Foto: Adriana González

Crítica

¡Necesitamos educación musical!


Críticos, los necesitamos más que nunca, dice Jonathan Jones en el diario inglés The Guardian. En medio de la apabullante tormenta de información y productos culturales, estamos a punto de naufragar sin la brújula que nos indique el norte de lo excepcional, de lo que no es meramente pasable. El otro lado del espejo es la educación musical. En tiempos de banda, los metales son los reyes
Por Verónica de Santos
17 Mayo 2010
Si lo único que aprendimos de música en la escuela fue a sacar sonidos de una flauta dulce, pero nos declaramos melómanos y llenamos gigabyte tras gigabyte de canciones en el iPod, si estamos orgullosos de nuestro buen gusto musical o de nuestra pluralidad cuando declaramos que nos gusta “de todo”, si consideramos que una canción es algo más que el ruido de fondo mientras lavamos los platos o manejamos el coche, es momento de preguntarnos por qué nadie te platica en la sobremesa la reseña de un disco como sí te platican la de una película o, con suerte, de un libro. ¿Por qué cuando alguien menciona el sustantivo “crítico” pensamos de inmediato en un especialista en literatura, cine, artes visuales o escénicas, pero nunca en música? ¿Por qué al abrir los periódicos de las únicas columnas de opinión hablan de política y nunca de eso sin lo cual la vida sería un naufragio? Momento de preguntarnos por qué el Teatro Degollado se llena de aplausos indefectiblemente tras cada concierto, ¿es que nunca tienen un día malo, un día en que el público no quiera azotar sus palmas, uno de esos en que todo sale mal: los instrumentos desafinados, los violines a destiempo, el error garrafal? Momento de preguntarnos en qué se basan los “exquisitos” para denigrar a un género musical, para sentirse superiores, para establecer jerarquías: los del pop que no quieren al folk, los del mariachi que desprecian el rock, los metaleros o los de la sinfónica que le hacen muecas a todo. Las respuestas, sin embargo, no están en las estaciones de radio ni en los canales de televisión (tradicionales o por internet), a pesar de que son las más grandes vías de difusión y reproducción de las canciones del momento, y en programas especializados también de las poco conocidas. El intersticio que ocurre entre canción y canción o entre video y video —sin contar la barra de comerciales—, no parece ser el mejor momento para soltar una sesuda disertación que argumente por qué Frank Zappa es un genio, o Lady Gaga un simple capricho. Tampoco la circunstancia: el público está metido en su rutina diaria, o en su reunión de los sábados, o quedándose dormido después de la jornada. Fue en el siglo XIX —cuando ya la imprenta era tan poderosa que podía escupir de sus prensas miles de reproducciones diarias y el romanticismo había logrado estremecer profundamente a las audiencias—, cuando la gente decidió que la charla en el foyer después del concierto no era suficiente… y empezaron a escribir. Pero la crítica no es llenar la hoja de elogios o diatribas según mi gusto personal o mis amistades y enemistades. La crítica, sin embargo, sí emite un juicio. ¿Contradicción? En absoluto: la diferencia radica en la argumentación. La crítica ha de analizar e interpretar una pieza o ejecución musical conforme a los diversos elementos que integran la teoría musical (ritmo, melodía, armonía, textura, timbre, escala, etcétera). El romanticismo quedó atrás hace mucho tiempo ya, aducirán. Es verdad. Tal vez la disminución de su público sea un motivo por el cual las columnas especializadas empezaron a desaparecer de los periódicos y con ellas los salarios de los críticos a partir de la década de 1980, según Greg Sandow en The Wall Street Journal. Y nosotros nada sabemos de ritmo, melodía, armonía… sólo aprendimos a sacarle sonido a una flauta dulce, añaden. Es cierto. La realidad nos muestra que poco importan esas cosas para llenar el Auditorio Telmex, lo mismo con Rolando Villazón que con Intocable, Diana Krall o Miguel Bosé. Pero el público de los nuevos géneros populares ha crecido como la espuma desde el fenómeno que fue The Beatles. La segunda mitad del siglo pasado fue la del surgimiento de una nueva crítica musical: la de la música popular. Mas pronto esta nueva crítica que surgió de la inconformidad de que se midiera con la misma vara unos y otros, se forjó su propia vara, la vara del rock. Los géneros se han constituido en subculturas con valores propios muchas veces no-musicales. Así, una definición cabal del glam por fuerza tiene que referirse al look de Bowie, y no es evidente que no se pueda ser una estrella del pop sin ser guapo y sexy. Es así que los críticos que habían logrado legitimar al enfant terrible desde la trinchera de una crítica seria en publicaciones respetables y revistas especializadas, se convirtió en el verdugo de los nuevos “otros”. Es por eso que en a principios de nuestra década los géneros apocados empezaron la misma lucha. Pero en Guadalajara, aunque las ventas de boletaje de “los demasiados conciertos” testifican la gran cantidad de fieles melómanos, la crítica prácticamente no existe. Para la música popular legitimizada (rock y sus variaciones e híbridos) tenemos a Enrique Blanc, quien publica frecuentemente en diversas publicaciones locales, nacionales e internacionales. Para la música formal (sinfónica, de cámara, instrumental, la mal llamada “clásica”), no obstante, no hay nada… sí hay quiénes, pero no hay nada. El escritor y oboísta Cuauhtémoc Vite escribió una columna de último tipo en el diario Mural algunos meses entre 2005 y 2006, cuando Karla Garduño era editora de la sección de cultura. “Tiene que ver con el interés del editor. Si a los editores no les parece relevante que exista la crítica, no se hace”. Y ahora los intereses empresariales y políticos de los diarios no van para ese lado, según se observa. “De todos modos pienso que hay poco qué criticar. Y todo tiene que ver con todo: si no hay un objeto que provoque el interés, no se hace la crítica. En Guadalajara ya ganó la pereza auditiva”. El “fenómeno banda” degenera el gusto Martha Eva Loera El fenómeno de la música banda incide de manera negativa en la cultura masiva y los gustos de las nuevas generaciones. La difundida por la televisión no tiene un valor cultural desde el punto de vista musical, afirmó la especialista en ciencias musicales María Enriqueta Morales de la Mora. “Las voces son monótonas y aguardentosas, como si los cantantes tuvieran problemas en la garganta. Fuerzan la voz para que salga a esa manera, el sonido que emiten es molesto y desagradable. La música es muy desafinada y a todo volumen, lo que permite tapar todos los errores técnicos, de ejecución y afinación, y es que el sonido es tan estridente que nadie se fija bien”. El fenómeno banda está de moda en México. La euforia es tal que abarrota estadios y cada vez hay más jóvenes interesados en tocar ese tipo de música “Esto se refleja en que cada vez hay más alumnos interesados por estudiar instrumentos de aliento, aquí en la Escuela de Música”. La también coordinadora de la licenciatura de Música, del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño (CUAAD) aclaró que las bandas de los pueblos sí tienen calidad y otra visión de lo que es la música. Su función es participar en las festividades del pueblo. “Esas son producto del talento de los músicos que ahí participan y del gusto por tocar, pero cuando el gobierno organiza un evento masivo, inmediatamente manda llamar a una banda que haga escándalo”. En la deformación del gusto musical de los jaliscienses tiene mucha culpa los medios comerciales de comunicación. “Si ponen música banda ocho o diez veces al día, la primera tal vez no le guste a las personas, pero después de tanto oírla acaban por acostumbrarse”. La difusión que hacen las televisoras y algunas radiodifusoras es tal que llenan estadios. “¿Por qué van 10 mil personas a ver la Banda Limón? Porque ya les vendieron la idea de que es una de las más importantes, ya les transmitieron diez videos en la televisión”. Para David Mosqueda Martínez, quien imparte las materias de música de cámara, orquestal y guitarra clásica, en el Departamento de Música, esto es resultado de una escasa educación musical en las escuelas públicas. “Hace falta introducir programas de arte para formar mejores seres humanos”. Música que llega a la vulgaridad Enriqueta Morales de la Mora hizo un distingo entre la música que difunde la radio y la televisión. Señaló que en las radiodifusoras de Jalisco hay variedad en los tipos de música que difunden. “Hay para todos los gustos”. En cuanto a la música llamada clásica, sólo hay dos estaciones que la difunden. “En eso sí hay carencia, porque se piensa que no es fácil de entender, pero la música no se tiene que entender, sino sentir y gustar. Para la música culta hacen falta espacios de presentación, difusión. Es importante difundirla porque es una alternativa más”. La música clásica tiene capacidad de incrementar el rendimiento académico de los estudiantes hasta un 40 por ciento, de acuerdo a resultados de experimentos realizados en Alemania, agregó David Mosqueda Martínez, quien imparte las materias de música de cámara, orquestal y guitarra clásica, en el Departamento de Música de la UdeG. Muy diferente es la música que difunde la televisión abierta. “Ahí sí predomina lo comercial, el enfoque es hacer artistas al vapor. Gran parte de la música que se difunde en los canales abiertos es de baja calidad. Los arreglos musicales son pobres, la estructura musical de las canciones es repetitiva, pegajosa. El objetivo es que pueda ser recordada fácilmente, las melodías son rápidas y muy sencillas, las letras no dicen nada. No hay poesía, ni congruencia, las canciones tienden a la vulgaridad”, añadió Enriqueta Morales. Buena y mala música Los jóvenes deben ser buenos oyentes y aprender a distinguir la música que tiene calidad y la que no la tiene. Señaló que no hay géneros musicales buenos y otros malos. Dentro de todos pueden hacerse trabajos de calidad. Hay música rock, jazz de buena calidad y también de mala calidad. Para crear música de calidad los interesados tienen que aprender entonación, técnicas instrumentales, acordes y arreglos, que son muy importantes, indicó María Enriqueta Morales. Identificar la buena música no es sencillo, si las personas desde temprana edad no tienen educación musical —agregó Mosqueda Martínez—. En países como Alemania e Italia la educación es otra. En esos países hay programas de música muy respetables. Los niños pueden estudiar algún instrumento, entonces hay mayor capacidad de apreciación musical. En México no hay programas similares. “En los gobiernos hay intereses que no necesariamente están enfocados hacia la cultura. Piensan que ésta no es redituable y es dinero perdido gastar en ella”.


Nota publicada en la edición 613


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