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Ensayo

En la ausencia de la voz


Por Jorge Martín Gómez Bocanegra
14 Mayo 2018

Es una película ucraniana. En esta película no hay música ni intercambios lingüísticos. Toda la narración de la obra ha sido hecha con señas, o mejor, con el lenguaje de los sordomudos. El título de la película es: The Tribe, de Myroslav Slaboshipytskiy, que le valió reconocimiento internacional en el festival de Cannes en 2014. Es una película en blanco y negro, aunque, en algunos momentos, con escenas expuestas en colores.

Mientras caminaba en ese otro día después de haber visto la película, no dejaba de respirar el denso humo de las máquinas viajantes, y pensaba, no dejaba de pensar en la película ucraniana que había visto. Me preguntaba cómo sería escribir una historia en la que no hubiera descripciones. Una historia en la que toda ella se hiciera nada más que con diálogos; y entre éstos, a manera de ambientaciones mentales, monólogos expuestos sin aclarar el origen de su procedencia. Hacer, por ejemplo, de la prensa un coral dirigido a los espectadores de varios dramas expuestos, bajo la consigna de que estos espectadores también serían parte de un mundo de sordos.

¿Cómo se pueden mantener los ritmos de las escenas sin música de fondo? ¿Cómo se puede soportar una historia dentro de tanto silencio; roto apenas por el taconeo de los pasos en corredores o en patios mojados por una pertinaz lluvia de horas? Eran estas las preguntas que me hacía en torno a la película ucraniana.

Nunca había visto una película donde estuvieran ausentes las palabras y que todo fuera expuesto con el lenguaje de las manos, de los gestos en la cara, logrando una proxémica cuyas emocionantes tensiones estuvieran dadas para vivir experiencias de esa violencia de unos contra otros, todos sordomudos, todos internos de un instituto de estudios en educación media. Pero también en esa proxémica se había expuesto el sentido de la amistad entre un chico y una chica, y del intenso deseo sexual que ambos expresaron en varios momentos. Ambos sin un nombre que ayudara al espectador para identificar a él y a ella. Sólo entre ellos sabían nombrarse con el lenguaje de las señas. En la historia de todos esos chicos y esas chicas, también, se había expuesto el tráfico sexual. Tres chicas del instituto eran utilizadas como prostitutas; todas llevadas en una furgoneta hasta donde estaban filas y filas de tráileres estacionados a las afueras de la ciudad. Las llevaban en la noche, cuando los bedeles y las otras autoridades del instituto dormían, y las presentaban a los choferes, quienes las recibían amodorrados en la cabina del tráiler, y allí, detrás de los empañados cristales, desahogaban su soledad, mientras los muchachos esperaban, casi siempre fumando, ya con el dinero que les habían dado los choferes por haber acercado a las chicas, en medio de la gélida noche.

Todo lo que sucede en ese instituto ocurre en términos de violencia, de prostitución, de alcohol, de robos, que acaban coronados con varios asesinatos y un aborto brutal. Imposible de olvidar.

En un mundo de sordomudos, como es el caso en The Tribe, la realidad de la ficción es esa expresión que realmente asombra, y perturba por mucho tiempo.

Mientras caminaba, pensé que la violencia en ese film se había intensificado con la fuerza de los ruidos hilvanados en una cuerda gruesa de silencios y de gestos expresados por los personajes, en cuyas caras los gritos eran de sangre y de miradas extraviadas por el dolor. Violencia extrema en lo más hondo de la soledad habitada por el vacío; en la ausencia de la voz y, sobre todo, de palabras.



Nota publicada en la edición 969


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