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Crónica

La lira de Santana


Por Víctor Manuel Pazarín
11 Diciembre 2017

Sólo una vez había visto y escuchado —en vivo— a Carlos Santana.

Campos de agave azul por el camino. Los miraba como ráfagas desde la ventanilla del auto que nos llevaba hasta Autlán, donde Santana iba a ser declarado hijo predilecto de su tierra nativa, a la que nunca había vuelto desde su pronta salida hacia, primero, Tijuana, y luego San Francisco, donde creció y se hizo el músico que es. Yo lo había visto y escuchado, si no recuerdo mal, en mil novecientos setenta y cuatro, en uno de los primeros conciertos donde él, en definitiva, era la estrella y me había fascinado, al igual que a mis primos, quienes conformaban hoy un trío romántico y otros días una banda de rock en Zapotlán.

Viajábamos en un auto rentado por un camino de frecuentes curvas que iban, irremediablemente, hacia los desfiladeros. Eramos tres reporteros y el chofer quien, de manera súbita, hundió hasta el fondo el freno y torció el volante para evitar el golpe contra un atrabancado que se cruzó en nuestro camino. Eran las once de la mañana de ¿qué día? ¿De qué año?

Mi recuerdo siguiente, ya en Autlán, es que salí de repente levantado en vilo por tres guardias del palacio municipal del poblado, porque había entrado al recinto donde, en ese momento, le entregaban las llaves a Carlos Santana; mis piernas se elevaban y de pronto escuché una voz que reconocí. Ordenaba a los guardaespaldas que me dejaran, que él era mi amigo y que podía entrar, que yo era su invitado. Bajé hasta el piso y entré. Me coloqué justo a unos centímetros de Carlos y él me sonrío. Me dijo algo que no entendí, pero sí supe que su mirada me tocó. Ofreció unas palabras en un mal español y yo miré el oro falso de las llaves. En seguida fuimos hacia una calle donde se levantaba una figura de bronce parecida a Santana. Tocaba una guitarra. Luego se hizo de noche y en un baldío, donde se había dispuesto un escenario, me coloqué justo en una esquina. Fui allí, al pie del espacio, y escuché la lira de Santana, quien de pronto volvió a interpretar “Black Magic Woman”, “Europa” y, finalmente, “Samba pa ti”.

Había esperado yo veinticinco años para que ocurriera, y sin haberlo imaginado, a una distancia de un metro Santana rasgaba las cuerdas para lograr que yo volviera a sentir otra vez la misma emoción de la primera vez. Retornó entonces a mí aquel año de mil novecientos setenta y cuatro y una especie de sueño se había cumplido… Luego el músico se retiró del escenario y ya no lo volví a ver.

Once de la mañana ¿de qué día? ¿De qué año? El automóvil se detuvo a unos milímetros del coche que se cruzó, intempestivo, ante nosotros. Entonces supe: era veinte de julio de dos mil uno.

Las líneas de la mano
En realidad las líneas musicales de Carlos Santana, quien en este dos mil diecisiete cumple setenta años, son —y serán por siempre— “Black Magic Woman”, “Samba pa ti” y “Europa”.

La primera tiende sus redes hacia la música negra (latina y norteamericana), la segunda va hacia sus orígenes latinos y la tercera abre su universo al orbe.

Tres líneas de la mano de Santana que son las vías hacia toda su obra, que es amplia, esas fuentes que han permitido al guitarrista mexicano darle sentido a su ser musical y, al mismo tiempo, rendirle un homenaje a sus orígenes.

Ahora que gira el disco vuelvo a escucharlo como aquella vez, en que lo he escuchado y visto en vivo. Esa primera vez que lo vi supe que Carlos Santana no necesitaba hacer sino tocar, no hubo aspavientos, movimientos desequilibrados, carreras por el escenario de aquí para allá, de allá para acá, solamente se paró en la orillita del entablado y cerró los ojos: hizo entonces que el universo todo se centrara en sus manos y logró hacer que todos, absolutamente todos los que allí estuvimos encontráramos nuestro centro musical. Supimos —quiero imaginar— que el universo es musical. Y que ese cielo soleado que nos amparó esa tarde, era ése y todos los cielos del mundo. El aire fue, entonces, música: fuimos con ella y en mi caso logré sentir lo que había dentro de él, porque lo dejé entrar en mi ser y su espíritu fue como un rocío de luz: inundó todo, fue el absoluto. Paró todo su movimiento el universo.

Escuché —como sucede ahora— que en las tres canciones había una gramática.

En unas más que en las otras, es posible percibir no solamente la gramática sino también una sintaxis muy clara, una narrativa y una poética.

Es en la canción “Europa” donde mejor se siente —y al sentirla se ve, se palpa—, su escritura, que es, obviamente, musical. Hay, pues, una historia sin historia: su narrativa de algún modo invisible. Pero está, como el viento que nos toca el rostro…

Ahora mismo voy hacia ese aire.



Nota publicada en la edición 952


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