Foto: Alfonso Martínez

Homenaje

Leonor Montijo


La música en la sangre

Por Mariana González
14 Mayo 2018

La maestra Leonor Montijo Beraud fue un ícono en la enseñanza de la música en México y profesora de la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara durante cincuenta y cinco años. El pasado 5 de mayo su vida llegó a su fin en su ciudad natal, Hermosillo, Sonora.

El suplemento o2 Cultura rescata esta charla realizada en enero de 2016 en homenaje a quien fuera una de las pianistas más destacadas del país y una de las mejores intérpretes acompañantes.

La música por dentro

La piel de sus manos ha cambiado, pero mantienen intacta su fineza al tocar cada tecla del piano. El instrumento ha sido uno de sus fieles compañeros. Lo conoce, lo siente y se comunica con él incluso cuando está lejos de su banquillo.

Leonor Montijo Beraud es la tercera generación de músicos en su familia. Se inició en el piano a los siete años, pero asegura que traía la música desde antes de nacer. Su madre, Magdalena Beraud —una francesa radicada en México—, le enseñó todo lo que hay que saber acerca de este instrumento. Ella fue su mayor influencia y su mejor maestra.

“Casi casi antes de nacer yo ya tocaba. Mi mamá tuvo el interés de que fuera pianista y sí pude, porque tenerla en mi casa constantemente hizo que me gustara mucho. Para mí no era sacrificio estudiar, porque tenía que estudiar todos los días”, expresa.

Nacida en 1930 en Hermosillo, el destino la trajo a Jalisco por primera vez a los quince años de edad a perfeccionar sus estudios de piano con el sacerdote Manuel de Jesús Aréchiga, fundador de la Escuela de Música Sacra. En ese momento, Montijo Beraud no sospechaba que volvería a ese recinto como maestra durante más de dos década.

Años después, luego de vivir cuatro años en Ciudad de México, donde estudió con Fausto García Medeles y en Londres, donde se formó como concertista con el maestro Albert Ferber, regresó a tierras tapatías como profesora de la Escuela de Música, gracias a la intervención de Domingo Lobato.

“El maestro Lobato, que era el director de la Escuela de Música y que había sido mi maestro, me dijo: ‘Te necesito aquí’. ‘No’, le dije, ‘no me quiero quedar en Jalisco, me quiero ir a México’. ‘No’, me dijo, ‘te quiero aquí’. Pues nada, me fui a México pero a los tres días me habló y me dijo: ‘Ya tienes tu nombramiento’ y pues me tuve que venir. Y (después) le dije: ‘(me quedo) un año’, y tengo cincuenta y cinco años en la escuela de Música. Es mi casa y para mí es toda mi vida”.

 

La vida entre notas
Leonor Montijo se declara admiradora de los compositores Claude Débussy, Johannes  Brahms y Maurice Ravel y en general del “sonido especial” de los músicos impresionistas, que su madre solía tocar desde que ella era niña.

Como concertista ha tocado infinidad de conciertos como solista invitada con la Filarmónica de Guadalajara, la Orquesta Sinfónica del Noroeste y de Jalapa, la Banda del Estado de Jalisco, la Banda de la Escuela de Música y la Orquesta de Cuerdas de la Escuela de Música, además de ser acompañante en recitales de música de cámara en México y Estados Unidos.

De todos los lugares en los que ha ofrecido recitales, el Paraninfo Enrique Díaz de León es su escenario favorito, porque ahí también sus alumnos realizan su prueba de graduación.

Recuerda con cariño a la antigua Escuela de Música que fue derrumbada en 1981 para construir el actual edificio administrativo de la universidad. Ese edificio fue su lugar de trabajo por quince años y su desaparición la sintió como una pérdida personal.

Es reconocida como una de las mejores intérpretes acompañantes de México, distinción que rechaza con modestia: “No, no es cierto, tengo experiencia, eso es lo único que tengo, pero no, yo soy igual que todos”.

También posee uno de los más amplios repertorios de México, tanto que no recuerda cuántas piezas ha tocado a lo largo de más de ochenta años de carrera, pues interpretó lo mismo música clásica que popular.

Calcula que ha tenido unos mil alumnos, a quienes considera como los  hijos que la vida le negó tener. Ha formado a músicos destacados, a directores de la orquesta filarmónica de Jalisco y del coro del estado de Jalisco, así como maestros del conservatorio de México y directores y profesores de la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara.

“Me acuerdo sobre todo de los que han tocado más, esos no se me olvidan. Pero hay muchachos que aunque no tocaron mucho, sí los quiero mucho. Como les digo yo, para mí son mis hijos y no me olvidan, están constantemente pendientes de mí. Es una satisfacción, estoy muy contenta con todo, y que he sido muy regañona y me tienen miedo, pero a la vez me quieren mucho”.

Posee una fama de estricta entre sus estudiantes, a quienes no duda en regañar y exigirles horas de estudio, que considera la base de cualquier músico.

“Les pido sobre todo disciplina y estudio. Hay que estudiar de una hora y hasta cuatro o cinco, y luego tener todo el principio de lectura, de ritmo, de sonido. Hay tantas cosas de la música importantes y todo eso no se los puedo dejar de pedir, porque el talento es importante, pero sin disciplina, no vale nada”.

Dedicación y tenacidad hasta el fin
A sus ochenta y cinco años sigue estudiando todos los días para dar sus clases en la Universidad y en la Escuela de Arte Sacro y prepara sus conciertos como si fuera la primera vez que saliera al escenario.

La maestra Montijo confiesa que desde hace cuatro años piensa en su retiro, pues los años de dedicación comienzan a pasarle factura. Pero afirma que no concibe su vida sin sus alumnos. 

“Tengo cuatro años que digo ‘ya no vuelvo en septiembre (a clases)’, nomás se ríen de mí porque luego ahí estoy. Me motivan mis muchachos, como que me dan vida. Se me olvidan problemas, cosas con las clases. Mientras que esté así, ahí vamos. No podría estar sin hacer nada”.

A pesar de su edad avanzada, Montijo sigue ofreciendo conciertos en diversos recintos, entre ellos uno con el joven chelista Jorge Alfonso González, que le cumplió su deseo de volver a tocar acompañada del chelo antes de morir.



Nota publicada en la edición 969

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