Foto: Cortesía FIL

Entrevista

Hubert Martínez Calleja


Nombrar la memoria a través de la poesía

Por Martha Eva Loera
28 Agosto 2017

Hubo un tiempo en que los mè’pháá no conocían la alegría. El tlacuache se dio cuenta y decidió robar el pulque de su hermana para que estos hombres fueran felices, pero la bebida provocó conflictos porque los mè’pháá se emborracharon. El tlacuache se preocupó porque había desatado tristeza y conflictos en lugar de provocar alegría. Un gusano le contó que en un pueblo, ubicado en una loma, había hombres que sabían hacer reír y decidió ir a buscarlos. Los convenció de que fueran a aliviar a los mè’pháá, y así ellos supieron de la palabra que cuenta historias. Y ésta unió sus corazones.

Esta historia se trasmitió de generación en generación entre los mè’pháá de Las montañas de Guerrero. Los abuelos y los padres la contaban a los hijos. Así llegó a oídos del ahora poeta Hubert Martínez Calleja, quien, bajo el el seudónimo “La niña de Lima”, se hizo acreedor al Quinto Premio de Literaturas Indígenas de América (PLIA) por su poemario Las sombreras de Tsísídiin, escrito en su lengua materna, también conocida como tlapaneco.

Versa sobre la trata de blancas de Tsísídiin, un pueblo ubicado en la montaña de Guerrero, donde son capturadas mujeres indígenas, casi niñas, que son explotadas en los principales puertos del estado.

Fue premiada por su calidad estético-literaria, así como por los recursos estilísticos. El premio consiste en trecientos mil pesos que le serán entregados el 2 de diciembre, en el marco de la Feria Internacional del Libro (FIL).

Los relatos trasmitidos de manera oral, aunados a las historias leídas en libros que un grupo de sacerdotes llevaron a su casa, despertaron su vocación literaria. “Recuerdo que había una colección sobre el Islam. Trataba sobre la historia de Mahoma y cómo surgió esta religión, otros hablaban sobre seres que habitaban más allá del mar. Ellos tenían la cabeza en el pecho y se daban sombras con un pie. Los relatos afirmaban que en otras partes del mundo el mar era rojo”, cuenta.

“Yo empecé a leer esos textos cuando cursaba sexto año de primaria, y supe que más allá de mi pueblo había otros mundos distintos al que yo conocía, y empecé a imaginar. Así surgió mi vocación como escritor.

“Después, cuando estudiaba la preparatoria en Tlapa de Comonfort, contaba a mis amigos historias de mi pueblo. Cuando me di cuenta, yo también creaba historias a partir de las que ya conocía, todas hacían referencia a la montaña”.

Sus primeros poemas
La muerte de su abuela fue un hecho que orilló al poeta a escribir su primera obra cuando acababa de concluir sus estudios de bachillerato. “Esto despertó en mí la necesidad de retener sus consejos e historias, y empecé a escribir poemas desde su voz. Uní los textos en un libro que titulé Luna que amanece, que me sirvió para enfrentar su ausencia y el impacto que había ocasionado la muerte en mí, pero al emigrar a Chilpancingo para cursar estudios de licenciatura perdí muchos textos. Conservé pocos poemas, que después aparecieron en Piel de tierra, que escribí después de un viaje a Nicaragua para conocer la variante de la cultura mè’pháá de allá.

“Me di cuenta que la lengua se había perdido en los años sesenta en ese país centroamericano. Entonces surgió la inquietud de sistematizar más lo que había escrito. Junté varios poemas en el segundo libro, en el que considero a mi lengua como un hijo que debe ser ayudado para vivir en el mundo”.

Piel de tierra resalta el valor de la palabra. Aborda temas de la memoria ancestral para hablar de lo cotidiano. A esa publicación siguieron otras de corte poético, como Cicatriz que te mira, próximo a publicarse, que habla de los asesinatos impunes en la montaña de Guerrero perpetrados por un sistema político que reprime a líderes sociales y ha vulnerado los derechos de los pueblos indígenas.

Otro libro inédito habla sobre los indígenas que salen a estudiar fuera y cómo éstos se enfrentan a un sistema educativo con una lógica distinta, en función a una utilidad o ganancia y no al servicio comunitario.

La poesía para tratar temas sociales
Para Hubert Martínez la poesía es una herramienta para hablar de la memoria. “Nombramos a través de la lengua nuestro dolor y tristeza, y expresamos nuestra historia. El que nosotros estemos aquí significa que la memoria siempre estuvo presente a través de la lengua, porque sabemos quiénes somos”.

Pero también es una manera eficiente de expresar las realidades que vive su pueblo. Sin embargo la poesía tiene que transformarse en carne que hable y camine para que no quede sólo en palabras y se convierta en acciones. “A cada persona corresponde pensar y construir. Por eso es necesario que llegue la palabra a otros”.

Para este escritor es muy importante escribir en mè’pháá. “Uno asimila el mundo a través de la lengua que los padres enseñan. Marca la manera de tener esperanzas, de sonreír, de contar chistes a los amigos, de jugar y hasta la forma de enojarse. Yo aprendí el español en la escuela cuando era niño, pero siempre todo lo hacía en mi lengua y cultura. No hay otro medio para expresar un sentimiento porque es la manera en que uno conoce al mundo”.

Cada persona que nació dentro de una cultura puede crear diferentes maneras para que su lengua viva. Una de éstas es la poesía, aseguró Hubert Martínez, quien manifestó con preocupación que la lengua mè’pháá en nueve variantes tiene alrededor de cien mil hablantes en la montaña. “Está en situación de riesgo en los lugares a donde llega la cultura globalizada”.

Expresó que deberían de existir más espacios para las lenguas indígenas, que durante mucho tiempo han sido excluidas de la estructura del país, porque es una manera de reconocer la tradición y la creación de los pueblos.

Invitó a todas las personas que hablan una lengua indígena para que la abracen y la enseñen a sus hijos, porque “mientras se hable va a seguir manteniéndose en el mundo”.

Hubert Martínez Calleja, quien publica bajo el seudónimo de Hubert Malina, nació en Chilacayota, municipio de Acatepec, en 1986, y se reconoce como un hablante de dos variantes del mè’pháá, ya que creció en Malinaltepec. “Yo escribo en las dos, a veces utilizo una sola; otras, hago combinaciones”.

Es licenciado en Filosofía en la Universidad Autónoma de Guerrero y en Creación literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), y está por concluir la maestría en Estudios Latinoamericanos  por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).



Nota publicada en la edición 937


Otros temas de interés