Juan Valencia

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    Muy grueso: estudié durante cuatro años dibujo publicitario en la escuela de artes plásticas, de la Universidad de Guadalajara, que ahora lo nombran diseño gráfico. Me clavé mucho en el dibujo. Trabajé en la editorial de la UdeG, pero llegó un momento que el llamado musical era muy grueso. Por eso concluí, o más bien la guitarra decidió por mí, que tenía que pertenecer a ella.
    El llamado musical: empecé a conocer gente especial y a oír diferente tipos de música. No fue una decisión muy pensada, fue más bien un llamado espiritual. Nunca toqué en un lugar en especial, pero lo hacía en cafés, peñas, escuelas, restaurantes y hasta en las calles, en donde un día nos vieron a un amigo y a mí y nos invitaron a cantar al Canal 4. La misma música me llevó a recorrer buena parte del país.
    Radio UdeG: En el programa de David “el Negro” Guerrero, “La cuenta de los guías”, tenía una sección semanal llamada Crónica de borrachos. Hablábamos ahí de todos los artistas que habían tenido un vínculo con el alcohol, pero con una relación creativa y no destructiva. Nunca me pagaron, pero entraba gratis al cine, salía con un buen libro bajo el brazo o grababa toda la música que quería.
    Abre puertas: la gente no lo cree, pero aunque no tengas un estudio, un lugar fijo donde tocar, la música te abre posibilidades infinitas, totalmente infinitas. Te abre la posibilidad hasta de que una chava se enamore de ti de inmediato. Es un mito que por tocar en las calles tengas que valer queso. Hay gente que percibe que lo que estás haciendo es espiritualmente de verdad. ¿Y por qué lo cree y lo siente la gente? Porque es cierto lo que estás haciendo. No es porque andes de méndigo, ni porque no sepas hacer otras cosas, sino porque cantar es un llamado del espíritu.
    La publicidad: Mi excompañera trabajaba en una empresa importante de publicidad y me pasaba un buen de chamba, pero me di cuenta que el mundo de la publicidad es una mierda, la neta. Dibujar esas cosas no tiene ningún llamado especial. Tengo que trascender, por eso dejé de hacer etiquetas para cajeta y olvidarme del marketing de la Coca Cola.
    Juan Vaquero: me gusta tocar cosas extrañas. Por ejemplo, la canción de “Juan Vaquero” es un rolonón que pocos la han escuchado. Lo chingón es que al tocarla en las calles la gente la empieza a conocer. Sé y podría tocar ondas de José José, pero nel, nel, nel. No tengo que tocar canciones cursis para sacar una feria si la necesito. “La llorona” es una canción hermosísima y pega más que una canción comercial y chafa. Yo no tengo que andar haciendo eso.
    Dos sopas: para ser cursi hay dos formas: o eres muy chingón o eres muy chafa. “La llorona” es una onda cursi, pero chingona y profunda, y la canción de “Coincidir” o la de “Yolanda” es un remedio muy fácil para obtener las cosas. Tienes que buscar el modo y pensar qué es lo mejor. Yo no puedo ser una bola más del destino. Tengo un compromiso conmigo mismo, nada más.
    Tocar bien: cuando estoy en un camión o en un restaurante, nunca me clavo si voy a sacar lana o no. Lo único que estoy pensando es que tengo que tocar bien, lo demás viene per se. Si haces bien las cosas, lo demás llega a huevo. Lo demás no importa, porque tú ya justificaste tu existencia. ¿No estamos aquí tú y yo platicando por eso?
    Los billetes: A mí no me preocupa tanto la lana, porque yo sé que la voy a sacar. A mí me preocupa hacer bien las cosas cabrón. Si no lo haces así, le están tocando las nalgas al diablo. Por eso me duelen tanto los rompimientos, porque en el fondo sabes que no hiciste bien las cosas con tu chava. No la amaste en el momento preciso. Lo mismo que sucede en el amor, sucede cuando cantas una canción o haces un dibujo.