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Ensayo

La pregunta por el porvenir y el destino


Por Cuauhtémoc Mayorga Madrigal
8 Enero 2018

Nuestras esperanzas sobre el futuro se encuentran marcadas por la expectativa de superar los errores del pasado y el deseo de enfrentar situaciones agradables para nosotros, nuestros más cercanos y para la sociedad. Parece ser un noble deseo que, por lo menos, se hace extensiva cuando llega el momento de cambiar el calendario. Pero, ¿la perspectiva de un mejor porvenir podemos orientarla?, ¿es algo que escapa a nuestro control?, ¿las expresiones de un futuro halagador sólo se quedan en manifestaciones de cortesía?

La vida humana, la de cada uno de nosotros, se desenvuelve en tres planos: la naturaleza, la sociedad y la vida individual. Estos planos se intersectan y, en las diversas manifestaciones de sus convergencias, podemos tener cierto control, un dominio nulo o, en extrañas ocasiones, un control casi absoluto.

Una pregunta filosófica que ha inquietado a más de una civilización tiene que ver precisamente por el porvenir; por nuestra incertidumbre ante el futuro. ¿A dónde vamos?, se preguntan los que filosofan en este sentido; algunos buscan respuesta en las ciencias, otros en la historia y otros más en la religión o la superchería. A veces, en estas formas de búsqueda, se encuentra una respuesta convincente, pero es más frecuente la clara desconexión entre nuestras construcciones mentales con las manifestaciones del futuro cuando este nos alcanza. Las ciencias, al tener una visión particular de la realidad, no siempre logran la integración de diversos planos en que se desenvuelve la vida humana; la historia, refiere situaciones irrepetibles y, las explicaciones teológicas, nos presentan horizontes inaccesibles al entendimiento humano.

Sobre la orientación del porvenir, a través de la historia, han destacado dos formas de concebirlo: la cíclica y la lineal. La concepción cíclica propone que los acontecimientos se repiten por periodos; la vida es nacimiento, maduración, reproducción y muerte, repitiéndose el ciclo de manera incesante. La idea de la linealidad supone un destino al que todos los acontecimientos naturales o individuales se orientan, el fin, generalmente es concebido como es benéfico. Quien más ha propagado esta última forma de concebir el porvenir es la tradición cristiana, al concebir que la divinidad dirige el devenir de los tiempos. En ambas tradiciones, como puede observarse, la participación del hombre y su razón parecen infructuosas; presentan una orientación natural o divina que determina tanto los medios como los fines de la historia.

Durante la Edad Moderna, caracterizada por la exaltación de las capacidades humanas, surgen diversas interpretaciones sobre el porvenir en donde los seres humanos, con su racionalidad y libertad, participan en la configuración del destino. Si bien prevalecen las visiones lineales y cíclicas, estas van acompañadas de la voluntad. Entre las aportaciones a esta inquietud destacan las tesis de Giambattista Vico quien supone una interacción entre la mente humana y la divinidad; Voltaire, quién negó la participación de una divinidad y atribuye a la razón humana la construcción del destino; Rousseau, consideró la historia como un continuo deterioro de la naturaleza humana (suponía que el hombre es bueno por naturaleza, pero en sus construcciones se genera un alejamiento de la bonhomía). Kant propone que el desarrollo de las capacidades humanas permite aproximarnos a la construcción de un mundo mejor; Hegel supuso una intervención del espíritu humano en la consolidación continua de un mejor porvenir; Marx sostiene la idea de que la participación del hombre en la transformación de las condiciones y contradicciones de los modos de producción contribuirá a la constitución de sociedades más justas y Comte expone diversos estadios por los que atraviesa la humanidad, señalando, en los extremos, el paso del pensamiento mágico al pensamiento científico, donde este último representa el triunfo del hombre en la configuración del porvenir.

La pregunta por el porvenir y el destino, señalará Kant, se presenta como una de las grandes incertidumbres que mantienen en vilo a la humanidad. La cuestión implica una amalgama de razones y emociones. Las emociones pueden actuar en dos sentidos: como el motor que mantiene la energía para la construcción de un mejor futuro o como freno, cuando la desesperanza, la frustración y la brevedad de la vida hacen ver todos los esfuerzos como inútiles. Por su parte, la razón, nos ha permitido tener cierta claridad sobre las posibilidades reales de intervención humana en la construcción del destino, mostrando, así mismo, los límites de la participación del hombre en la construcción de un mundo mejor.



Nota publicada en la edición 953