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Aniversario

El folclor y su muerte


De una familia de poetas, Violeta Parra nació —y creció— en un ambiente musical del que aprendió su forma de ver el mundo y de recrearlo; reconocida como una de las más grandes folcloristas latinoamericanas, dejó un legado ahora imborrable, manifiesto que cumple su primer centenario de nacimiento

Por Juan Fernando Covarrubias
9 Octubre 2017

El folclor es tal vez el legado artístico menos atendido. Aun cuando éste constituye, en lo profundo, el pulso y sentimiento del pueblo. Abarca música, poesía, tradición oral, escritura de versos, composiciones rústicas, canciones populares, coplas, décimas, rezos…; un sinnúmero de manifestaciones que apelan al espíritu, a un legado que se conserva a contracorriente de situaciones adversas que puedan minar la capacidad de memoria y de inventiva de sus pobladores. El folclor, como sea, sobrevive, porque implica la transmisión colectiva de la historia.

Esto lo entendió pronto en su vida la chilena Violeta Parra (1917-1967), de quien se cumplieron cien años de su nacimiento, y en febrero pasado cincuenta de su muerte. Fue cantora, escritora y compositora. También bordadora, pintora y ceramista. Su labor como investigadora es por demás sobresaliente: durante quince años rescató para su preservación y divulgación cientos de canciones vernáculas de los alrededores de Santiago y de numerosos pueblos a lo largo del país, y lo hizo animada por su hermano, el (anti)poeta Nicanor Parra.

“Como el pájaro canta”, Violeta se formó sola musicalmente. Fue acompañada en sus primeros pasos por Lucrecia Aguilera (una pariente lejana avecindada en Malloa, muy cerca de Chillán): “Me enseñó la base de todo lo que sé”, confesó.

Prácticamente sin maestro, “encontró su sonido, su armonía, su línea melódica y sus ritmos, su propia técnica”, reseña Magdalena Vicuña en Revista musical chilena. En una carrera musical de 1946 a 1967 grabó numerosos discos, impulsó nuevos talentos (reconoció a Víctor Jara antes de que se volviera popular) y levantó la Carpa de La Reina, un centro de arte popular ubicado en la comuna de La Reina.

Del tronco familiar, sin embargo, obtuvo también influencias. “Mi padre, aunque profesor primario, era el mejor folclorista de la región” de Chillán, cuenta Violeta en una entrevista de 1958. “Aunque mi padre no quería que sus hijos cantaran, y cuando salía de casa escondía la guitarra bajo llave, yo descubrí que era en el cajón de la máquina de mi madre donde la guardaba y se la robé. Tenía siete años”. De la vena de su madre le venía otro tanto. En esa misma entrevista relata: “Mi madre cantaba la mejores canciones campesinas mientras trabajaba frente a su máquina de coser”.

Desde niña se echó al camino que ya no había de abandonar hasta su muerte: tenía nueve años cuando compuso su primera canción, dedicada a su muñeca de trapo. Supo cantar a lo poeta, componer, e improvisar quizá fuera una de sus mejores virtudes: con su hermano Nicanor mantuvo una relación afectiva pero también profesional, se dedicaban puyas y tonadillas como ésta: “Pero pensándolo bien/ y haciendo juicio a mi hermano,/ tomé la pluma en la mano/ y fui llenando el papel./ Luego vine a comprender/ que la escritura da calma/ pa’ los tormentos del alma”.

Para la hermana del antipoeta —de quien musicalizó sus poemas— la fusión entre el público y el artista era lo máximo. En una entrevista dada apenas cuatro semanas antes de su muerte —el 1 de enero de 1967—, titulada “Un testimonio desconocido de la Violeta Parra”, que aparece compilada (junto con las demás entrevistas citadas en este texto) en el libro Violeta Parra en sus palabras, platica: “Creo que todo artista debe aspirar a tener como meta el fundirse, el fundir su trabajo en el contacto directo con el pueblo. Estoy contenta de trabajar esta vez con elementos vivos, con el público cerquita mío; al cual yo puedo sentir, tocar, hablarle e incorporarlo a mi alma”.

Animadora del folclor y comprometida con su pueblo y su legado, tuvo también momentos de desasosiego: “La vida actual es un torbellino del cual me alejo lo más posible. Intento conservar todo lo verdadero y quedarme cerca de la naturaleza. […] la modernidad ha matado la tradición musical del pueblo. El arte popular se está perdiendo entre los indígenas. La tradición es casi un cadáver”, denunciaba en una entrevista que le realizaron en Ginebra, pero de la cual no se tiene la fecha exacta; fue publicada en 1970 en la Revista Suiza de Radiodifusión y Televisión. Violeta se suicidó en 1967 en Santiago de Chile.



Nota publicada en la edición 943