Foto: Dánae Kótsiras

Costa Sur

Un laboratorio que resguarda plantas milenarias


En gavetas y portaobjetos de vidrio del Laboratorio de Paleoecología del CUCSur se encuentra el rastro de plantas que existieron hace miles o cientos de años

Por Mariana González
23 Julio 2018

El Laboratorio de Paleoecología, del Centro Universitario de la Costa Sur (CUCSur), con sede en Autlán, atesora la memoria natural milenaria de esta región de Jalisco. En gavetas y portaobjetos de vidrio se encuentra el rastro de plantas que existieron hace miles o cientos de años.

Es una especie de biblioteca natural que contiene ejemplares del polen de la flora que habitó los bosques y la zona costera en diferentes épocas, además de una minuciosa descripción del entorno ambiental que les rodeaba.

La investigadora del Departamento de Ecología y Recursos Naturales, y responsable del laboratorio, Blanca Figueroa Rangel, afirmó que hay flora de hasta 4 mil 200 años de antigüedad, gracias al trabajo de recolección e identificación que realizan desde hace años.

“Tenemos archivos naturales de las plantas. Es como si tuvieras una biblioteca de la historia de las plantas. Aquí puedes ver, estudiar, por ejemplo, el bosque mesófilo en los últimos mil 200 años. Están clasificados por la profundidad en la que se encontraron, la edad y las plantas que habitaron en esa época, junto con sus datos de erosión, de incendios, de la cantidad de nutrientes que había en esa fecha precisa”, explicó.

Figueroa Rangel encabeza una investigación mediante la cual han creado un banco de datos con el análisis de los restos de polen que han encontrado tanto en el bosque, la montaña, los lagos y lagunas de la región.

Esto es posible gracias a la paleoecología, una disciplina que estudia a los seres vivos y sus ambientes en el pasado, en escalas temporales de decenas, siglos y milenios.

“Esto quiere decir que nosotros podemos conocer la abundancia de esas plantas y animales, en qué ambientes se encontraban a través del estudio de indicadores que nos pueden dar una idea de, por ejemplo, cómo estaba el suelo o la atmósfera; en el caso de las lagunas costeras cómo estaba el nivel del mar, qué temperatura tenía y también si hubo procesos ecológicos puntuales en el pasado como los incendios”, aseguró.

Los especialistas recolectan muestras de tierra y sedimentos para buscar el polen, único rastro que queda de las viejas plantas a varios metros de la superficie. Después, los llevan al laboratorio, donde les realizan diversas pruebas, como la de radiocarbono o carbono 14, con la intención de conocer su antigüedad.

Someten también las muestras a otras pruebas y procesos químicos que les ayudan a reconstruir las condiciones ambientales en las que existieron, como las del suelo y la atmósfera, la cantidad de nutrientes y bacterias que había a su alrededor, si sobrevivió a periodos de sequía o frío.

“El radiocarbono nos ubica el espacio-tiempo de cuántos años tiene la muestra desde la profundidad de la base hasta la capa superficial, que es la que nos dará las plantas con fechas más recientes”, dijo.

“A partir de esta segmentación por fechas —abundó Figueroa Rangel—, procedemos a hacer diferentes análisis químicos y físicos, como el de susceptibilidad magnética, a fin de hacer un análisis acerca de la erosión que existió a lo largo del tiempo en ese sitio; eso nos ayuda para hacer una reconstrucción del ambiente”.

Miguel Olvera Vargas, investigador del CUCSur y miembro del Laboratorio de Paleoecología, dijo que también estudian los lagos y lagunas, pues el polen llega de distancias mucho más alejadas que el bosque, por ejemplo de los afluentes de ríos que vienen montaña arriba.

La información generada por los investigadores alimentará bases de datos y sistemas de modelaje internacionales destinados a conocer las anomalías climáticas que hubo en el pasado, cómo reaccionaron las plantas y la incidencia que tuvo el hombre en éstas, con el fin de hacer una prospectiva de los posibles efectos que tendrá el cambio climático en el mundo y cómo adaptarse a él, aseguraron los académicos.

“Si nosotros, en los bosques que hemos estudiado, encontramos, por ejemplo, el efecto de la pequeña edad del hielo que ocurrió entre 1350 y 1850, con eso podemos entender cuándo sucedió, por qué y qué tan susceptible es que vuelva a pasar. Vamos a conocer cuáles son las fuerzas que provocan el cambio climático y cómo afecta a las plantas, y con ello alimentar estos modelos internacionales”, expresó Figueroa Rangel.

Ana Patricia del Castillo Batista, paleoecóloga y docente del Departamento de Ecología y Recursos Naturales, aseguró que en el polen estudiado han encontrado que hubo anomalías climáticas, además de granos de polen de cultivos como calabaza o frijol, ubicados más bien en zonas altas del bosque.

“Eso nos indica que las poblaciones han tenido que migrar para tener mejores lugares para habitar y seguir cultivando. En los últimos dos mil años, en México, estos periodos de sequía han traído hambruna y enfermedades en los pobladores indígenas prehispánicos y de la Colonia, y eso nos da una idea de qué podemos esperar en un futuro con el aumento de la población humana, la reducción de sitios para cultivar y la vegetación, por la tala de bosques”, concluyó.



Nota publicada en la edición 979


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