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Ensayo

Juan Rulfo o la poética del silencio


La tristeza y el silencio, que formaron parte de la vida de Juan Rulfo, se impregnaron en su obra literaria hasta alcanzar una ars narrativa personal, que lo distinguió y lo elevó hacia las profundidades

Por Patricia Córdova Abundis
3 Abril 2017

Hace más de seis años asistí a Baylor University, universidad asentada en Waico, Texas. Impartí una clase muestra de cómo enseñaba español a estudiantes universitarios y sostuve una serie de entrevistas con distintos profesores del Departamento de Lenguas Modernas. Durante una cena, el director del área de español puso el tema sobre la mesa: la obra de Juan Rulfo le resultaba incomprensiblemente triste. Al día siguiente, durante una caminata por el campus, me mostraron —no sin orgullo—, la mascota de la institución: un oso negro de considerable tamaño en una jaula más bien restringida. Confieso que el hecho me pareció una extravagancia innecesaria.

En un entorno humanístico, la trascendencia universal de la obra de Juan Rulfo es incuestionable. Sin embargo, la anécdota que he relatado hace que nos preguntemos: ¿dónde radica el valor de la obra rulfiana? La tautología “Rulfo es Rulfo” no alimenta la inteligencia, sino el gusto y acaso la necesidad cultural de una época. En las siguientes líneas expondré algunos argumentos con los que —por cierto— no contesté al referido profesor, pues se infería que su poética no coincidía con la de su paisano Edgar Allan Poe, a saber, que la melancolía es el estado perfecto de y para la creación literaria. 

En el número 2-3 de la Revista de la Universidad de México, publicado en 1980, existe un texto de Juan Rulfo que lleva el título “El desafío de la creación”.  Se trata de la transcripción de una charla que ofreció en la Escuela de Diseño de la UNAM. Rulfo sintetiza ahí su teoría sobre el acto creativo. Considera que es más importante el trabajo de lectura y escritura que la inspiración. Y agrega: el ejercicio creativo se basa en el saber mentir, no en decir la verdad. Rulfo afirma que nunca narró nada que hubiera realmente sucedido y atribuía a la intuición la posibilidad de que un personaje cobrara vida propia y se desarrollara en el cuento. Para él, al igual que para Jorge Luis Borges, el cuento es el género literario por excelencia: ahí nada puede estar de más y es necesario que los personajes cobren vida por sí mismos. Para Rulfo el escritor es una especie de médium a través del cual no actúa su pensamiento, sino el de los personajes.

Esta poética de Juan Rulfo logró que a través de su escritura el ethos del mundo rural del Occidente de México y la esencia atávica de gran parte del país impregnara sus caracteres. Sus historias no son personales, sino mucho más: son historias del alma de un pueblo que ha compartido con el mundo los tres temas básicos a que se reduce el quehacer literario, según el mismo Rulfo: el amor, la vida y la muerte.

En “No oyes ladrar los perros”, por ejemplo, nuestro autor sintetiza el paternalismo recalcitrante y la impunidad que aún tienen vida en gran parte de nuestra cultura. Un hombre entrado en años, “cancha” en andas a su hijo adulto: un joven pendenciero que ha sido herido de muerte, que ha llevado a su madre a la tumba y que finalmente recibe la renegada ayuda de su padre. Bajo la luz de una luna que va cambiando su color al ritmo del hombre que camina, éste le habla a su hijo intermitentemente de tú y de usted porque así le reclama su vida criminal y le pregunta si él que va allá arriba, oye ladrar a los perros. La caminata es en la pronunciada zanja de un arroyo seco. Y Juan Rulfo, como siempre lo hizo, utiliza el silencio salpimentado de palabras para potenciar los entresijos del alma mexicana.

A diferencia de lo que se pueda especular, a Juan Rulfo no le contaban cuentos cuando era niño; todo lo contrario; como él mismo señala, cuando se aproximaba a los adultos que dialogaban entre sí, ellos callaban. Entonces, Juan Nepomuceno Carlos absorbía una forma de vivir en donde se hablaba con un silencio rotulado por palabras mínimas. No es el habla de la costa ni el espíritu dicharachero de los lugares públicos el lenguaje de nuestro centenario escritor. Él sabía que el entorno de lo no dicho significaba tanto o más que las palabras. Por eso sus personajes hablan con un enunciado y, si acaso se extienden, lo hacen con una sintaxis cercenada que va marcando surcos de límites definidos, aunque más sugestivos que claros.

La poética del silencio de Juan Rulfo es también una poética de la lejanía y de la pérdida. El mundo es siempre un lienzo que se mira a distancia en el que los motivos y resultados son difusos. En ese sentido, Rulfo capturó la esencia de toda vida, no sólo de la mexicana: la contingencia y su efecto emocional en el ser humano. Un amor que no pudo ser. El poder que se perdió. Un matrimonio mal habido. Una paternidad negada. El ocaso de una vida.

Si es mérito utilizar el lenguaje elocuente y ordenadamente, es prodigio utilizarlo con  precisión y extensión mínima. Ahí radica la trascendencia universal de Juan Rulfo: escribió tan selectivamente cada palabra y cada nudo de sus historias, que su sentido y significación se multiplican incansablemente en el infinito número de lectores con que su obra cuenta y contará.

La tristeza en la obra rulfiana cobra, entonces, un incuestionable sentido humano y estético.



Nota publicada en la edición 920


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