Foto: Archivo

Entrevista

Tras los pasos de Loriga


Por Lorena Ortiz
11 Diciembre 2017

Alto, guapo, con ínfulas de “soy inalcanzable”, a finales de los ochenta aparecía su foto en diarios como El País o The New York Times. Más que un escritor parecía un rockstar con su chamarra de piel y lentes oscuros. Fue hace unos diecisiete años que cayó en mis manos el libro Tokio ya no nos quiere del madrileño Ray Loriga, novela en la que un dealer vende una droga capaz de borrar los recuerdos no deseados y, a veces, hasta los deseados. De ahí seguí con Lo peor de todo (su primera novela), Héroes, El hombre que inventó Manhattan y, luego, todas hasta la más reciente: Rendición, que le valió el premio Alfaguara 2017 y que presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Pero ese fue el pretexto, porque ya le gustó a venir a la FIL cada que puede, igual que Irvine Welsh, lo que se agradece; digo, si “Elenita” y Xavier Velasco vienen cada año, ¿por qué no este par de tipos malos?

Con un poco de panza, menos cabello, más tatuajes y una cerveza que trataba de esconder de los fotógrafos, se apareció Loriga en la presentación de su novela acompañado de cuatro estudiantes, quienes hicieron del momento algo espantoso, pues desde los primeros cinco minutos era evidente que no conocían la obra de Loriga, únicamente habían leído Rendición y en lugar de sólo comentarla, la contaron casi toda. Un grupo de españolas sentadas junto a mí, estaban molestísimas porque aún no leían la novela y ya se habían enterado del final.

Rendición es la historia de un hombre empujado a vivir en la ciudad transparente, donde no hay secretos, el olor no existe y todo lo privado pasa a ser de dominio público, incluso hasta la misma pareja. La novela es una distopía, que recuerda a Un mundo feliz de Aldous Huxley y a 1984 de George Orwell, donde el gobierno controla a la sociedad.

Al inicio de Rendición hay una cita de Dostoievski, que dice “¿Quién vive más de cuarenta años?... Les diré quiénes viven más de esa edad: los tontos y los sinvergüenzas”. ¿En qué categoría te encuentras?

Tengo cincuenta así que soy consciente de cuando incluí esa cita. ¿Tonto o sinvergüenza? Me temo que ambas.

A pesar de que se siente como una novela futurista, los celulares y el Internet no existen…
Aunque no es una novela de ciencia ficción, porque no tiene nada de ciencia, sí me interesaba que tuviera esa atmósfera, aun cuando la tecnología está ausente. Quería llevar todo eso a un territorio del cineasta Tarkovsky, imaginaba un universo donde había una guerra y unos señores que no se sabe bien qué hacen.

Se ha dicho que tu novela es kafkiana y orwelliana…
Debo confesar que una de mis primeras ideas a la hora de hacer el libro era la traslación personal, pensé mucho en Los viajes de Gulliver, ese personaje que no sabe realmente cuál es su medida, cuál es su tamaño, cuál es su verdadera identidad. Eso era lo que más me interesaba hablar en el libro: todos tenemos una idea, una noción de nosotros mismos que pensamos que es sólida, pero que ante ciertas circunstancias en las que no esperábamos vernos inmersos, nos preguntamos quiénes somos y la pregunta más importante: quiénes nos creíamos que éramos antes.

Nos tenías acostumbrados a otro tipo de historias: más locas, irreverentes, personajes con alguna adicción… con Rendición se siente que estamos frente a otro escritor… más…

Más viejo, dilo…

Más viejo, más serio. ¿Qué va a pasar luego de Rendición? ¿Qué tipo de novela sigue?
Nunca me ha interesado escribir el mismo libro. Hay gente que lo hace y le queda muy bien, y lo respeto, como mi amigo Irving Welsh, que sigue escribiendo sobre Trainspotting. Yo quería hacer algo distinto. Lo que sigue es una novela que empecé a escribir antes de que me dieran el Premio y que dejé a medias cuando comencé esta gira. Por supuesto será muy diferente a Rendición.



Nota publicada en la edición 952


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