La agenda pendiente de Francisco

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Me siento un profundo admirador del Papa Francisco. Durante más de dos años de papado, el argentino ha sido capaz de abrir, aunque sea de forma simbólica, una Iglesia que resistía por décadas a la modernización de sus credos. Es cierto, a los liberales nos gustaría que fuera más a fondo en el derecho de los homosexuales, en propiciar la igualdad de las mujeres en la Iglesia y en evitar la discriminación que aún pervive al interior del clero. Sin embargo, asumiendo que es una institución conservadora por naturaleza, los pasos que ha dado Francisco son contundentes e irreprochables.

Su visita a México también ha sido fértil. Habló de nuestro país y su incapacidad para evitar que miles de mexicanos huyan hacia el norte en busca de un mejor futuro. De los obispos y cómo están cerca del poder y lejos de las “ovejas”. No se mordió la lengua para criticar a los “traficantes de la muerte” y condenó a aquellos que se dejan llevar por el materialismo. Nada que no hubiera esperado del primer Papa latinoamericano. Sin embargo, han faltado algunas cosas que son fundamentales.

La primera: recibir a las víctimas de los casos de pederastia. El principal compromiso con los niños no es atacar a los homosexuales, como algunos grupos conservadores piensan. La tarea ineludible es condenar a aquellos sacerdotes que utilizando su legitimidad moral y social abusaron de niños mexicanos, sometiéndolos a un futuro de vergüenza y dolor. México ha sufrido mucho por este problema. La Iglesia en el país está manchada, ya no por la existencia de los casos de pederastia, sino porque los encubrieron y privilegiaron mantener el “prestigio” de dichos sacerdotes por encima de los derechos de las víctimas.

Francisco debe unas palabras a las víctimas. Ojalá lleguen algún día.

El Papa se va y nosotros seguiremos con los problemas de siempre. Más allá de que el Sumo Pontífice no se haya reunido con víctimas de pederastia ni tampoco con los padres de los normalistas, considero que su paso es fructífero para el debate nacional y para encuadrar muchos de los problemas que llevan agobiándonos por décadas. La pobreza y la desigualdad: combatirlas a fondo debe ser la principal prioridad para los años que vienen. En eso nunca diferiré de las posiciones de Francisco, que parten de la reprobación moral de una economía que excluye a millones y millones de mexicanos cada año.

Esperemos que lo papista no nos dure una semana, y que entendamos, católicos y no católicos, el compromiso que tenemos con los que menos poseen.