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Opinión

Una pedagogía  para el mañana


Por Juan Antonio Castañeda Arellano
12 Junio 2017

Hay un lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan.

Ese lugar es mañana.

Eduardo Galeano

Uno de los más importantes propósitos que se propone el Sistema Nacional del Bachillerato por Competencias, es preocuparse por enseñar a pensar, y ello implica estar dispuestos a que se ponga en entredicho aquello que está asentado; es estar dispuestos a escuchar al alumnado; es, en definitiva, ubicarse en una manera determinada de entender la acción educativa y lo que debería ser la sociedad para la cual estamos contribuyendo a formar a los alumnos.

Sucede que el mundo corre siempre más veloz, hacia cambios que se pueden interpretar de forma ambivalente. Hay, de esta manera, razones importantes para creer que estamos viviendo en un periodo de transformaciones históricas fundamentales. De hecho, los cambios que nos afectan no se limitan a una parte específica del globo, sino que se extienden por todas partes.

Una característica primaria de nuestra época es que se ha desarrollado, bajo el impulso de la ciencia y la tecnología, la llamada “globalización”, fenómeno de carácter planetario que tiene el riesgo de reducir la realidad a sólo una dimensión económica y financiera.

El mundo que cambia nos lanza, al fin y al cabo, hacia la exigencia de invertir, cada vez más y siempre mejor, en la formación y en una formación de calidad. Ello exige “una pedagogía transgresora que luche contra la acomodación y el tedio y persiga transformar lo utópico en posible y lo posible en real”.  Una pedagogía incómoda, eternamente insatisfecha e infinitamente creativa por su capacidad de ampliar y transgredir estéticamente los límites que la cultura y la tradición pedagógica proponen. Que busca intencionalmente —con amabilidad y pasión— la alegría, el optimismo y la ironía. Es transgresora, también, por su capacidad de asumir riesgos, de realizar elecciones y desafíos múltiples, y por su imaginación constante para transformar la educación a una que forme generaciones más libres, que odien la “obediencia” que la tradición ha impuesto, que acepten la transgresión apoyada en conceptos que la convierten en creativa. Un espacio pedagógico que infunda, a la vez, un halo de ternura, rigor y confianza. En suma, una preparatoria no academicista, una escuela sin muros, relacionada con la ciudad, con la política, con las diversas organizaciones, con los cambios culturales y sociales.

En mi caso, pretendo (posiblemente sin lograrlo), ser un tejedor de sueños y posibilidades seductoras; apostar por una preparatoria culturalmente más atractiva, institucionalmente más democrática y socialmente más igualitaria. Pensar y vivir de otra manera. Vivir la cultura crítica es amarla, reproducirla y disfrutarla, tanto como trabajarla y recrearla en cada disciplina, en cada problema, huella o proyecto.

En fin, como bien lo señala Julio Rogero: “El aula es un sistema complejo de relaciones e intercambios en el que la información surge de múltiples fuentes y fluye en diversas direcciones”.



Nota publicada en la edición 928