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Ensayo

Cincuenta años de Tlatelolco


Por Verónica López García
23 Julio 2018

“Pienso que la fuerza y la importancia del Movimiento Estudiantil se la dio la represión. Más que ningún discurso político, el hecho mismo de la represión politizó a la gente y logró que la gran mayoría participara activamente en las asambleas. Las grandes manifestaciones fueron una de las armas políticas más eficaces del Movimiento”, señaló Carolina Pérez Cicero, quien en 1968 fuera estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

La de Carolina fue una de las muchas voces que Elena Poniatowska integró en La noche de Tlatelolco y que este año volverán a resonar en la conciencia política de los mexicanos durante los actos conmemorativos por los cincuenta años de aquel movimiento.

¡No queremos olimpiada, queremos revolución!
Si bien la polémica publicación de Poniatowska sigue siendo uno de los principales referentes de aquella lucha, el cine nacional ha sido el principal responsable de dar a conocer a las generaciones posteriores al México de gobierno monolítico y dinosáurico de entonces.

Los filmes documentales que han nutrido el constructo histórico que compartimos, nos dejan ver a Echeverría sonriente en eventos olímpicos, o sentenciando a los participantes del movimiento con frases enérgicas en diversos actos públicos. Por otro lado, las barricadas, los jóvenes marchando hombro a hombro, los contingentes femeninos, obreros, campesinos…. Todos gritando: “¡Diálogo, diálogo, diálogo!”, entre muchas otras arengas.  También hay secuencias terribles, las del poder del ejército y sus persecuciones, los gritos, las capturas, los golpes, las balas y la muerte.

En 1989 la película Rojo amanecer nos presentó un acercamiento a ese evento fundamental de nuestra historia. Bajo la dirección de Jorge Fons, Rojo amanecer da cuenta de la masacre del dos de octubre desde la perspectiva de una familia de la Unidad Habitacional Tlatelolco. La familia, formada por tres generaciones, presenta visiones distintas del acontecer político de ese momento en que pasan de ser testigos a ser actores de la tragedia. Después vinieron Ni olvido ni perdón (2004) de Richard Dindo, Borrar de la memoria (2011) de Alfredo Gurrola y Tlatelolco, verano del 68 de Carlos Bolado, por mencionar sólo algunas.

A varios meses de la fecha conmemorativa, la UNAM y diversos institutos y universidades de todo el país y la Secretaría de Cultura Federal, entre otros organismos, preparan actos que van desde mesas de diálogo, publicaciones y talleres, hasta exposiciones, encuentros literarios y conciertos.

En marzo de este 2018 el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM llevó a cabo el foro “Los Documentos del 68”, espacio que aprovecharon activistas del movimiento estudiantil de 1968 para exigir que los actos que se celebren para conmemorar los cincuenta años de esos hechos, integren a quienes lucharon y protestaron por un mejor país; ellos solicitan que los eventos no los encabecen de forma exclusiva las autoridades.

Esta solicitud nos recuerda lo que ocurrió con el Bicentenario de la Independencia y con los actos que año con año celebran a la Revolución mexicana, mismos que han sido institucionalizados, restando el valor y representatividad de los acontecimientos, para convertir a la ciudadanía en un público domesticado del que sólo se espera el aplauso.

¿Qué actividades deben formar los programas conmemorativos del 68?, a cincuenta años de distancia ¿cómo se han complejizado las conclusiones al respecto?; en el ámbito de la democracia y el ejercicio gubernamental ¿qué queda por decir?

En un país con miles de desaparecidos, fosas clandestinas y madres errantes que lloran a sus hijos, ¿cuál es el diálogo pendiente con nuestra propia historia?



Nota publicada en la edición 979


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