Garibay o el gozo de la escritura

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Bestias, cerdos. Cuando se ve la belleza hay que adorarla. Y la belleza ahora la encarno yo. Así que de rodillas, cerdos, adoradme.

(Ricardo Garibay de orador en El Generalito, durante sus años en la Preparatoria Nacional)

Hace algunos años leí, en un café de esos escasos que tienen servicio de una pequeña biblioteca, La casa que arde de noche (1971). Regresé por varias tardes a ese lugar a continuar el libro; dejaba alguna marca de lápiz en la página en la que me había quedado. Ese fue mi descubrimiento ¿tardío? de Ricardo Garibay (1923-1999). Obviamente desconocía que ese hombre, poseedor de una prosa que en esa novela me encandiló, era un salmón cuyo aliento narrativo —escribió Cristopher Domínguez Michael en Vuelta en 1991— “permanece distante del canon de la literatura mexicana”, por fuerte, por violento, por procaz. Razones hay muchas, sabidas y expuestas una y otra vez por críticos y académicos: entre otras, su reticencia ante los grupos literarios, de los que se distanció por voluntad propia y sus coqueteos con el poder. En literatura se pagan caros el desparpajo y la rebeldía: “La autoridad me castra, me violenta, me jode, me impide vivir… Yo soy mi autoridad y si me equivoco, cargo con eso”, escribió.

Cuando tiempos después leyera “La averiguata”, un cuento de Daniel Sada contenido en Registro de causantes (1992), pensé que se trataría de escritores de una misma generación o de una misma tendencia. Sí, estaba sumamente equivocado. Si bien ambos textos transcurren en un pueblo del Norte, perdido en el desierto, y recurren a un lenguaje particular de la zona, nada tienen que ver uno con el otro. La novela de Garibay, lo intuí en aquel momento pero lo sé hoy, y sin menospreciar de ningún modo a Sada, trasluce el gozo de la escritura, ese gozo que proporciona el amar a los personajes que se crean. El gozo supremo de abismarse en lo que, de algún modo, un autor tiene que ir construyendo a lo largo de su obra. Ese débito que únicamente con escritura puede saldarse.

La novelista Clarice Lispector decía que en la escritura y en la palabra le iba la vida. Que en ellas, incluso, de ser necesario, un autor se desangra. La autora brasileña nacida en Ucrania sabía de lo que hablaba: murió víctima de uno de los cánceres más dolorosos que existen y, sin embargo, no soltó las letras sino hasta el último aliento. Ante ese avasallamiento físico únicamente tenía un poder, dijo, el de la palabra, y sólo a veces. De pequeña, porque no podía comprarlo, con una compañera de escuela consiguió prestado un libro que le apasionaba: le bastó con tenerlo en las manos, por horas, sin hojearlo siquiera. Tanta era su devoción. Del mismo modo, si un autor no le apuesta a ser él mismo en lo que escribe, a permanecer durante horas prendido a ello; si no trata de presentarse de cuerpo y alma desnudos en su obra, está perdido. Y esto lo confirma Garibay.

 

No hay otro modo más que volcarse a sí mismo en las páginas. Garibay lo entendió pronto en su vida, porque lo llevaba en sus adentros, lo sentía palpitar en la sangre; aunque a ratos “ser personaje y narrador” le parecía una lata. “Ricardo vivía enfurecido contra la simulación literaria, contra el desparpajo insolente, contra la mediocridad que inundaba según él la literatura de aquí o de otras partes”, escribió Vicente Leñero en la revista Proceso, a propósito de la muerte de Garibay en mayo de 1999. El mismo Garibay lo anotaría en sus memorias: “Mandé al carajo la vida; tenía un compromiso: escribir”.

Con todas sus fuerzas enalteció ese compromiso ante la escritura (y por escritura nos referimos a novela, cuento, crónicas, reportajes, guiones cinematográficos, dramaturgia, poesía). En otro pasaje de sus memorias se lee: “Es un camaleón (se refiere a él mismo) que cambia de rostro y de color, de tamaño y de forma. Es inmenso al hablar de literatura, y cuenta que a los ocho años escribió un soneto perfecto. Desde entonces, ya conocía su vocación de escritor”. Aun cuando Emmanuel Carballo dijo de él que fue un autor eclipsado por “la gloria de sus condiscípulos en el Centro Mexicano de Escritores” (Arreola y Rulfo), y que Domínguez Michael haya señalado que la generación de Garibay en nuestra literatura quedó a la sombra de los prosistas que le siguieron (de Sainz a Elizondo, y de Arredondo hasta García Ponce, pasando por Melo, Pacheco y de la Colina), la obra de Garibay está ahí, contenida, dispuesta en los anaqueles de la historia de la literatura mexicana.

El también autor de Las glorias del gran Púas (1979) y Bellísima bahía (1968) cursó tres licenciaturas, pero ninguna terminó; lo único que le importó siempre fue la escritura, el habla popular, el box, el cine y sus amigos. Garibay bien pudo decir, junto con Julio Cortázar, que tensaba el arco al máximo mientras escribía y después lo soltaba de golpe y se iba entonces a beber vino con sus amigos. De esa relación tirante Leñero cuenta un poco, “Es que te hacías el antipático, Ricardo. Te hacías odiar. Nos obligabas a hablar muy mal de ti, a mandarte al carajo por tus fatuos desprecios. Eras tan envidioso, tan vanidoso, tan cínico, tan vedet con los tuyos —nosotros— que parecía que a fuerza de desplantes querías hacerte odiar. Y no. Nunca te odiamos en serio. Te quisimos”. Y es que era un hombre-vorágine, un tipo que no se callaba las cosas, lo embargaba “la fuerza de una personalidad malhumorada, a veces estrepitosa, orgullosa hasta el fondo. Algo en él recuerda a Ernest Hemingway…”, rememora Adolfo Castañón en “El ayuno y el héroe”, de 1999.

Garibay era el puro estilo
En las novelas La casa que arde de noche, Bellísima bahía y Taíb (1989) se apunta hacia una mimetización de la palabra y la jerga. Estas tres novelas echan abajo, por su prosa, los engarces cantinflescos que inundaban la literatura coloquial que le precedió. El autor sin embargo no creía en la fidelidad de la transcripción de la grabadora al papel, ese era un mito para él, que la prosa cuidada y pulida vendría a echar abajo. Garibay, “era el estilo, y el oído, y la serpiente imaginación surgida desde sus fieros años…”, agrega Leñero. De Fiera infancia y otros años a Beber un cáliz hay un registro estilístico y prosístico que se resiste a una categorización, porque rompen cualquier molde en el que les quiera colocar; porque “la literatura y el buen periodismo exigen recreación y maña de lo que oye el que oye”. El mismo Garibay se lo planteaba de este modo, “Para entender la evolución en mi literatura desde Beber un cáliz hasta el Oficio de leer… desde el primer cuento publicado en 1941… Es probable que lo que haya venido haciendo desde hace 57 años sea un pulimento de ese estilo”.

“Garibay buscaba los grandes temas, anhelaba con nostálgica vehemencia el orden épico —uno de sus mejores libros versa sobre un gladiador moderno, un boxeador”, reseña Castañón. ¿Y qué es entonces Eleazar de La casa que arde de noche sino un Ulises actual, enclavado y clavado en la dura vida del desierto, cuyo único temor provenía del fondo de sí mismo, de su añeja fatiga por la existencia, esa piedra que cargó no en el tobillo sino en su mirar? Es un tipo furibundo, malhumorado, golpeado por todo y por todos, que al final sucumbe ante Sara, la mujer que lo esperó diez años y que se dijo dispuesta a esperarlo, en caso de que él marchara de nuevo, otros diez años. ¿O ese otro personaje-narrador de Beber un cáliz, que, en la escritura y en la vida, no quiso pasar de ese cáliz: la poderosa y dura muerte de su padre? Como bien apunta Leñero, “era un maestro en eso de sentir el ritmo y la dosis precisa de la acción narrativa”.

A Ricardo Garibay y su oficio no tengo duda de que le acomodan a chaleco estas palabras que Clarice Lispector escribiera en Aprendiendo a vivir y otras crónicas: “Sí, lo soy. Muy pobre. Sólo tengo un cuerpo y un alma. Y necesito más que eso. Quién sabe si empecé a escribir bien pronto porque, al escribir, por lo menos me pertenecía un poco a mí misma”.