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Ensayo

Leyendo a Loureiro


Por Rodrigo Pardo Fernández
18 Marzo 2019

Una epidemia devasta a la humanidad. Siglos después, un mundo posapocalíptico centra su esperanza en los jóvenes para sobrevivir.

El escritor Manel Loureiro (Pontevedra, 1975) tiene más de una década consolidando una voz propia en el ámbito de la literatura fantástica, donde el terror siempre asoma su rostro. Pero un terror que es más humano que monstruoso, porque las peores pesadillas surgen de nosotros mismos.

Como en su nuevo libro Veinte. La mayor parte de la novela trascurre en La Lanza, un espacio cerrado, un microcosmos de personajes, con sus pasiones, sus virtudes y sus mezquindades. En este crisol destaca Andrea, una joven de diecisiete años cuyo pasado olvidado puede ser la clave para resolver la nueva amenaza.

La historia atrapa desde el primer capítulo, una trama que nos recuerda sutilmente a otras (el colapso de los sistemas, la sobrevivencia de unos pocos en un entorno hostil, la fragilidad de las estructuras sociales tras la debacle) pero que centra su desarrollo en la fortaleza de sus personajes; y, sobre todo, que utiliza como motivaciones centrales el amor (filial, de pareja), la solidaridad, la amistad, que contrapone al miedo, el egoísmo, la locura.

Lo que salva a los personajes: a Andrea, a Albert, a Clío, es su convicción de que hay una posibilidad de salvarse, de ayudar a los otros. Además, destaca que siempre se hace presente el horror frente a la violencia, negándole un carácter de algo normal o aceptable. La historia se conforma así en la comunión, en el trabajo conjunto que permite a los protagonistas salir avante de diversas peripecias, amenazas y enemigos.

Pero los antagonistas no son otra cosa que seres temerosos que canalizan sus miedos en forma de agresión. No conocen otro modo de sobrevivir, no comprenden lo que pasa a su alrededor ni ven otra vía de escape a las condiciones extremas en las que se desarrolla la novela.

Desde un primer momento, como en El señor de las moscas de William Golding, los personajes que nos presenta Loureiro son niños que no saben que lo son y que toman decisiones de manera automática, a partir de las enseñanzas de unos padres ausentes, y que actúan movidos por la necesidad y el recelo.

Veinte es una novela entretenida, hecha para disfrutarse. Y también para reflexionar, sobre las razones que nos permiten vivir en comunidad, aquello por lo que vale la pena luchar cada día, cada mañana, a lo largo de más de doscientos años. Es una novela para jóvenes sobre jóvenes, donde los veinte años son un límite (only the good die young, cantaba Billy Joel) y una añoranza.

Para un lector del género, hay un homenaje a Stephen King y su cuento “Los niños del maíz”, de 1974, y una reminiscencia a El juego de los niños, de 1976, novela de Juan José Plans. Sin embargo, Loureiro aporta un rayo de esperanza, abandona el tono desencantado de esos dos relatos y avizora una salida.

No puedo dejar de mencionar que hay un elemento recurrente que aparece en la primera novela de Loureiro, de 2007, y en este último libro. Es algo eléctrico y poderoso, pero evito mencionarlo para que lo descubran en sus páginas los lectores.

Recomiendo la lectura de esta novela de Loureiro. Y de Fulgor, publicada en 2015, otra pieza que no suelta a su presa, que atrapa al lector desde la primera página.

Nos encontramos ante un escritor que está conformando un universo propio de maravillas, de amenazas y de personajes capaces de afrontarlas. Manel Loureiro es altamente recomendable, si te gustan, como decía Nabokov, los contadores de historias, los grandes fabuladores.



Nota publicada en la edición 1007


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