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Ensayo

Un aprendizaje entre desechos


Por Jorge Martín Gómez Bocanegra
6 Mayo 2019

En cuanto a Un aprendizaje, basta recordar que el texto comienza con una coma, señalando de entrada su carácter de pura escritura.

Italo Moriconi

Pura escritura. Pero no, escritura pura. Ya uno se puede colocar ante ese texto que “comienza con una coma”. Para quien sólo lee, y muy rara vez le da por ponerse a escribir literatura, podrá parecerle extraño que un texto inicie con una coma, y más si el texto se llama Un aprendizaje. Tal coma de ese texto que inicia así, es o puede ser un momento de aspiración y duda, o bien, puede ser el hueco superficial que advierte de algo que ha quedado suspendido en un espacio colmado de inutilidades. Pero más que la coma con que inicia ese texto, será el título lo que inquieta. No el aprendizaje, sino Un aprendizaje. Y entonces el título y esa misma coma poseen la atracción suficiente para encantar a quien hace tiempo dejó de creer en todo lo que creía.

Por un momento, suspendo la atracción que me provocó la idea que contiene el título de ese texto que inicia con una coma, y transcribo dos fragmentos de una novelita norteamericana: Un picadero en Hollywood, firmada por James Ellroy. El primer fragmento dice:

Yo vestía de uniforme. Llevaba un walkie-talkie […] Peiné la zona de caza homo. Rescaté una bolsa de basura. Encontré condones de fantasía, vibradores desechados, ampollas de nitrato de amilo y cerillas de un bar de sadomaso.

Luego, en la página siguiente, aparece este otro fragmento:

Liquidé a dos espaldas mojadas, quiero decir inmigrantes mexicanos ilegales, durante un temerario tiroteo a corta distancia en Tacos Tom, en la esquina de Hollywood con Western.

    Cómo no sentir una atracción encantadora ante un texto que inicia con una coma. Cómo no sentir la existencia de un hueco enorme en el pecho, ante un título que dice: Un aprendizaje. Cómo no haber perdido la confianza en las instituciones de seguridad, ante un texto en el que asesinar personajes (caracterizados y estigmatizados sin dudas ideológicas) es tanto como comerse unas palomitas en el cine. Para quienes sólo leen por pura distracción, probablemente, tanto el primero como el segundo fragmento que he citado, les parecerán nada más que imágenes de ficción. Imágenes tan fáciles de borrar del cuerpo donde habitan las preocupaciones. Bastaría con cerrar el libro y echarse un trago de algo fresco y ya está: habrán desaparecido tanto el policía como sus víctimas: esos inmigrantes mexicanos ilegales; habrán desaparecido los desechos de una sociedad que produce enormes cantidades de basura  —en absoluto irreal ni fantasioso el correlato, pues siempre será la cantidad de basura el mejor referente para indicar el poder de riqueza que representa un país. Quien más basura desecha es quien más consume.

Vuelvo a retomar la idea con que inicié este ensayo: Pura escritura. Pero no, escritura pura. Para quien acostumbra escribir literatura, no le resultará extraño todo lo que envuelven ambas frases. Sin embargo, a quien lee y escribe literatura, los dos fragmentos que obtuve de la novelita de James Ellroy habrán de parecerle nada más que una hipérbole, una exageración del poderoso y temerario narrador; algo así como un asunto de efectismo cinematográfico. Con embargo, habrá otros —lectores hipersensibles— a quienes lo contenido en dichos fragmentos les recordará, tal vez, otra realidad imposible de olvidar. Una realidad que en mucho se asemeja a la que todos los días se pregona en radio, prensa y televisión. Por ejemplo los cadáveres —cuerpos de las víctimas anónimas— que han alcanzado el rango de los desechos urbanos.

Pura escritura es lo que impera en estos días, sobre todo pura escritura en las redes digitales. Muchos desechos de energía furiosa.

Ante tantas escrituras y tantos gritos y tanta majadería; ante tantas fachadas grafiteadas; ante tantos ojos llenos de imágenes y de passwords en tablets y celulares; ante tantas huellas de ausencia y de sangre, en fin, ante tantos palimpsestos de furibunda escritura, saber que existe un texto que “comienza con una coma”, un texto, además, que posee un título encantador: Un aprendizaje; saber que existe un texto que comienza así, con un signo tan frágil como es la coma, es como encontrarse mirando y admirando un cielo que augura un aprendizaje. Una coma que hace posible alcanzar lo más profundo de un vacío; en la noche, en el silencio de una coma. Como la uña de Dios en la madrugada.



Nota publicada en la edición 1012


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