no veía sino sangre y lenguas de fuego. Mis amigos continuaban su marcha y yo seguía detenido en el mismo lugar temblando de miedo, y sentía que un alarido infinito penetraba toda la naturaleza”. La anécdota es fascinante porque ilustra cómo, ahí donde los paseantes caminan sin inmutarse ante la escenografía cotidiana, al hombre sensible se le revela una obra de arte; nos muestra que el artista no es artista solo por su habilidad de “crear”, sino, sobre todo, por su manera de “percibir” el mundo, por cómo transforma las noticias de los sentidos en obras de arte. Todos los que transitaban el puente esa tarde vieron el paisaje habitual; Munch, en cambio, vio y “escuchó” una de las imágenes que mejor representaría el siglo veinte, manchado por las guerras más sangrientas de la historia, sofocado por la angustia, el hambre, las dictaduras: el grito del hombre cercenado de su entorno.