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Ensayo

Las interrogantes de la política


La ciencia y la filosofía políticas desde hace siglos buscan abordar y resolver de forma razonable las problemáticas de la convivencia humana y sus formas de gobernarse. Esta reflexión sigue siendo indispensable, sobre todo en un momento en que hay un gran distanciamiento entre la ciudadanía y la clase gobernante

Por Cuauhtémoc Mayorga Madrigal
12 Junio 2017

La política no necesariamente tiene que ver con los horrores o náuseas que asociamos con los actos de corrupción, nepotismo o abuso de poder que realizan quienes gobiernan. Estos actos reprochables más bien se identifican con formas decadentes de hacer política que contravienen la pretensión ideal de que los miembros de una sociedad se organicen para procurar su bienestar de manera colectiva. Y justo es en esta última afirmación en donde radican gran parte de los problemas que se reflejan en lo que, como ciudadanos, nos toca percibir en la realidad política. En otras palabras, “intentar alguna alternativa de bienestar para la colectividad” divide a los ciudadanos, provoca acaloradas discusiones, en algunos momentos ha provocado guerras y en la mayoría de los ciudadanos genera una sensación de duda y desprecio ante todo aquello que huela a “política”. ¡Qué paradoja! La procuración del bienestar de la sociedad con frecuencia genera desavenencias y malestar entre sus miembros.

Un distanciado acercamiento a la comprensión de la política, en tanto que fenómeno característico de las culturas, nos permite percibir dos realidades: la acción política real y la reflexión sobre la política. Ésta puede tomar, a su vez, dos dimensiones: una referente a lo que ocurre en las sociedades o la creación de formas razonables para resolver las problemáticas, y otra que se ocupa de abordar las encrucijadas a las que inevitablemente nos enfrentamos al pensar la política. La primera es propia de la ciencia política, y la segunda se refiere a interrogantes milenarias que han acompañado a lo que conocemos como filosofía política.

La primera interrogante tiene que ver con la manera en que debemos organizarnos. A lo largo de la historia se han ensayado una gran cantidad de formas en que se piensa que deberíamos constituirnos. Una manera de referirse a un ideal social se le conoce como utopía en referencia a la celebre obra de Tomas Moro. Tanto Platón como Aristóteles ya habían descrito algunas de las alternativas y concibieron tres posibles: que la responsabilidad de la organización recaiga sólo en uno, en un grupo de ciudadanos selectos o en toda la población. Ambos filósofos resaltaron las ventajas de cada una de estas formas pero al mismo tiempo mostraron sus defectos, así como las consecuencias contraproducentes que pueden devenir cuando la intención de procurar el bienestar de la sociedad es subordinada a otros fines.

Una segunda cuestión tiene que ver con la persona o las personas en los cuales debiera recaer el poder, o, dicho en otras palabras, a quién debemos obedecer en los asuntos que son de competencia común. Si bien las posibles formas de organización ya nos adelantan una respuesta, no queda clara la razón por la cual tendríamos que subordinar nuestra razón y voluntad a uno, algunos o todos. Las formas de distribución del poder se han ensayado de manera extrema desde modelos totalitarios, donde hasta el uso del lenguaje o la vestimenta es controlada, hasta modelos mínimos o absueltos de cualquier forma de subordinación.

Un tercer grupo de problemas tiene que ver con la clarificación de conceptos. Esta ha sido una de las actividades características de la filosofía en todas sus manifestaciones, pero que tiene una especial relevancia en lo que se refiere a la política, porque si bien la organización política es el resultado de la iniciativa humana, también las nociones con que se hace referencia a algunos de sus conceptos serán resultado de la creatividad humana. En este sentido, hay conceptos especialmente problemáticos, tales como el de “política”, “libertad”, “igualdad” “poder” y “justicia”. Esta última noción ha sido motivo de reflexiones y propuestas milenarias, pero ya tendremos la oportunidad de abundar más sobre este particular en una próxima colaboración.

Aristóteles pensaba que participar en política era una actividad característica de los hombres; pero el hecho de parecer que forma parte de la naturaleza del hombre se presenta como un proyecto inacabado, ya que siempre existirán formas de gobierno que disgusten a unos y oposición a los mandatos provenientes de los gobiernos por resultar contrarios a nuestro entendimiento. También habrá definición de nociones que nunca terminan de convencernos por la manera en que son asociadas por los hombres y las sociedades que las usan. Pero, aunque parezca extraño, los ensayos no se detienen y prevalece la constante preocupación humana por mejorar las formas de convivencia social, así como la aparentemente imposible pretensión de clarificar las interrogantes de la política.



Nota publicada en la edición 928


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